sábado, mayo 29, 2010

Las huellas de Jesús en el Himalaya



Entre los escenarios legendarios más sugerentes sobre Jesús de Nazareth se encuentra la que sostiene que en su juventud, aparte de haber estado en Egipto, habría pasado algunos años en India. El autor de este reportaje ha viajado hasta el monasterio de Hemis en Ladakh (India) para investigar la supuesta existencia de estos documentos.

El antiguo monasterio de Hemis en Ladakh, reconstruido infinidad de veces debido a los frecuentes terremotos que sacuden los valles y montañas del Himalaya, contiene en su biblioteca libros budistas de oraciones y antiguos pergaminos. En estos archivos milenarios encontramos escritos sobre exorcismos, comunicación con seres sobrehumanos, fórmulas para combatir demonios y huestes oscuras de otras dimensiones, tratados sobre la vida en otros mundos, doctrinas que tratan acerca de la pureza de la Luz y la Iluminación. Y algunos autores sostienen que también conservan documentos que recogerían el supuesto el paso de Jesús por Ladakh y el Himalaya.

La juventud ignorada

Después de la huída a Egipto de la Sagrada Familia desde Palestina que relata Mateo –tema que no aparece en Marcos, el evangelio más antiguo, ni en Juan, que también recoge una tradición muy próxima a los días de Jesús–, los evangelios canónicos nada nos dicen de su infancia y juventud.

Del relato de Marcos podría deducirse que no abandonó Palestina. Pero de su infancia los evangelios sólo recogen la circuncisión y el episodio de su discusión con los doctores de la Ley en el Templo, cuando tenía doce años (Lucas). En este sentido, la estadía de Jesús en Egipto que recoge Mateo es un escenario histórico posible, pero que no puede considerarse seguro. Sobre todo si pensamos que esta Huida de la Sagrada Familia se atribuye a la matanza de los inocentes, ordenada por Herodes el Grande, un hecho que todos los historiadores consideran legendario.

Sin embargo, el viaje a Egipto también aparece en algunos apócrifos y en la tradición copta. Según estas fuentes, en su juventud Jesús habría peregrinado por el Bajo y el Alto Egipto. Los monasterios coptos de Wadi El Natrum y Al Moharrak se habrían erigido en puntos claves de su itinerario. El hecho de que la tradición identifique a un árbol sagrado de la religión del Nilo (el tamarindo) como uno de los lugares de Egipto donde habría descansado la Sagrada Familia, podría ser un indicio de que estamos ante un viaje simbólico que alude a las raíces de la religión de Israel y del linaje real davídico. Pero la verdad es que no existen datos que permitan saber qué hizo Jesús ni dónde vivió antes de iniciar su magisterio en Galilea, dos o tres años antes de ser crucificado.

Como no podía ser de otra forma, estos «pasos perdidos de Jesús» se convirtieron en motivo de especulaciones y leyendas para todos los gustos. Y una de las más sugerentes es la que afirma que viajó a la India, donde habría completado la formación adquirida en Egipto.

La hipótesis de un viaje de Jesús a India, Tíbet, Nepal y los Himalayas fue formulada por el periodista y viajero ruso Nicolás Notovich en el libro La vida desconocida de Jesús. Según su versión, los lamas le dieron a conocer unos manuscritos que hablaban del profeta Issa (nombre oriental de Jesús), describiéndolo como un niño nacido en Israel de padres pobres y piadosos, «por cuya boca habla Dios». Notovich sostiene que consultó una copia escrita en lengua pali en el monasterio de Hemis (Ladakh), y que el original se conservaría en Lhasa, capital del Tíbet y sede tradicional del Dalai Lama.

Siempre según Notovich, Jesús habría estudiado los textos sagrados budistas e hindués y pasado largos periodos en las ciudades santas de Benarés y Rajagrhiba, entre otras localidades de India, Tíbet y Nepal.

En 1929, el hindú Swami Abhedananda publicó una supuesta traducción bengalí de esta fuente, aunque con algunas diferencias. Éstas podrían deberse a que tuvo acceso a otra copia. En su Diario, el famoso artista místico ruso Nicolás Roerich citó varios fragmentos muy similares a los recogidos por Notovich en su libro, pero provenientes de otra fuente. Su hijo Jorge Roerich defendió su autenticidad. También lo avaló la pianista Elizabeth Capari. Esta mujer mantuvo que durante un viaje a Hemis en 1939, un lama le habría mostrado unos pergaminos, afirmando: «Este libro dice que su Jesús estuvo aquí».

¿La tumba de Jesús?

Pero las leyendas de un vínculo de Jesús con India no sólo se refieren a su formación durante su juventud y a su presunta prédica contra el sistema de castas. En su libro Jesús vivió y murió en Cachemira, Andreas Faber-Kaiser sostuvo hace 30 años que se habría salvado de la crucifixión, exiliándose en Cachemira, donde moriría y sería enterrado. En esta zona existe una rica tradición legendaria, que incluye una mítica tumba de Jesús (el Rozabal), presuntos descendientes suyos y hasta algunos lugares asociados a su presencia, como «el prado de Jesús». Sin embargo, debemos advertir que se trata de una región en la cual existían colonias judías desde varios siglos antes de Jesús, un activo comercio con Próximo Oriente y donde también existe una supuesta tumba de Moisés. Y todos estos son factores propicios para estimular la fantasía y la difusión de tradiciones legendarias.

En cualquier caso, estas fuentes, severamente cuestionadas por la ausencia de base documental, afirman que Jesús habría atravesado las tierras de Siria, Irak, Irán, Afganistán y Pakistán hacia la India, fuente del saber místico de Vedas y de los Upanishad, para luego seguir hacia los valles y montañas del Himalaya a través precisamente Ladakh, donde se encuentra el monasterio de Hemis. Después de recorrer el Tíbet y parte de la antigua China, habría regresado a Palestina por una ruta más corta.

De acuerdo con esta teoría, las claves de la sabiduría de Jesús se situarían por tanto en dos puntos emblemáticos de la tradición iniciática universal. Por un lado, el antiguo Egipto, y también la doctrina de la Luz y las Tinieblas de la religión persa de Zoroastro. Por otro, los milenarios conocimientos del panteón hindú, con su miríada de dioses y de energías, y el budismo, unido al Mahavirismo jainista de la India y a la antigua religión del Himalaya, animista y de poderosas vibraciones, como las del Bon-po. Finalmente, también habría conocido la filosofía de la China ancestral. Cuando Jesús regresó a Palestina para liberar el cuerpo (de la dominación romana), y alma de sus hermanos de sangre (de su ignorancia), ya habría completado su iniciación, convirtiéndose en el Cristo: el gran Iluminado de Dios.

Es en el contexto de esta imagen de Jesús que adquiere especial importancia el supuesto documento que estaría celosamente custodiado en el monasterio Hemis, a 45 kilómetros de Leh, capital de Ladakh.

Esta es la región más alta de la India habitada. Comprende cuatro principales zonas de montaña: el Gran Himalaya, Karakoram, Zanskar y la propia Ladakh. Y jamás estuvo aislada. A través de siglos y milenios fue la ruta comercial obligada de la Seda, el itinerario de las largas caravanas que atravesaban la India y Asia Central hasta China y el Himalaya, con sus colosales montañas, valles y desiertos.

El Valle del Indo ocupa gran parte de la zona situada en torno a Leh y los numerosos monasterios que se encuentran desperdigados entre rocas y árboles, en territorios elevados, frecuentemente protegidos por vistosas barreras naturales.

Visita al monasterio

Llegué hasta allí un día cálido y soleado, a pesar de la cercanía de invierno, a mediados de septiembre. Entre noviembre y febrero, a veces hasta marzo, los caminos resultan prácticamente intransitables. Están cubiertos por más de dos metros de nieve y registran temperaturas de 23 grados bajo cero. El jeep me condujo por una carretera asfaltada, con una vista espectacular de lejanos y cercanos monasterios y campesinos sembrando mientras cantaban con alegría bajo un cielo profundamente azul.

Casi paralelas a la carretera, las claras aguas turquesas del río Indo fluían hacia el Rajastán hindú, a miles de kilómetros. Un puente provisional apareció ante el vehículo ya en el tramo final, mientras el amable chófer a quien contraté durante, cambiaba una y otra vez las cintas con canciones típicas del lugar.

Al acercarnos al monasterio, protegido por rocas verticales de la montaña, entre frondosos abedules y alerces mecidos por la fresca brisa, y largos mástiles con las infaltables banderas de oración ondeando sus plegarias a los Bodhisatvas, me sentí subyugado por la paz y la belleza. Las vibraciones de Luz se podían casi palpar con la yema de los dedos. Subí unos escalones y Hemis me recibió.

Aunque está declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad, su aspecto no era el mejor. Necesitaba urgentemente nueva pintura y arreglos en sus paredes, Las puertas de madera habían sido severamente castigadas por el clima inclemente. Pero el panorama desde la terraza era espectacular, abierto a una sucesión de valles de distintas tonalidades por la mezcla de minerales. Un auténtico arco iris en tierra.

Sólo había tres visitantes más, y algunos niños. Apareció un monje y me invitó a pasar al interior del templo. Fuerza y serenidad fueron las emociones que allí sentí entre los Budas, mandalas y ruedas de oración. En uno de los muros, larguísimos estantes cobijaban libros de rezos budistas, pergaminos y vaya a saber qué otros tesoros desconocidos.

Me acerqué a los libros, algunos cubiertos por telas y otros bajo vidrio, cuando dos monjes lamas se me acercaron. Les sonreí. Las horas siguientes las pasé con ellos, mientras me enseñaban cómo fabricaban el papel y elaboraban su tinta con bayas y resinas de la zona.

El silencio de los lamas

Me llené de valor y les pregunté si ellos tenían algún conocimiento del Jesús de los cristianos. No sabían mucho, sólo por referencias, o al menos eso me respondieron.

Cuando llegó el lama superior intenté entenderme con él. Me dijo que «había escuchado comentarios sobre la existencia de algunos escritos sobre grandes maestros buscadores de sabiduría hacía mucho tiempo, antes de que existiera este monasterio». Pero manifestó ignorar si esos escritos se conservaban allí, en Hemis. «¿Y quién lo puede saber?», le pregunté. Me sonrió. Simplemente, me sonrió con amabilidad. Entonces intuí que en Hemis, muy en secreto, se guardaban documentos valiosos.

¿Sueños? ¿Visiones? ¿Una realidad, que no quiso contarme? Lo cierto es que cuando me despedí de los nuevos amigos monjes, comprendí que ellos no iban a revelarle nada –si es que de verdad lo sabían- al primer extranjero que pasara por aquel lugar sagrado. Aunque su alma fuera buena.

Quizá, si regreso en esta vida, me quede a vivir con ellos un tiempo. Entonces, y sólo entonces, tal vez comprendan la importancia de dar a conocer esos escritos sagrados. O tal vez, no sucediese de ese modo y tengan motivos profundos para mantenerlos en secreto. O acaso realmente no existan.

Ya en el jeep, mientras el motor ronroneaba por el camino irregular, antes de pasar nuevamente por el puente sobre el río, pensé en todas esas posibilidades. Poco después, pedí al conductor que se detuviera un momento. Me bajé y apoyé mi cabeza sobre la tierra. Puse las palmas de mi mano sobre el césped que allí crecía y me confundí en oración con el tiempo y el espacio, mientras a lo lejos el monasterio de Hemis parecía contemplarme.

Akasico.com

miércoles, mayo 12, 2010

La Iluminación Espiritual



¿Qué es la Iluminación?

Echart Tolle: Un mendigo había estado sentado a la orilla de un camino durante más de 30 años. Un día pasó por allí un extraño. “¿Tienes algunas monedas?”, murmuró el mendigo, estirando mecánicamente el brazo con su vieja gorra. “No tengo nada que darte”, respondió el extraño. Y luego preguntó, “¿Qué es eso sobre lo que estás sentado?”. “Nada”, replicó el mendigo, “sólo una caja vieja. He estado sentado sobre ella desde que tengo memoria”. “¿Alguna vez has mirado en su interior?”, preguntó el extraño. “No”, respondió el mendigo, “¿Para qué? No hay nada adentro”. “Echa una ojeada”, insistió el extraño. El mendigo logró entreabrir la tapa. Para su asombro, incredulidad y euforia, descubrió que la caja estaba llena de oro.

Yo soy ese extraño que no tiene nada para darte y que te dice que mires en tu interior. No dentro de alguna caja -como en la parábola- sino en un lugar aún más cercano: dentro de ti mismo.

“Pero no soy un mendigo”, te puedo oír decir.

Aquellos que no han descubierto su verdadera riqueza -la brillante joya del Ser y la profunda e inalterable paz que se encuentra en ese lugar-, son mendigos, aún cuando tengan gran riqueza material. Buscan externamente desechos de placer o plenitud -para la validación, la seguridad o el amor-, mientras en su interior tienen un tesoro que no sólo incluye todas esas cosas, sino que es infinitamente más grande que cualquier cosa que el mundo pueda ofrecer.

La palabra “iluminación” evoca la idea de algún logro sobrehumano, y al ego le gusta verlo así; sin embargo, se trata simplemente de tu estado natural sentido de unión con el Ser. Es un estado de conexión con algo inconmensurable e indestructible, algo que, casi paradójicamente, eres tú en esencia y que, sin embargo, es mucho más grande que tú. Es el encuentro de tu verdadera naturaleza, más allá de nombres y formas. La incapacidad de encontrar esta conexión da origen a la ilusión de separación de ti mismo y del mundo que te rodea. Te percibes entonces a ti mismo, consciente o inconscientemente, como un fragmento aislado. Surge el temor, y el conflicto -interno y externo- se vuelve habitual.

Me gusta la sencilla manera en que el Buda define el estado de iluminación: “el fin del sufrimiento”. ¿Hay acaso algo sobrehumano en esto? Por supuesto, como definición es incompleta. Sólo te dice lo que la iluminación no es: no es sufrimiento. Pero, ¿qué es lo que queda cuando ya no hay sufrimiento? El Buda guarda silencio al respecto, y su silencio implica que tendrás que descubrir eso por ti mismo. Utiliza una definición negativa, de modo que la mente no pueda transformarlo en algo en qué creer o en algún logro sobrehumano, en una meta que te sea imposible alcanzar. A pesar de esta precaución, la mayoría de los budistas sigue creyendo que la iluminación es para el Buda -no para ellos- al menos por esta vida.

Pregunta: Utilizaste la palabra “Ser”. ¿Puedes explicar a qué te refieres con eso?

Eckhart Tolle: El Ser es la Vida Única eterna y omnipresente que se encuentra más allá de las innumerables formas de vida que se hallan sujetas al nacimiento y a la muerte. Sin embargo, el Ser no sólo se halla más allá sino en la profundidad de cada forma, como su esencia más interna, invisible e indestructible. Esto significa que eso está a tu alcance ahora, como tu naturaleza más verdadera, tu yo más profundo. Pero no intentes comprenderla con la mente. No trates de comprenderla. Sólo puedes conocerla cuando la mente está quieta. Cuando estás presente, cuando tu atención se halla en forma total e intensa en el Ahora, podrás sentir al Ser, pero nunca podrá ser comprendido con la mente. Tomar nuevamente consciencia del Ser y vivir en ese estado de “consciencia sentida” es la iluminación.

Pregunta: Cuando dices Ser, ¿estás hablando de Dios? Y si lo estás, ¿por qué no usas esa palabra?

Eckhart Tolle: La palabra “Dios” ha perdido completamente su significado, a través de miles de años de mal uso. La utilizo a veces, muy escasamente. Por “mal uso”, me refiero a que personas que nunca han tenido siquiera un atisbo del ámbito de lo sagrado, de la infinita inmensidad existente detrás de esa palabra, la utilizan con gran convicción, como si supieran de lo que hablan. O bien, argumentan en su contra, como si supieran qué es lo que están negando. Este mal uso origina creencias, afirmaciones e ilusiones egóticas absurdas, como “Mi Dios o nuestro Dios es el único dios verdadero, y el tuyo es falso”, o la famosa frase de Nietzche: “Dios ha muerto”.

La palabra Dios se ha transformado en un concepto cerrado. Apenas la palabra es pronunciada, se forma una imagen mental -quizás ya no de un anciano de barba blanca-, pero sigue siendo una representación mental de alguien o algo fuera de ti; y, sí, casi inevitablemente un algo o alguien masculino.

Ni “Dios” ni el “Ser” ni ninguna otra palabra pueden definir o explicar la inefable realidad que se halla detrás de la palabra, de modo que la única pregunta importante es si la palabra es una ayuda o un obstáculo en cuanto a permitirte experimentar Aquello a lo cual apunta. ¿Apunta acaso más allá de sí misma, hacia esa realidad trascendente, o se presta muy fácilmente a transformarse en nada más que una idea, una creencia en tu cabeza, un ídolo mental?

La palabra “Ser” no explica nada, pero tampoco la palabra “Dios”. “Ser”, sin embargo, tiene la ventaja de ser un concepto abierto: no reduce el infinito invisible a una entidad finita. Es imposible formarse una imagen mental de él. Nadie puede adjudicarse la posesión exclusiva del Ser. Es tu esencia misma, y te es accesible de inmediato como la sensación de tu propia presencia, la sensación de “Yo soy” previa a “Yo soy esto o lo otro”. Así que sólo hay un pequeño paso entre la palabra “Ser” y experimentar el Ser.

Pregunta: ¿Cuál es el mayor obstáculo para experimentar esta realidad?

Eckhart Tolle: La identificación con tu mente, lo que hace que el pensamiento se vuelva compulsivo. No poder dejar de pensar es una espantosa calamidad, pero no nos damos cuenta de esto porque casi todo el mundo la sufre, así que es considerada “normal”. Este ruido mental incesante te impide hallar ese dominio de quietud interna que es inseparable del Ser. Esto también crea un falso “yo” -fabricado por la mente-, que extiende una sombra de temor y sufrimiento. Examinaremos todo eso en más detalle más adelante.

El filósofo Descartes creyó haber encontrado la verdad más fundamental cuando formuló su famosa frase: “Pienso, luego existo”. De hecho, expresó con eso el error más fundamental: igualar el pensar con el Ser y la identidad con el pensar. El pensador compulsivo -y casi todo el mundo lo es- vive en un estado de aparente separación, en un insanamente complejo mundo de problemas y conflictos continuos, un mundo que refleja la creciente fragmentación de la mente. La iluminación es un estado de “completitud”, de “ser uno”, y por tanto se está en paz. Se es uno con la vida en su aspecto manifiesto -el mundo- así como con tu yo más profundo y la vida no manifiesta -uno con el Ser-. La iluminación no es sólo el fin del sufrimiento y del continuo conflicto interno y externo, sino también el fin de la horrible esclavitud del pensar incesante. ¡Qué increíble liberación es!

Identificarte con tu mente genera una cortina opaca de conceptos, etiquetas, imágenes, palabras, juicios y definiciones que impiden toda relación verdadera. La cortina se interpone entre tú y tú mismo, entre tú y los demás hombres y mujeres, entre tú y la naturaleza, entre tú y Dios. Es esta cortina de pensamiento la que crea la ilusión de la separación, la ilusión de que hay un tú y un “otro” enteramente separado. Olvidas entonces la realidad esencial de que, debajo del nivel de las apariencias físicas y las formas separadas, eres uno con todo lo que existe. Con “olvidas”, me refiero a que ya no logras sentir esta unión como una realidad evidente por sí misma. Puedes creer que es así, pero ya no sabes si lo es o no. Una creencia puede ser tranquilizadora. Sólo es liberadora, sin embargo, a través de tu propia experiencia.

Pensar se ha vuelto una enfermedad. La enfermedad se presenta cuando las cosas se desequilibran. Por ejemplo, no hay nada malo con que las células se dividan y multipliquen en el cuerpo, pero cuando este proceso prosigue en forma independiente del organismo completo, las células proliferan y tendremos una enfermedad.

La mente es un instrumento soberbio si la usamos correctamente. Si se le usa en forma incorrecta, sin embargo, se vuelve muy destructiva. Para ser más preciso, no se trata tanto de que uses tu mente del modo incorrecto -en general no la usas para nada-. Ella te usa. Ésa es la enfermedad. Crees que eres tu mente. Ese es el delirio. El instrumento se ha apropiado de ti.

Pregunta: No estoy enteramente de acuerdo. Es cierto que pienso mucho sin sentido alguno -como la mayoría de las personas-, pero aún puedo utilizar mi mente para lograr cosas, y hago eso todo el tiempo.

Eckhart Tolle: Sólo porque puedes resolver un acertijo de palabras o construir una bomba atómica, no significa que puedes utilizar tu mente. Tal como a los perros les encanta morder huesos, a la mente le encanta hincarle sus dientes a los problemas. Es por eso que resuelve acertijos y construye bombas atómicas. A ti no te interesan esas cosas. Permíteme preguntarte esto: ¿puedes liberarte de tu mente cada vez que quieres? ¿Has hallado el botón que detiene todo el mecanismo?

Pregunta: ¿Te refieres a dejar de pensar? No, no puedo hacerlo, excepto quizás por unos instantes.

Eckhart Tolle: Entonces la mente te utiliza a ti. Inconscientemente, te has identificado con ella, de modo que ni siquiera te das cuenta de que eres su esclavo. Es casi como si fueses poseído sin darte cuenta: crees que la entidad que se posesionó de ti eres tú mismo. La libertad se inicia dándote cuenta de que no eres esa entidad que se posesionó de ti -el pensador- Saber esto te permite observar a la entidad. Apenas comienzas a observar al pensador, comienza a activarse un nivel más alto de consciencia. Comienzas entonces a darte cuenta de que hay un enorme ámbito de inteligencia más allá del pensamiento, y que ese pensamiento es sólo un diminuto aspecto de esa inteligencia. También te das cuenta de que todas las cosas que realmente importan -la belleza, el amor, la creatividad, la alegría, la paz interior- tienen su origen más allá de la mente. Comienzas a despertar.

Echart Tolle



viernes, mayo 07, 2010

Elementoterapia


“Gnosis” es el nombre de esa antigua sabiduría médica, que desde la aurora de la creación jamás ha cambiado sus fórmulas, porque son exactas como una tabla pitagórica. En ellas comulgan la ciencia, la mística y el arte “regios”, dentro de un connubio divino.

Esas fórmulas tienen su fundamento en la “ELEMENTOTERAPIA”, que es el “arte regio” de la Naturaleza, porque nos enseña a manipular las criaturas elementales de los vegetales antiguamente conocidos con los nombres de silvanos, dríadas, hamadríadas y faunos.

Estos elementales de las plantas, que el médico gnóstico maneja, son los “dussi” de San Agustín, las “hadas” de la Edad Media’ los “Dore Oigh” de los galos; los “grove” y “maidens” de los irlandeses, y los “anime” de los sabios médicos gnósticos, de nuestros fraters “indios” de la Sierra Nevada de Santa Martha (Colombia)

El insigne Maestro Paracelso dá el nombre de “Silvestres” a los elementales de los bosques y de “ninfas” a los de las plantas acuáticas. En los libros sagrados de todas las religiones antiguas, se halla ampliamente expuesto el santo simbolismo vegetal. Bástanos recordar el árbol de la ciencia del bien y del mal del Jardín del Edén, símbolo terrible de la fuerza sexual, en la cual se halla la redención o condenación del hombre.

El árbol del Sephirot de la Cábala: el Aswatta o higuera sagrada, símbolo de la sabiduría divina; el Haona de los Mazdeistas en el cual Zoroastro representó el Sistema Nervioso y el Sistema Líquido del hombre; el Zampoun del Tibet; el Iggradsil; el roble de Pherécydes y de los antiquísimos Celtas.

Todas las antiguas religiones nos representan a sus fundadores adquiriendo la sabiduría debajo de un árbol: así vemos al gran Gautama el Buda Amitabha, recibiendo la iluminación debajo del árbol Bhodi, quien vive todavía en la antiquísima India.

CRISTO es una excepción de esta regla, pues Cristo es la Sabiduría misma, es el LOGOS SOLAR, cuyo cuerpo físico es el Sol. Cristo camina con su Sol, en la misma forma en que las almas humanas caminan con su cuerpo de carne y hueso. Cristo es la luz del Sol. La luz del Sol es la luz de Cristo.

La luz del Sol es una sustancia cristónica que hace crecer la planta y brotar la semilla. Dentro de la prieta dureza del grano queda encerrada esa sustancia del Logos Solar, que le permite a la planta reproducirse incesantemente con la vida gloriosa, pujante y activa.

Samael Aun Weor
Medicina Oculta y Medicina Práctica

martes, mayo 04, 2010

Kabbalah o Cábala

El origen se remonta a los escritos del Rabino Shimon Bar Yohai quien, en compañía de su hijo Eleazar, permaneció durante trece años escondido en una cueva huyendo de los romanos que habían invadido Israel. En el aislamiento de su cueva, Bar Yohai escribió el Zohar y en él espuso todo un sistema místico que ha servido de catapulta para el desarrollo posterior de la Kabbalah.

La Kabbalah está dividida en tres grandes áreas: la teórica, la meditativa y la práctica.

La parte teórica se basa en el estudio de las escrituras, se cuenta con alrededor de 3.000 libros, que tratan de los misterios del mundo espiritual, de la estructura de los reinos angelicales, de las Sefirot o Emanaciones Divinas.

La palabra Kabbalah tiene su origen en la palabra hebrea "LeKabel", que significa recibir. El Kabbalista se prepara para recibir inspiración, información y energía de los reinos espirituales, y la parte meditativa del sistema está ideada para preparar al practicante para esta recepción.La Kabbalah práctica es una especie de magia blanca que trata de las técnicas necesarias para activar poderes sobrenaturales.

Algunas técnicas meditativas propuestas por la Kabbalah, que se centran en torno al proceso de "Yechudim" o Unificación. En el Judaísmo se le otorga una importancia fundamental a la Unificación. De hecho, la oración más sagrada para un judío, la que pronuncia en el momento de la muerte, dice así: "Escucha, Oh Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor Uno".

De la misma forma, en la Kabbalah se habla de la existencia de cinco niveles distintos del alma, desde un alma ligada al cuerpo y que se le sirve de sostén energético denominada Nefesh, hasta el nivel más elevado del Alma llamado Yehida o Singularidad, el cual implica una Unificación. Cuando un ser humano nace, trae consigo diferentes partes del Alma de distintos seres que lo antecedieron. Su labor de desarrollo en esta vida consiste en purificar todos los niveles hasta llegar a la singularidad. Este nivel es la Unidad consigo mismo, la mismidad del Yo Puro o la verdadera identidad.

Por lo tanto, una de las técnicas Kabbalísticas de meditación consiste en meditar sobre la Singularidad del Sí mismo preguntándose quién es Uno mismo y, después, colocándose en identidad consigo mismo.

Para lograr la purificación de las distintas porciones del Alma, es necesario aceptarlas y cumplir una vida absolutamente ética, sencilla y en constante recuerdo de Dios. Cada obstáculo que la vida presenta al meditador es una oportunidad de purificación para llegar a la Singularidad. Cuando uno de estos obstáculos es vencido, se adquiere mayor poder y pureza.

Una vez lograda la singularidad, existe una técnica que estimula la unificación con otras singularidades en lo que parecería ser una entrada al Campo de la Materia. Esta técnica consiste en la visualización de la palabra "Uno".

El meditador se sienta cómodamente, cierra los ojos y después se imagina la palabra Uno y penetra en su significado. Primero asocia este significado con su propio cuerpo hasta que, posteriormente, logra sentir su Unidad. Después sigue meditando en el Uno en relación a otros seres humanos hasta que logra sentir la Unidad que existe entre todos los seres humanos. Más adelante, medita en el Uno en relación al Planeta Tierra con todos sus habitantes hasta que logra sentirse en Unidad con la Conciencia Planetaria. Depués, aplica la meditación en el Uno en relación a la Galaxia entera y, por último, al Universo como una totalidad.

Si la meditación tiene éxito, el meditador habrá experimentado la Unidad existente en todos los niveles antes mencionados, desde su cuerpo orgánico hasta todo el Universo. En términos de la Física Contemporánea, habrá logrado situarse primero en el Campo Fermiónico como singularidad, después en el Parafermiónico en unidad con otras singularidades y por último, habrá penetrado en el Campo Bosónico.

Acerca del origen del Universo, también existen coincidencias entre la Física y la Kabbalah. Según la Física, este origen fue la explosión de una partícula en el principio del tiempo. Esta explosión creó el espacio, el tiempo y el Universo conocido. Antes de ella no existía el tiempo, ni el espacio. A partir de la explosión, el Universo inició un movimiento expansivo y una multiplicación de sus partículas en un Campo Fermiónico.

Esta expansión ocurre en la actualidad y tendrá un límite tras el cual el Universo iniciará un movimiento contrario de contracción hasta volver a su origen para, nuevamente, explosionar e iniciar un nuevo tiempo y un movimiento expansivo. Esta teoría, llamada Big Bang, asume una existencia cíclica para el Universo y niega la existencia de algo previo a la primera explosión puesto que antes de ella el tiempo no existía.

La Kabbalah, en cambio, considera que antes de la explosión primigenia, todo el Universo estaba iluminado por la Luz Divina y no existía nada que se sustrajera a ella. En un acto supremo de creación, Dios creó una zona libre de su luz a través de un proceso denominado "Tzintzum" y en el vacío resultante implantó una chispa de su luminosidad creando con ello la explosión inicial y la subsecuente expansión del espacio y el tiempo.

Previo al Tzintzum no existían ni tiempo ni espacio pero algo había y este algo era, la Luz Divina penetrándolo todo sin discontinuidad. El desarrollo de la conciencia humana implica el ponerse en contacto o recibir la Luz Divina a través de las técnicas de meditación y purificación.

El hombre y la mujer son, un modelo del mismo proceso de "Tzintzum" -de implantación de una chispa de luz y de explosión primigenia y posterior expansión del universo.

La mujer contiene un órgano, la vagina -y la matriz-, que representa el vacío en donde se implantará la chispa de luz. Esta última está representada en la célula espermática que interactúa con el óvulo y produce una explosión orgánica y la creación y nacimiento de un nuevo Universo.

El hombre representa el dador de la luz y la mujer, receptora de la misma y creadora de la vida expandiéndose en su interior. Por esta razón, la Kabbalah otorga una especial importancia a la pareja humana, al amor y al acto sexual, considerándolos sagrados. El acto sexual en amor y fidelidad responsable se constituye, para la Kabbalah, en una meditación sacra. Al hombre y a la mujer juntos se les define como al verdadero ser humano.

Aunque la mujer y el hombre, son diferentes en el sentido de que la primera es capaz de ponerse en contacto con Dios en cualquiera de sus manifestaciones con mayor facilidad que el hombre. Este último requiere del uso de un instrumento mental para lograrlo, siendo así capaz de crear verdaderos sistemas intelectuales que le sirven para conseguir la comunión con lo Divino.

La mujer, que ama este proceso masculino de creación, y el hombre, capaz de ver en la mujer la creadora de la vida en capacidad de comunión con Dios en todas sus manifestaciones, constituyen el ideal de la pareja humana.

Jacobo Grinberg-Zylberbaum
Guía de Meditación