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viernes, julio 22, 2016

El sufismo - Una Filosofía de Amor





Siendo una Filosofía de Amor, el sufismo tiene, evidentemente, mucho en común con el Cristianismo. Así, para conservar la “guardia del corazón”, el hombre debe dar muestras de una vigilancia permanente (mura-qabah), lo que corresponde, como se sabe, a la práctica de “orar y vigilar”, aconsejada en el Nuevo Testamento. Sólo de ese modo se podrá conocer lo divino y alcanzar el estado de Hombre Perfecto (Ahsantaqwîn), que es aquel que se identifica con Dios.

Sus atributos deberán ser la humildad, la paciencia, la fidelidad y, por encima de todo, la veracidad (sidq), que consiste en ver las cosas como son, olvidándose de sí mismo. Decía Al-Hallâj, el mayor místico del siglo X: “Me torné en Aquel que yo amo y Aquel que yo amo se tornó yo. Somos dos espíritus fundidos en un solo cuerpo”. Jesús, expresando la misma identificación, se limitó a decir: “Yo y el Padre somos Uno”.

El Hombre Perfecto debe, por tanto, alcanzar la unidad con Dios. Pero, para que eso sea posible, es necesario que se libere de todos los velos de la ilusión. Estos velos se dividen en dos categorías: los velos oscuros (tentación, cólera, deseos…) y los velos claros (castidad, exceso de humildad…). Estos velos claros constituyen una peligrosa trampa, donde son fácilmente atrapados los adeptos mal preparados, pues, pareciendo conducir a la extinción del “yo”, alimentan aún más la personalidad.

La unidad se expresa a través de cinco grados:

1º – “No hay otro Dios sino Alá”
2º – “No hay otro él sino Él”
3º – “No hay otro tú sino Tú”
4º – “No hay otro yo sino Yo”
5º – “No se puede formular, porque no hay unión ni separación, ni alejamiento ni aproximación. Es el mundo divino”.

Para el Sufismo, el hombre fue creado con las más admirables proporciones (ashan taqwîn), habiendo sido, en seguida, precipitado hasta el nivel más bajo (asfal sâfilîm). Ahora, deberá pasar del estado de asfal sâfilîm al de ashan taqwîn. Jesús explicó esta larga peregrinación mediante la Parábola del Hijo Pródigo.

A pesar de que el Sufismo es la esencia de las principales religiones, tiene aspectos específicos que caracterizan su método. Entre ellos, es costumbre atribuir especial relevancia a la danza cósmica de los derviches, porque la danza, para los Sufí, expresa mejor que las otras artes la Creación Divina. Mientras que en otras artes el artista no precisa estar presente, en la danza debe estar presente el bailarín, representándose de ese modo la trascendencia e inmanencia de Dios.

Mevlana, también conocido como Rumi, fue el primer derviche bailarín. La música y la danza fueron la forma de expresar su reconocimiento a Dios. Enseñó entonces a sus discípulos cómo debían proceder: con los pies superpuestos, el izquierdo ritualmente sobre el derecho, la mano derecha en el aire para recibir el don del cielo, la espada dirigida hacia abajo, para difundir el saber, y deberían girar en torno a un centro, a semejanza de los planetas girando alrededor del Sol.

Otro aspecto característico del Sufismo son sus máximas y las historias divertidas de Narusddin Hodja, personaje legendario en todo Oriente Medio y del que diversos países reclaman la nacionalidad. Se trata, sin embargo, de un Sufí turco que vivió en el siglo XIV. Las “gracias” de Narusddin corresponden a una especie de retrato caricaturizado de la humanidad y deben ser entendidas a diversos niveles de profundidad. He aquí un ejemplo:

“Cierto día, Narusddin atravesaba un río, llevando a un profesor en su barco. Como Narusddin era muy inculto, dijo, en determinado momento del viaje, una palabra incorrecta que provocó la risa del profesor. “¿Nunca aprendiste gramática?” – le preguntó el profesor. “No”, respondió Narusddin. “Entonces, perdiste la mitad de tu vida” le dijo el profesor. Algunos minutos más tarde, le preguntó el barquero al profesor: “¿El señor nunca aprendió a nadar?” Y ante la respuesta negativa del profesor, Narusddin replicó: “Entonces perdiste toda tu vida, porque vamos a hundirnos”

Al mulá Nasrudín le concedieron una entrevista en una compañía naviera. El director le dijo: -"Nasrudín, es un trabajo peligroso. Algunas veces el mar se embravece. Si estás en medio de una gran tormenta, ¿qué harías con tu barco?". -"Ningún problema. Simplemente bajaría el mecanismo de defensa que tienen todos los barcos, pesas, enormes lastres que mantienen el barco estable incluso en medio de una gran tormenta". -"¿Y si viene otra gran tormenta...? -"Ningún problema. Volveré a bajar otro gran lastre". -"Y si viene una tercera tormenta, ¿qué harías?". -"Ningún problema... más lastre". El director no sabía qué hacer con aquel hombre. Le preguntó: -"¿De dónde sacas todo ese lastre?". -"¿Y de dónde saca usted todas esas tormentas?"

Nasrudin solía cruzar la frontera todos los días, con las cestas de su asno cargadas de paja. Como admitía ser un contrabandista cuando volvía a casa por las noches, los guardas de la frontera le registraban una y otra vez. Registraban su persona, cernían la paja, la sumergían en agua, e incluso la quemaban de vez en cuando. Mientras tanto, la prosperidad de Nasrudin aumentaba visiblemente. Un dia se retiro y fue a vivir a otro país, donde, unos años mas tarde, le encontró uno de los aduaneros. - Ahora me lo puedes decir, Nasrudin, ¿Que pasabas de contrabando, que nunca pudimos descubrirlo? - Asnos - contesto Nasrudin.

 El hecho de que la persona media piense según unas pautas determinadas y no pueda adaptarse a un punto de vista muy diferente, le hace perder gran parte del sentido de la vida. Puede vivir, incluso progresar, pero no puede comprender lo que ocurre.

La sutil percepción del Sufí le permite alcanzar niveles de entendimiento inalcanzables para la común de las personas. Por eso, no se debe ver en estas historias apenas una diversión, aunque, en cierto modo, sea ese también su objetivo.

José Florido
Licenciado en Filología Románica
Profesor de Literatura y Cultura Portuguesa

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