domingo, junio 29, 2014

Técnicas psicoterapéuticas y psicosomático de hace casi mil años



Los maestros sufíes y los médicos tradicionales persas poseían desde tiempos remotos un amplio conocimiento de la psicología. Algunos de los documentos de hace casi mil años nos demuestran la familiaridad de estos hombres con el potencial de las técnicas psicoterapéuticas en la sanación del enfermo, muchas de las cuales han sido desarrolladas en la actualidades en el Occidente. Muchas veces, los maestros de la senda utilizaban estas técnicas para sanar a sus compañeros y a la gente común, pero nunca como un medio de subsistencia.

También en el campo de lo psicosomático habían logrado importantes avances, disponían de una información detallada sobre los efectos de la mente en el cuerpo y recíprocamente, y habían desarrollado diferentes métodos para tratar a los enfermos. He aquí algunos ejemplos que les ofrezco a continuación:

I.- Un caso de sanación tradicional

Morta`esh[1] cuenta: “Acompañando al maestro Abu Hafz Haddād[2], fuimos un grupo de sufíes a visitar a un compañero enfermo. Una vez en la habitación del enfermo, el maestro le preguntó: ‘¿Quieres ponerte bien?’; el hombre contestó: ‘Sí’. El maestro dijo a los discípulos: ‘Que cada uno tome para sí mismo una parte de la enfermedad de este hombre’. El enfermo recuperó la salud en el acto, se levantó de la cama y nos acompañó a la calle. Al día siguiente todos nosotros caímos enfermos en la cama y la gente venía a visitarnos”. (Risalah de Qosheyri, p: 365)

II.- La curación de las enfermedades psicosomáticas

Primer caso: El Emir Mansur Nasr, gobernador de la dinastía Sāmānida (892-1005 d. C), cayó enfermo. Por mucho que los médicos de la corte lo intentaron, no lograron curarle y, poco a poco, empeoró su estado hasta quedarse paralizado en un estado crítico. El Emir envió a un grupo en busca de Mohammad ibn Zakariā Rāzi[3]. Zakariā viajó con ellos el largo camino que va desde la ciudad del Rey (ciudad donde se encuentra actualmente Teherán, la capital de Irán) hasta la orilla del gran río Oxus. Pero llegado ahí, se negó a subir al barco, recitando el versículo: No os arrojéis con vuestras manos en la destrucción (Qo 2,195).

Cuentan que en el periodo en que los enviados viajaron hasta Bojārā para informar al Emir del problema, Zakariā redactó su obra, Mansuri, y cuando los enviados volvieron, se la entregó diciéndoles: “Yo soy este libro, llevadlo al Emir y decidle que su curación se encuentra en este libro, y que no es necesaria mi presencia”. Cuando los enviados entregaron el libro al Emir, éste se enfadó, y envió mil monedas de oro con varios caballos veloces y regalos, rogando a Zakariā que fuera a verle personalmente. Y dijo a sus hombres: “Si acepta venir, perfecto, pero sino, atáis sus manos y sus pies y lo echáis en la barca para cruzar el río”. Los enviados rogaron a Zakariā que subiera a la barca pero él se negaba una y otra vez.

Finalmente, le ataron de manos y pies, y metiéndole en la barca, cruzaron el río. Una vez, en la otra orilla, abrieron los grilletes, y Zakariā, sonriendo, se puso en camino con ellos. Los enviados del Emir, extrañados por la reacción inesperada del médico, le dijeron: “Nosotros pensábamos que al atarte y obligarte a cruzar el río, te enfadarías con nosotros. Sin embargo, te encontramos sonriendo y amable, ¿por qué?”. Y él contestó: “Yo sé que cada año más de veinte mil personas cruzan el río y no se ahogan, y que yo también podría ser uno de ellos, pero, también podía haber ocurrido que me ahogase en el río, y si esto hubiera pasado, la gente siempre hubiera dicho lo estúpido que había sido Zakariā por subir al barco y arriesgar la vida”.

Cuando llegaron a Bojārā, el médico fue a visitar al Emir y empezó en el acto con su tratamiento. Sin embargo, por mucho que lo intentaba, no lograba un resultado satisfactorio. Finalmente, un día fue a visitar al Emir y le dijo: “A partir de mañana empezaré con otro tratamiento, pero para ello necesito a tal y tal caballos”, dos caballos famosos por su velocidad y resistencia.

El día siguiente, Zakariā llevó al Emir a los famosos baños públicos de Ŷuy-e Muliān detrás del palacio. Ordenó a su sirviente personal que se quedará alerta con los dos caballos en la puerta de los baños, y no dejó que nadie los acompañase dentro. Luego sentó al Emir en el espacio central del baño y mientras le echaba abundante agua templada, le daba a beber, poco a poco, un jarabe que había preparado anteriormente, y siguió así hasta que el jarabe hizo efecto, reconstituyendo el equilibrio constitucional de los cuatro elementos, agua, fuego, tierra y aire en las articulaciones.

Luego Zakariā se fue, se vistió y volvió donde estaba el Emir y, ahí, de pie delante de él, empezó a insultarle: “Tú ordenaste que me ataran y que, ensangrentado, me tiraran en la barca para cruzar el río; si te dejo sin vengarme por lo que me hiciste, no soy hijo de mi padre”, y continuó insultándole.

El Emir, extrañado, se enfadó e intentó con furia incorporarse, desplomándose, una y otra vez, al suelo. En ese momento Zakariā sacó un cuchillo amenazando y agrediendo aún más al Emir. El Emir, mitad por rabia, mitad por temer por su vida, se irguió del suelo hasta ponerse totalmente de pie frente a él..El médico al ver al Emir de pie, salió en seguida de los baños y, montando los caballos, salieron su sirviente y él de la ciudad, cabalgando sin detenerse hasta el río Oxus; al llegar ahí, cruzaron el río y no pararon hasta llegar a su residencia en la ciudad del Rey.

Al llegar, Zakariā escribió esta carta al Emir: “¡Larga vida y salud para el Emir! Este servidor empezó el tratamiento e hizo todo lo que estuvo en sus manos. Sin embargo, el calor constitucional del cuerpo del Emir estaba muy debilitado, y, por ello, se necesitaba un periodo muy largo para que mi tratamiento natural surtiera efecto. Por ello, abandoné esta forma de tratamiento y me ocupé en tratarle psicológicamente. Le llevé a los baños, le relajé con abundante agua templada, le di a beber un jarabe especial y le hice enfadarse para estimular el calor instintivo del cuerpo, utilizándolo en beneficio de un mejor y más rápido efecto del jarabe para recuperar el equilibrio perdido de su constitución. Por ello, no es justo que entre nosotros nazca rencor o enemistad”.

Por otro lado, lo que ocurrió en los baños públicos fue que cuando el Emir, con furia y temor por su vida, se puso de pie y el médico salió corriendo, el esfuerzo extremo le dejó totalmente agotado y cayendo al suelo perdió la conciencia. Cuando, al cabo de un tiempo, volvió en sí, salió de los baños y gritando quiso saber dónde estaba el médico. Los miembros de la corte, que le esperaban fuera, le informaron que hacía tiempo que el médico había salido y que se había marchado con su sirviente. En este momento el Emir se dio cuenta de lo ocurrido y salió por su propio pie de los baños. Los días siguientes, se organizó una gran fiesta para celebrar la recuperación del Emir. Pero por mucho que buscaron no encontraron al médico.


Después de una semana, llegó el sirviente del médico con su carta para el Emir. Éste leyó la carta y sintió asombro y admiración por el médico, le ennobleció y le envío regalos, joyas y sirvientes. Ordenó que le pagasen al mes dos mil dinares y mandó dictar un edicto al gobernador de la ciudad del Rey. (Chāhār maqālah de `Aruzi, 1985, p: 114)

Segundo caso: Abu `Ali Sinā[4] en su libro Mabd`a wa Ma`ād (nuestro Origen y nuestro Fin), en el capítulo correspondiente a “La posibilidad de eventos extraordinarios producidos por la psique (nafs)[5] humana”, escribe:

El libro Qānun (Canon) de Abu ‘Ali Sinā (Avicena), una enciclopedia médica de alrededor de un millón de palabras. Se divide en cinco libros:

1. Principios generales de la medicina: filosofía de la medicina, anatomía y filosofía, higiene y tratamiento de las enfermedades.
2. Materia médica o medicamentos simples.
3. Teoría aplicada: trastornos de cada órgano interno y externo del cuerpo.
4. Terapia general: enfermedades que afectan al cuerpo en general y no se limitan a un solo órgano o miembro.
5. Formulario o medicamentos compuestos.

Abu ‘Ali Sinā incorporó al Qānun muchas de sus propios observaciones, su descubrimiento sobre la propagación de las epidemias, el diagnóstico de la meningitis y la transmisión de la tuberculosis. Pero su mérito reside en haber ordenado y sistematizado los conocimientos médicos. El Qānun fue traducido en su totalidad al latín y fue el texto clave de las escuelas médicas de la Europa medieval. No dejaron de aparecer nuevas ediciones hasta el siglo XVII.

En el reinado de uno de los reyes de la dinastía Sāmānida existía un médico con tal reputación y respeto en la corte que llegó a tener permiso para entrar en el harén del rey para tratar a las mujeres y a las sirvientas.

Un día mientras estaba sentado con el rey en el harén, éste ordenó que trajeran comida. La sirvienta que era responsable de poner el mantel, entró y se inclinó para desplegar el mantel en el suelo. Una vez puesto el mantel, quiso erguirse para marcharse, pero sintió un calambre originado por un aire en su espalda que le impidió ponerse de pie, y se quedó doblada.

El rey miró al médico y le dijo que ahí mismo y en seguida, fuera como fuera, había que curarla. Dada la situación, era prácticamente imposible para el médico acceder a sus medicinas naturales para tratarla de forma convencional. De ahí que, acudió a un tratamiento estrictamente psicológico. Ordenó que quitaran el velo con el que cubría su pelo, con la esperanza de que el pudor de tener descubierta sus trenzas frente a un hombre ante el cual esto no era lícito para ella, la haría moverse instintivamente.

Sin embargo, no tuvo efecto, de ahí que el médico tomó una decisión drástica, y ordenó a las otras sirvientas que le quitarán su pantalón. Al oír esto, la sirvienta sintió una vergüenza extrema, la cual hizo subir el calor instintivo de su constitución, lo que, a su vez, disipó el aire que le había dado en su columna vertebral. Agarró su cinturón y, estirándose hasta ponerse recta, huyó de la habitación. (Chāhār maqālah de `Aruzi, 1985, p: 113)

Dr. Javad Nurbakhsh

"De todo cuanto fuimos o no fuimos, nos liberamos, con amor,
el corazón dejamos atado a Tu pasión, con amor;
sólo el amor fue meta de nuestro camino, libres de todo nos sentamos, con amor."


[1] Abu Mohammad Morta`esh: Maestro sufí del siglo X-XI, de Neyshāpur en la comarca de Jorāsān en el noreste de Irán.
[2] Abu Hafz Haddād Neyshāpuri: Gran maestro sufí del siglo X, de Neyshāpur en la comarca de Jorāsān.
[3] Mohammad Zakariā Rāzi (865-925 or 932). Gran filósofo y médico persa más conocido en Occidente como Rhazes. Los más celebres de sus 56 textos médicos son: Ketab Mansuri, tratado de medicina interna y clínica; Ketab-e Jadari wa hasba, sobre la viruela y el sarampión; Ketab-e Tebb-e ruhāni, que analiza la dimensión psicológica de la enfermedad; y Ketab-e Hawi, enciclopedia médica en 25 volúmenes.
[4] Abu `Ali Sinā: El gran filósofo, pensador y médico persa del siglo XII, conocido como Avicena en Occidente.
[5] Nafs: palabra que en la terminología sufí posee un amplio significado, como, por ejemplo: el alma, la psique, el yo relativo, el ego etc. Para más información, véase el libro “Psicología sufí”, del Dr. Javad Nurbakhsh.

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