sábado, agosto 12, 2017

El corazón dormido. Cuándo y cómo expresar las emociones


“Mira dentro del corazón y dime: ¿cuánto tiempo llevas ausente?”
 (Miguel Mochales, Maestro Zen)

Se puede estar ausente de muchas maneras: dormidos en vida, arrastrando el corazón vacío como una carga, pensando continuamente en el pasado o en el futuro, inundados de nostalgia o saturados de estrés...  Despertar el corazón es hacerlo presente.

Y presente es presente; así de simple. En latín, prae-esse, “estar delante”; en griego, parousía, “estar al lado de”. Para los primeros cristianos, la “parusía” era “el advenimiento” o la segunda llegada de Cristo; la traducción exacta, sin embargo, sería “el acercamiento” o “estar con” de una manera única, irrepetible y transformadora. Y esto es lo que propongo: una verdadera “parusía” del corazón. Vamos a simplificar desmenuzando lo complejo hasta hacerlo sencillo, obvio y de sentido común.

Hijos de nuestro tiempo andamos cargados de pasado e ignorantes y temerosos del futuro: mucho “coco” y ruido mental, por un lado, y extrema emocionalidad descontrolada, por otro. Demasiados cálculos para las decisiones más nimias por un exceso de información, y pasiones desatadas en los campos de fútbol o en las manifestaciones políticas xenófobas... Una auténtica esquizofrenia individual y colectiva. 

No es de extrañar que el corazón lata a veces a cien, tenga arritmias, se pare repentinamente. A veces suena como un tambor, en ocasiones como una batucada y lo peor es cuando no se lo oye nada y ni siquiera encontramos su latido. “Paro cardiaco”, dicen los médicos al certificar una defunción o paro “cardiorrespiratorio”. Si el corazón no suministra oxígeno al cerebro a través de la sangre, este deja de funcionar. Hace cincuenta años se cambió el criterio de muerte clínica. Ya no es cuando el corazón deja de latir, sino cuando el cerebro deja de emitir señales eléctricas: encefalograma plano. De nuevo, el triunfo del cerebro sobre el corazón. Un corazón aún caliente se puede trasplantar, cuando la “autoridad médica” certifica que el cerebro “ha muerto”. 

Sin embargo, la matemática e investigadora de la conciencia Annie Marquier descubrió hace años algo sorprendente: el corazón contiene un sistema nervioso independiente y bien desarrollado, con más de 40.000 neuronas y una compleja red de neurotransmisores. Ello implica que el corazón puede tomar decisiones y pasar a la acción con independencia del cerebro, porque posee su propia memoria y capacidad de percepción. De hecho, el corazón envía más información al cerebro de la que recibe de él y determina en gran medida nuestra forma de percibir el mundo. Al ser su campo electromagnético 5.000 veces más intenso que el del cerebro, afecta sensiblemente nuestro entorno inmediato.

En este punto es donde entran las emociones; según de qué emoción se trate y de la intensidad con que la sintamos, su campo vibratorio puede hacer que el corazón pase de la armonía al caos en unos segundos. Mientras tanto, las ondas cerebrales se sincronizan con estas variaciones del ritmo cardíaco, generando un torbellino de pensamientos y todo tipo de nocivos síntomas psicosomáticos. Cuando estos se cronifican, se producen los síndromes que llamamos enfermedades físicas o trastornos mentales. 

Habrá que prestarle otro tipo de atención al corazón y nutrirlo, más allá de controlar la hipertensión, la obesidad y el colesterol; más allá de hacer ejercicio diario y de reducir el sobrepeso y el tabaquismo. No solo de sangre vive el corazón, sino de todos los cariños, caricias y mimos que salen de nuestra voluntad de Ser. No dejemos que nuestro corazón siga viviendo entre corchetes, en “stand by” o, lo que es peor aún, en “off”, pues necesita de diástoles y sístoles existenciales. 

Hemos de dar tiempo al corazón para que pueda reposarse y sonreír. Al final, como dice en su muro de Facebook Karina López, “cuando te duela el corazón, trata de disfrutarlo, pues no hay tantas cosas que lo estrujen; si te duele de verdad, es porque valió la pena; abrázate al dolor ya que, cuando menos te lo esperas, el tiempo te enseña a volar de nuevo”. Así se fortalece el músculo cardíaco y, con él, todo el pecho, sede de los valores personales, la esperanza y la visión de futuro. 

Desde esta nueva perspectiva, las emociones no tienen nada que ver con el sentimentalismo ñoño. Tampoco son siempre las pasiones que nos arrastran hasta perder nuestro propio centro y convertirnos en marionetas de los acontecimientos y de la conducta de los demás. Las emociones son facultades innatas para percibir peligros o amenazas (miedo), pérdidas temporales o definitivas (tristeza), mentiras, injusticias o manipulaciones (rabia), la propia dimensión transformadora al servicio del amor (amor propio), y para crear un espacio de entrega en la seguridad de poder ser uno mismo (amor) o captar y transmitir el fluir de la vida en una actitud de agradecimiento (alegría).

Cuando estamos atentos al cuerpo y no solo a la cabeza, estas seis emociones básicas se manifiestan primero a través de sensaciones corporales localizadas. Si estamos conectados, el mero hecho de darnos cuenta nos lleva a una acción inmediata. Por ello, no existen realmente emociones negativas y emociones positivas. Pero sí emociones desconectadas de su causa y emociones disfuncionales por exceso o por defecto de acción. Emociones que no cumplen la función de detectar acontecimientos y actuar en consecuencia. 

Ejemplos: en presencia de una amenaza real, el miedo nos hace segregar suficiente adrenalina para huir o enfrentarnos a él. Si nos quedamos pensando, como los conejos de la fábula, que discutían si eran ladridos de galgos o de podencos los que se oían en la lejanía, seremos zampados por ellos. O lo que es lo mismo, sufriremos pérdidas. La mayoría de las personas tienen miedo de acontecimientos futuros que pueden o no producirse o de sucesos pasados que tal vez nunca se repitan. Salen del presente y caen en la desconfianza, la resignación o actitudes paranoides. 

Ante pérdidas reales, la rabia no sirve para nada. Lo funcional es hacer el duelo y buscar fríamente soluciones que puedan sustituir o compensar la pérdida. No mostrar la justa cólera ante una injusticia, una manipulación o una mentira acaba formando un nudo de impotencia en el estómago. Sobrepasarse reactivamente tampoco nos deja en paz, además de provocar consecuencias indeseadas. 
En el caso del autoestima o amor propio, quien no aprecia sus propias cualidades y su potencial, siempre estará envidiando las de los demás.

Con una baja autoestima corporal, emocional o mental, será difícil poder amar y recibir amor: crear un espacio de seguridad absoluta para poder desnudar hasta la médula el alma, permitiendo que el otro lo haga. Y sin este verdadero amor, que no tiene nada que ver con la posesión de una pareja o de unos hijos, es difícil fluir en la alegría y agradecer todos los regalos que cada día recibimos de ella. Cuando no nos necesitan, hay que saber apartarse y soltar, pues quien ama no sabe que ama. Es puro amor que desborda. 

Como ha dejado escrito, antes de morir tras un largo y profundo proceso de transformación interior, Antonio Pacheco, que fue terapeuta transpersonal, primer fundador de la Editorial La Llave y director de Hermes, Instituto de Educación Integral y Terapia Integrativa;

“Cuando el miedo se apodera del amor y la razón se adueña de la vida, mi corazón se apaga, se entristece y sangra de dolor” 
(“De la unidad al amor”, Ed. Hermes, Vitoria, enero de 2016). 

 “Ahora sé y tengo la certeza de que el camino del corazón es entrega sin condiciones, sin reglas, sin planes, sin caminos marcados, escuchando sus dictados, que laten al ritmo de la compasión” 
(“De la separación a la unidad. Un guión universal”, Ed. Hermes, Vitoria, octubre de 2015). 

 Alfonso Colodrón 
Terapeuta Transpersonal y Gestalt
www.milterapias.com


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