lunes, junio 21, 2010

La simbólica hermético-alquímica


Dos de las preocupaciones mayores que han obsesionado al hombre desde que el mundo es mundo, son la de la inteligencia y la de la riqueza. Dicho de otro modo, por una suerte de derivación del instinto de autoconservación, ha deseado entender cuál era su papel en esta vida y ha querido poseer, controlar, dominar su entorno. Al menos este es el punto de vista, el ángulo bajo el cual se ha querido explicar casi siempre la génesis de la Alquimia.

Sin embargo, existe otro punto de vista, menos exterior, menos científico, pero acaso más poético; y como la Alquimia es, al menos para nosotros, el Gran Arte de los Poetas, recurriremos a este punto de vista a la hora de efectuar el análisis de algunos de los símbolos que nos proponemos abordar. Se trata ni más ni menos que del mito bíblico de la Caída que, sin embargo, no podemos disociar de su contrapartida gloriosa: la Redención. Dicho con otro lenguaje, es la destrucción del Templo y su reconstrucción. A propósito de ello podemos leer (Mt. XXVI-61): “Puedo destruir este Templo y reconstruirlo en tres días”. Tres días que aluden sin duda a los tres grandes pasos de la obra, simbolizados por los tres colores negro, blanco y rojo. Más adelante volveremos a tocar el simbolismo del tres, tan importante en la ciencia hermética.

La inteligencia de la relación, misteriosa y secreta, entre las cosas del Cielo y las de la Tierra, entre las estaciones, las estrellas, la luna y los planetas y los múltiples aspectos de su propia vida, por una parte, y el deseo de obtener poder -leamos ‘oro’- rápida y fácilmente, por otra, pueden ciertamente hallarse en la base de lo que se ha llamado `alquimia’, y sin duda así fue y es con muchos presuntos alquimistas.

Decimos ‘presuntos’ exprofeso porque tras el estudio de los textos, cuando se ha podido profundizar un mínimo en el tema, cuando se ha llegado a una cierta familiaridad con sus teorías y símbolos, cuando “suavemente y con gran industria” has ido impregnándote de su lenguaje y de su esencia, acaba por resultar evidente que la Alquimia no tiene nada o casi nada que ver con todo eso.

“El oro es la inmortalidad” afirma un famoso aforismo de los Brâhmana[1] y tanto para los hindúes como para nuestros alquimistas medievales, el oro es algo así como la `luz mineral’ o la ‘luz coagulada’.

Si recordamos que para los antiguos egipcios la carne de los inmortales, de los dioses e incluso del faraón era de oro, acaso nos planteemos la, al menos, posibilidad de que quizás el oro que buscaban los alquimistas no era al fin de cuentas el metal que conocemos por este nombre.[2]

Existe, tanto para el mago como para el alquimista una relación evidente entre la luz y el oro, entre el astro-rey y el preciado metal. Están en la misma ’signatura’[3]. Para designar la luz solar, Píndaro hablaba del ‘poder dorado del sol’[4] y muchos de los poetas de la antigüedad expresan lo mismo con imágenes parecidas.

Los egipcios, en quienes según los mismos alquimistas hay que ver a los precursores de la ciencia hermética, opinaban que hay en los rayos solares un fluido vivifico, dador de la inmortalidad. Serán sin embargo los alquimistas medievales quienes declararán más abiertamente que dicho fluido debe ser captado y su estado volátil fijado o ‘coagulado’ para poder ser aprovechado. Como podremos apreciar a continuación, todos o casi todos los símbolos fundamentales de la Ciencia Hermética aludirán a esta misteriosa fijación.

Y volviendo al tema del oro, señalemos que para los alquimistas había oro y oro. No sin razón Juan Bautista Beckeri, que no hay que confundir con Daniel Beckeri, autor de una farmacopea espagírica, escribía en su Physica Subterranea (1669):

“Los falsos alquimistas sólo buscan hacer oro; los verdaderos filósofos sólo desean la ciencia; los primeros sólo hacen tinturas, sofisticaciones, ineptitudes y los otros inquieren sobre el principio de las cosas”.

En su Novum Lumen Chymicum,[5] el Cosmopolita señalaba que la inmortalidad del hombre ha sido la causa principal por la cual los Filósofos han buscado esta Piedra”.

Partiendo, pues, de la hipótesis de que exista o haya existido la Piedra Filosofal, su principal aplicación era la de obtener el Elixir capaz de proporcionar a quien lo ingiere en las condiciones adecuadas la inmortalidad. Y esta inmortalidad dorada es la misma de la que nos hablaban los Brâhmana o los antiguos egipcios.

Y antes de entrar en el tema, recordemos que esa inmortalidad no debe ser vista como una prolongación indefinida de nuestro estado caído, con sus achaques, enfermedades y debilidades. La inmortalidad propugnada por los alquimistas es la restitución del estado divino del hombre, aquél que poseía antes de la Caída, su resurrección en el dorado mundo de luz, el Olam Habá de la cábala, que nuestros sabios autores del Siglo de Oro tradujeron por `mundo porvenir’ o ‘mundo venidero’.

De él, veremos, nos habla sutilmente la simbólica hermético-alquímica por lo que constituye, en el sentido más genuino de la palabra, la tradición de Occidente.

Designamos por ’simbólica hermético-alquímica’ tanto el conjunto de símbolos derivados del Corpus Hermeticum atribuido al dios egipcio Toth que más tarde los griegos identificarían con su Hermes y los romanos con su Mercurio, como a los que nos han legado los alquimistas operativos y especulativos, de la Edad Media y del Renacimiento.

Según es tradición, Hermes Trismegisto era ‘tres veces grande’, escriba de los dioses y divinidad de la Sabiduría. Ello ha sido interpretado de muy diversas maneras. No es el momento ahora de detenemos excesivamente en este punto; señalemos únicamente la presencia del número tres, una verdadera constante en todo el simbolismo alquímico. Símbolo de la unión del Cielo y de la Tierra, de la trascendencia de la dualidad representada por el dos o por la oposición uno y dos,[6] el tres se reencuentra en los tres colores básicos de la obra: el negro, el blanco y el rojo.

Si el rojo es, en cierto modo símbolo de lo dorado o de la luz, corresponde a la Encarnación gloriosa o al Cuerpo de resurrección; el blanco alude a la Albedo, purificación necesaria de la materia de la Gran Obra, simbolizada ésta por el negro. Por otra parte, y por ello decíamos que la simbólica hermético-alquímica podía constituir, en el sentido mas genuino de la palabra, la tradición de Occidente, el negro simboliza precisamente a ese Occidente del que ha de nacer el nuevo Oriente. Las tinieblas de las que nacerá la luz.

Mercurio es el escriba de los dioses y el mensajero entre el Cielo y la Tierra, lo cual le otorga su carácter trascendente. Divinidad de la Sabiduría lo es porque se ocupa de escribirla, y, sobre todo, porque la Sabiduría no es sino la unión del Cielo y de la Tierra.

Al ir penetrando las creencias egipcias en el marco de la cultura griega, a través de varios autores entre los cuales cabe destacar a Plutarco de Queronea (su tratado Sobre Isis y Osiris ejerció una gran influencia sobre los alquimistas medievales), se atribuyó a Hermes-Toth toda una literatura escrita en griego, más o menos inspirada en las enseñanzas astrológico-mágicas egipcias.

Otras enseñanzas ocultas, particularmente las referidas a las virtudes secretas de las piedras y de las plantas o las relativas a la regeneración del hombre se hallan también en este Corpus Hermeticum. Su difusión en la antigüedad, la Edad Media y el Renacimiento fue enorme y no dudamos en afirmar que a partir del Corpus Hermeticum y de la famosa Tabula Smaragdina o Tabla de Esmeralda, se desarrolló casi toda la simbología hermética y alquímica cuyos elementos principales nos proponemos exponer.

Algunos autores modernos[7] señalan que, al hablar de tradición hermética no se trata “sólo de las doctrinas incluidas en los textos alejandrinos del Corpus Hermeticum”. Y, ciertamente, en la formación de este simbolismo han contribuido otros elementos, en mayor o menor medida, procedentes del cristianismo, las sectas cristianas primitivas, la cábala hebraica y no pocos autores islámicos. Tendremos también, de pasada, que referimos a ellos.

Resulta cuando menos curioso que toda esta literatura, sumamente extensa, acabara cristalizando en lo que se ha llamado la tradición alquímica. Esto le otorga, querámoslo o no, una importancia que, al menos para nosotros, occidentales, la hace digna de que profundicemos en ella, intentando liberarnos de los prejuicios típicos que señalamos al principio de este trabajo.

No pocos han sido, ciertamente, los historiadores que han querido ver en la Alquimia una suerte de química en estado infantil y subdesarrollado, y en su simbolismo un lenguaje críptico o secreto, reservado a Iniciados’, deliberadamente oscuro u oscurecido por temor al profano, siempre ansioso de ‘robar sus secretos’.

Los trabajos de Evola, Faivre, Tristan, Van Lennep o Jung, por citar sólo a unos pocos autores modernos y conocidos, bastarían para disipar este error o, al menos para poner un poco las cosas en su lugar, si no lo hubieran hecho ya los mismos alquimistas.

Aunque la mayor parte de ellos hayan recurrido a un lenguaje manifiestamente químico, son ellos mismos quienes nos avisan de que nunca debemos tomar sus palabras “al pie de la letra”:

“Es sabido, escribe uno de ellos, que nuestro arte es un arte cabalístico, es decir que sólo puede ser revelado oralmente y que rebosa misterios… el que trate de explicar lo que han escrito los filósofos mediante el sentido ordinario y literal de las palabras, se encontrará encerrado en los meandros de un laberinto del que nunca podrá salir”[8].

Otro excelente autor ya citado, el Cosmopolita[9] escribía que:


"Los buenos autores, al principio de sus libros, ocultan esta ciencia”.

Hay pues, debemos admitirlo, un intento deliberado de evitar que el no-iniciado, el profano, penetre en el palacio Cerrado del Rey, pero sin duda esta ocultación se debe a razones distintas de las que se le achacan. Se basa más en el respeto que en la envidia, más en el amor del símbolo, del misterio, del objeto de la búsqueda del alquimista, que en las ganas infantiles de ocultar sus hallazgos. Si los alquimistas no hubieran querido que nadie accediera a sus conocimientos no se hubieran escrito los casi cien mil libros que tratan de este Arte.

Por otra parte, si en muchas ocasiones los textos nos parecen oscuros y complicados es porque a menudo no tenemos el bagaje intelectual y simbólico necesario para acercamos a ellos porque carecemos también de la luz interior imprescindible para iluminarlos y porque nos falta la simplicidad de espíritu que permite que su luz penetre en nosotros.

Una exposición racional de los símbolos, el estudio por métodos ‘universitarios’, puede resultar asaz estéril si éstos no logran que nos involucremos. Los símbolos utilizados por los antiguos alquimistas son algo así como variaciones sobre un mismo tema. Pertenecen a lo que Guénon llamaba “símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada”, una ciencia distinta de la que se imparte en nuestras aulas.

El Caduceo, por ejemplo, que es el atributo hermético por excelencia, la vara de Hermes entrelazada con dos serpientes, nos evoca al mismo tiempo un simbolismo tan arquetípico como es el de la vara (recordemos la vara de Moisés -Ex. XVII, 5 y 6-, el bordón del peregrino de Santiago, o si queremos, los bastos de la baraja española), Y el del número tres (las dos serpientes y la vara), que como vimos se aplicaba a Hermes-Mercurio, el tres veces grande, y vuelve a aludir a la Gran Obra.

Una de las múltiples explicaciones que se han dado del símbolo del Caduceo es la que afirma que Mercurio hizo que se enroscaran en él dos serpientes que luchaban entre ellas. Se trata de nuevo de los dos principios, del Cielo y de la Tierra, de lo fijo y de lo volátil, y la vara no hace sino disolver lo fijo y fijar lo volátil uniéndolos.

Caduceus, de kerykeion, procede del verbo kerykeio, publicar, anunciar. Por otra parte, en astrología, Mercurio es el regente del signo de Géminis, el tercer signo zodiacal compuesto por dos hermanos gemelos (vemos de nuevo aquí al dos y al tres), signo al que pertenecen la palabra hablada y escrita, las publicaciones, etc…

Para los alquimistas el papel anunciador del Caduceo se debe a su asociación con la Estrella, otro de los símbolos mas importantes de su acervo. La Estrella resulta de la conjunción de los triángulos del Agua y del Fuego (otro modo de hablar del cielo y de la Tierra o del Arriba y del Abajo), que muchos autores relacionan con la Estrella de los Reyes Magos,[10] que les anunció y condujo hasta el nacimiento de Cristo, símbolo para ellos de la Piedra, el Lapis Philosophorum.[11]

También se ha relacionado al Caduceo con el Gallo, que nos anuncia el día, animal que los galos consagraban precisamente a Mercurio.

Si recordamos que en la antigüedad esta ave se inmolaba a Príapo y a Esculapio para obtener la curación de los enfermos, práctica que aún en nuestros días se realiza en ciertos ritos brasileños y haitianos, no nos extrañará que el caduceo sea el símbolo de médicos y farmacéuticos en varios países europeos.

Las correspondencias simbólicas entre el Caduceo y las tres columnas del árbol cabalístico ya han sido señaladas por diversos autores. Las columnas de Rigor y Misericordia corresponden a las dos serpientes. Son lo que se conoce en los Midrashim como “la buena inclinación” y la “mala inclinación” o si lo preferimos, “las buenas costumbres” y “las malas costumbres” de la simbólica franc-masónica, que no es en modo alguno opuesta a la alquímica.

La Columna central, llamada “de justicia” corresponde exactamente a la vara del Caduceo, que es la de la Libertad, una vez trascendidas las ‘buenas’ y las ‘malas’ inclinaciones. Es la vara que separa y que une (solve et coagula).

Otro de los atributos de Mercurio, no menos rico en contenido, es la lira. Para Cirlot,[12] es un “símbolo de la unión armoniosa de las fuerzas cósmicas”. Por otra parte, como símbolo de los poetas, la lira nos indica que el arte hermético es un arte poético y divino, de poeio, “yo hago”.

Basándose en relatos mitológicos, el célebre antropólogo Jean Servier[13] considera la lira como “un altar simbólico que une el Cielo y la Tierra”. La música, como la Palabra es el fruto de esta unión, de esta fecundación cósmica. No olvidemos tampoco la relación entre la voz (o la palabra) y el gallo. ¿No se llama gallo a un sonido desentonado?

El aspecto celeste de la lira lo podemos ver en sus siete cuerdas, que corresponden a los siete planetas o a los siete pasos de la Gran Obra o, en el caso de la lira de Timoteo de Mileto, de doce cuerdas, a los doce signos zodiacales o a las doce operaciones de la Gran Obra. El aspecto terrestre y receptivo hemos de verlo en su forma.

El nacimiento de Mercurio tuvo lugar en una montaña porque, escribe Dom Pernety:[14] “El mercurio filosófico nace siempre en las alturas”. Después de nacer, Mercurio fue lavado con el agua recogida en tres fuentes (de nuevo el número tres) porque, afirma Pernety, “el Mercurio filosófico debe ser purgado y lavado tres veces en su propia agua” por lo que Miguel Maier escribe:[15]

“Mira a esa mujer cómo lava la ropa… Imítala, su arte no te traicionará”.

Las dos serpientes que antes hemos asociado al Cielo y a la Tierra son, para Pernety, Macho y Hembra y representan las dos sustancias mercuriales de la Obra, una fija y otra volátil, la primera de ellas cálida y seca y la segunda fría y húmeda, que los filósofos llaman serpientes, dragones, hermano y hermana, esposo y esposa, agente y paciente”. Se trata de la sustancia fija y de la volátil que, escribe Pernety “tienen cualidades aparentemente contrarias, pero la vara de oro regalada a Mercurio por Apolo pone de acuerdo a estas serpientes”.

Que Mercurio naciera en una montaña ha sido objeto de diversas interpretaciones. Para algunos alquimistas la montaña es un símbolo del horno o del atanor. Para otros, las montañas corresponden a los metales, y finalmente, para los cabalistas, la montaña es un símbolo del propio adepto. Pero si volvemos a lo que decíamos al principio, si asociamos el caduceo de Mercurio con la estrella de los Magos, fruto de la unión del Cielo y de la Tierra, veremos que se trata de lo mismo. En la Montaña tienen lugar las teofanías porque es el lugar donde el Cielo se une a la Tierra. Por otra parte, podemos ver en el simbolismo de la montaña y la cueva (otro modo de decir ‘El pesebre’) a los dos triángulos unidos situándose el de Agua o la cueva (que corresponde también al corazón) en el centro de la montaña.

Ahondando en el apasionante simbolismo hermético de la Estrella de los Magos, llamada también Sello de Salomón o Estrella de David, veremos que si desde fuera nos presenta sus seis puntas (símbolo del hombre exterior, creado el sexto día según la tradición cabalística y cuyas puntas deben ser ‘limadas’ o ‘pulidas’[16]), en su interior se encuentra el hexágono, símbolo de la abeja, en hebreo Dbrah, que, según la cábala alude a Dabar (la Palabra). Es la Palabra Abandonada o Perdida, el Verbum Dimissum, aquel Verbo del cual el Evangelio de San Juan (I-14) afirma que se hizo carne y habita entre los hombres.

Por otra parte, los dos triángulos, que corresponden como hemos visto a lo fijo y a lo volátil, al azufre y al mercurio filosóficos, al unirse, realizan la unión integral de los cuatro elementos.


El símbolo principal del Arte hermético lo constituye, como hemos ido viendo, esta unión en la que tras la disolución de lo fijo tiene lugar la fijación de lo volátil. Son las Bodas Químicas,[17] el matrimonio del Rey y de la Reina. Trasponiendo este simbolismo a otro plano, es nuestra unión iniciática con el ángel, con nuestra contraparte celeste que ha de disolver nuestra mugre y coagular y exaltar cuanto de divino hay en nosotros; es el Despertar de la Palabra Perdida, o enmudecida o, dicho de otro modo, de la Bella Durmiente del Bosque, del mismo Bosque del cual nos habla Dante al principio de su Divina Comedia que constituye el principio de la Obra de la Regeneración.

Julio Peradejordi


NOTAS
[1] Ver Dictionnaire des Symboles de Jean Chevalier, Tomo III, pág. 323 Ed. Seghers, París, 1973. Edición castellana en Ed. Herder, Barcelona 1986.

[2] Ibid tomo III, pág. 322. Y también Mayassis, Le Livre des Morts de l’Egypte Ancienne est un Livre d’Initiation, Ed. BAOA, Atenas 1955.

[3] Ver a este respecto nuestra presentación del Tratado de las Signaturas de Oswaldus Crollius, Ed. Obelisco, Barcelona 1982.

[4] Pitias IV – 257.

[5] Utilizamos la excelente y reciente edición de ed. Retz.

[6] Ver Tao Te King cap. 42.

[7] Notablemente Evola en su libro La Tradición Hermética, Ed. Martínez Roca, Barcelona 1975.

[8] Livre Secret du trés ancien Philosophe Artephius traitant de l’Art Occulte et de la Pierre Philosophale, Bibliothéque des Philosophes Chymiques, París, 1741. Utilizamos la reedición de este tratadillo de Ed. l’Echelle, París 1977.

[9] Ver nota 5.

[10] Notablemente Limojon de Saint-Didier en Le Triomphe Hermétiene.

[11] Para muchos alquimistas cristianos, uno de cuyos exponentes más interesantes es Dom Belin, autor de Les aventures du Philosophe inconnu, Apologie du Grand Oeuvre y Traité des Talismans (publicado en Ed. Obelisco), Cristo es ni más ni menos que un símbolo de la Piedra Filosofal.

[12] Ver su Diccionario de los Símbolos, varias ediciones, artículo “lira”.

[13] L’homme et l’invisible, pág. 151. Existe traducción castellana de este libro excelente en Ed. Monteávila, Caracas 1970.

[14] Des Fables grecques et Egyptiennes dévoilées et réduites à un même principe. Tomo II, pág. 165. París 1786.

[15] Atalanta Fugiens, Emblema III. Utilizamos la excelente edición de Etienne Perrot, París 1970.

[16] Este es, a fin de cuentas el sentido etimológico y auténtico de la erudición, de erudere, pulir.

[17] Ver a este respecto la excelente novela rosacruciana. Las Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz, varias ediciones.

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