miércoles, diciembre 24, 2008

Platón, el mito de la caverna


Platón, además de un hito esencial dentro de la filosofía occidental, es un estupendo narrador de mitos que no sólo ocupan cierta extensión en su obra filosófica sino que destacan en el conjunto de las páginas platónicas por su fuerza poética y plástica y su seducción intelectual.

El mito impacta la imaginación y deja un rastro fascinante en la memoria. Resulta sorprendente que Platón no renuncie, ni siquiera en la República un diálogo de una alta elaboración filosófica, a los mitos como forma de expresar la verdad; de hecho, recoge quizá los más discutidos y enormes de toda la Historia. Uno de ellos es el tema de este artículo: El mito de la caverna.

Imaginemos una caverna bajo tierra, en la que los espectadores están sentados de espaldas a la entrada y de cara a la pared. Estos espectadores están cautivos, atados con cadenas, de manera que sólo pueden mirar hacia la pared del fondo. De la caverna sale un camino en pendiente, áspero, hacia el exterior. Para los espectadores es como si no existiera la luz natural, de ahí la necesidad de un fuego bien dispuesto. Hay una tapia entre el fuego y los espectadores, y entre ella y el fuego desfilan hombres portando objetos. Estos objetos proyectan sombra en la pared de la cueva, y esas sombras son lo único que ven los espectadores. Además la pared-pantalla tiene eco, y por eso para los cautivos parecen venir de ella las palabras que pronuncian los hombres que pasan detrás de la tapia.

Un Platón de nuestro siglo hubiera supuesto un micrófono y un altavoz. Queda claro que las sensaciones son totalmente indirectas. Los prisioneros sólo ven sombras producidas no por el medio natural de la luz del sol sino por algo que es su remedo, el fuego (sombra del sol), y no oyen la voz humana, sino el eco (sombra de la voz). Viven entre sombras de sombras. Es así como se nos hace del todo patente lo miserable de su condición. No tienen conciencia ni de sí mismos ni de cuanto les rodea, y como están atados no pueden ver ni concebir otra realidad distinta, ni que exista otra vida diferente de la que ellos mismos llevan.

Platón afirma que los prisioneros de la morada subterránea son iguales a nosotros, por extraño que a primera vista pueda parecer.

El estado físico de estos trogloditas es en lo espiritual el estado general de la Humanidad. Tenemos de nosotros mismos y de lo que nos rodea visiones deformadas por los prejuicios, pasiones, modas y distorsiones de toda índole que nos mantienen encorvados y fija la mirada en una sola dirección: los intereses de los amos de la caverna.

Nos propone Platón que desatemos a uno de los prisioneros. Debido al tiempo que lleva en esa posición, tendrá los músculos entumecidos y le costará ponerse en pie y caminar, pero aunque resulte difícil, le obligaremos a subir por el sendero que conduce al exterior. Al acercarse a la boca de la caverna, quedará deslumbrado por la claridad solar, le dolerán los ojos, creerá haberse vuelto loco y querrá volver a la tranquilidad de la caverna donde todo era conocido. Para acostumbrarse deberá empezar a observar de noche, con la luz de las estrellas y de la luna.

Luego podrá ver de día las imágenes reflejadas en las aguas y las sombras; más tarde verá los árboles, los pájaros, las fuentes, podrá mirar las cosas en sí, y finalmente será capaz de ver el sol, y de darse cuenta de que gracias a él existe todo y que es la causa de la vida.

Mares de tinta se han vertido sobre la interpretación de la caverna, y como todo mito, tiene diferentes claves, unas más visibles y otras más profundas. Vamos a relacionar la caverna con la línea de conocimiento de Platón. Con esto pasamos ya del sentido literal a su sentido alegórico, simbólico, prolija y expresamente declarado por Platón mismo.

La caverna corresponde al primer segmento, representando el mundo visible, sensible. El primer subsegmento es el de las imágenes proyectadas, las cosas que no hemos experimentado, las que nos han dicho, nos han contado: la conjetura. El segundo corresponde a los objetos mismos, a los hombres que manejan estos objetos y engañan (los amos de la caverna). Representa la opinión, peligrosa, pues no es aún sabiduría, no es realidad. La caverna entera representa la ignorancia y la oscuridad.

El segundo segmento es el mundo exterior al que llega el prisionero que puede evadirse del antro, y representa el mundo de los objetos inteligibles, el verdadero saber, la Sabiduría. Los reflejos y sombras que el fugitivo se ve obligado a contemplar en los primeros momentos son las cosas que se pueden razonar y discurrir. Los objetos reales que podrá mirar al habituarse a la luz son las Ideas. Y la visión que al final sea capaz de tener del sol cara a cara será la visión inteligible de la Idea del Bien (la máxima concepción platónica que une todos los aspectos de la virtud, lo bueno, lo bello, lo justo, lo verdadero). El Bien es la causa por la que todo es. Es el aspecto más luminoso del Ser. Como el Sol que es el que da vida a nuestra Tierra, el Bien da vida a las ideas.

Intelección - Mundo Inteligible - Sabiduría - Pensamiento discursivo - Opinión -fe- Mundo sensible - Ignorancia - Conjetura.

En el mito, además, los hombres de la cueva acaban por sentirse hasta cierto punto contentos con su suerte. Con su fina percepción de la naturaleza humana, no los representa Platón gimiendo y llorando, sino consagrados concienzudamente a una singular actividad, la única a su alcance: identificar con toda exactitud las sombras que desfilan y su orden de sucesión, a fin de poder predecir cuándo volverán a pasar éstas o aquéllas.

De esta actividad hacen un certamen regular y lo toman con tanto ardor, dice Platón, que se otorgan entre ellos premios, recompensas, honores, adjudicados a los más hábiles en este arte de identificación y predicción. La caverna entera funciona como una maquinaria manejada por su amos, que se aprovechan de los deseos necesarios e innecesarios de los esclavos, conocen sus gustos, pasiones, debilidades y se aprovechan de ellos en beneficio propio. No puede concebirse una miseria mayor que la de estos infelices, y no tanto por su tortura física, sino por su total ignorancia intelectual y moral.

Cuando alguno de los presos rescatado del antro, que ha salido al exterior, se acuerda de sus antiguos compañeros de cautiverio y su lamentable estado, es posible que decida volver. No porque le guste regresar a la oscuridad de la caverna, sino por solidaridad con sus compañeros, para contarles lo que ha visto. La mayoría de las veces, como llega cegado por la luz del sol, no ve las sombras y tropieza. Por eso, los cautivos se mofan de él y le dicen que se ha vuelto loco al salir de la caverna. Peor aun, si trata de hacerles ver lo lamentable de su situación, el resultado será que se enfurezcan contra él y que, si pudieran, le matasen.

Palabras terribles que se han comprobado muchas veces en la Historia. Véase el caso del mismo Sócrates, la quema de Miguel Servet, Giordano Bruno y tantos otros. Esta es la explicación de por qué siempre, en todo lugar, hay una inquisición, cazadores de librepensadores que odian la libertad de pensamiento y el estudio comparado y queman en persona o en efigie, con propaganda destructiva y acusadora, a cuanto grupo, hombre o mujer, les impida seguir con su juego de proyectar y con su manejo de la caverna.

El prisionero que asciende, sale de la cueva y contempla el mundo real, representa la ascensión del alma al mundo de las Ideas, el sendero del filósofo. Y cuando vuelve se convierte en el verdadero político platónico, que reúne todas las virtudes morales desde la honradez a la justicia, del saber al saber hacer. Es el que, una vez conocido todo lo que es, vuelve a contar sus nuevas experiencias al aire y al sol y en la libertad, para ayudar a la liberación de las cadenas y así poder ascender al mundo inteligible.

En esta meditación sobre la condición humana hay una gran enseñanza. Así como a los cautivos no hay que darles la vista que ya tienen, sino hacerles volver sus ojos de las tinieblas a la luz, otro tanto habrá que hacer con el alma, ya que en ella existe la facultad de aprender y lo único que hace falta es orientarla en la dirección correcta.

Y así como los forzados de la caverna no pueden ver la luz natural, tan lejana a ellos, con sólo volver la cabeza, sino que han de hacerlo con todo el cuerpo, subiendo completamente el sendero, así también hay que proceder con el ojo del alma; se trata de la educación de todas las potencias del alma, y no sólo de su potencia intelectual; es una operación que implica una vivencia, (lo que pienso, lo que hago y lo que siento: mente, corazón y acción).

La educación, por consiguiente, resulta ser el arte de la conversión del alma (de toda ella), para acercarla a la contemplación del ser y de la luz. La importancia de los mitos en diálogos de tanto calado filosófico como La República está en su honda poesía, en su belleza literaria, y en la guía que estos relatos nos dan para orientar nuestro entendimiento de la vida. Los mitos son ventanas luminosas que perduran en la memoria de todo lector de Platón.

SARA ORTIZ ROUS


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