sábado, marzo 05, 2011

Cuentos de Nasrudin


LA IMPORTANCIA DE LA LUNA

Nasrudin entró a una casa de té y declamó: "La luna es más útil que el sol". "¿Por qué"? le preguntaron.
"Porque por la noche todos nosotros necesitamos más luz."

UNA CAPA PESADA

Una noche la gente oyó un ruido espantoso que provenía de la casa de Nasrudin. A la mañana siguiente y apenas se levantaron lo fueron a visitar y le preguntaron: "¿Qué fue todo ese ruido?". "Mi capa cayo al suelo". Respondió Nasrudín.
Pero: "¿Una capa puede hacer tal ruido?" Le cuestionaron:

"Por supuesto, sí usted está dentro de ella, como yo lo estaba"


LA MIEL Y EL FUEGO

El Mula calentaba miel en el fuego, cuando un amigo llegó de improviso.

La miel comenzó a hervir y Nasrudin le convido a su visitante. Estaba tan caliente, que el otro se quemo.

- ¡Haz algo! - exclamó el amigo.
Entonces el Mula tomó un abanico y lo agito por encima de la olla... con el propósito de enfriar la miel.


EL SAMURAI Y EL MONJE

Un joven guerrero, conocido por todos por su nobleza y honestidad, fue a visitar a un shaij (maestro espiritual) en busca de consejos. Cuando entró en la mezquita donde el maestro realizaba el salat (postración del musulmán cinco veces al día), se sintió inferior y pensó que a pesar de haber pasado toda su vida luchando por la justicia y la paz, no se había acercado al estado de gracia del hombre que tenía frente a él.

-¿Por qué me estoy sintiendo tan inferior? -preguntó al maestro-, me enfrenté muchas veces con la muerte y defendí a los más débiles, no tengo nada de qué avergonzarme. Sin embargo, al verlo meditando, he sentido que mi vida no tenía la menor importancia.

-Espera. En cuanto haya atendido a todos los que me han buscado hoy, te daré la respuesta -dijo el sheij-.

Durante todo el día el joven guerrero se quedó sentado en el jardín de la mezquita. Las personas entraban y salían en busca de consejos y el sheij (maestro) atendía a todos con la misma paciencia y la misma sonrisa luminosa en su rostro. El estado de ánimo del guerrero iba de mal en peor, pues había nacido para actuar, no para esperar. Por la noche, cuando ya todos habían partido, insistió:

-¿Ahora podrá usted enseñarme? El shaij (maestro) lo invitó a entrar y lo llevó hasta su habitación.

La luna llena brillaba en el cielo y todo el ambiente respiraba una profunda tranquilidad.

-¿Ves esta luna qué bonita es?, cruzará todo el firmamento y mañana el sol volverá a brillar. Solo que la luz del sol es mucho más fuerte y consigue mostrar los detalles del paisaje que tenemos a delante: nubes, árboles, montañas. He contemplado a los dos durante años, y nunca escuché a la luna decir:

-¿Por qué no tengo el mismo brillo que el sol?, ¿es que quizás soy inferior a él?

-Claro que no -respondió el guerrero-, la luna y el sol son dos cosas diferentes, cada uno tiene su propia belleza. No se pueden comparar.

-Entonces, ya sabes la respuesta.

Somos dos personas diferentes, cada cual luchando a su manera por aquello que cree, y haciendo lo posible para tornar a este mundo mejor; el resto son solo apariencias.


NASRUDIN JARDINERO

Nasrudín pasó el otoño entero sembrando y preparando su jardín. Las flores se abrieron en primavera pero Nasrudin observó que algunos dientes de León que él no había plantado estaban en algunos lugares del jardín.


Los arrancó, pero las semillas ya se habían esparcido y volvieron a crecer. Trató entonces de encontrar un veneno que afectara al diente de león. Un técnico le dijo que cualquier veneno terminaría matando también a las otras flores. Desesperado pidió ayuda a un jardinero especialista; este le dijo:

-Igual que en el casamiento junto con las cosas buenas, terminan viniendo algunos inconvenientes.

-¿Qué hago?, -insistió Nasrudín.
-Nada, aunque sean flores que tú no pensabas tener ya forman parte de jardín.



NASRUDIN Y SU MAJESTAD IMPERIAL

Su majestad imperial, el Shahinshah, llegó de improviso a la casa de té, de la cual Nasrudín estaba a cargo temporalmente.

El Emperador pidió tortillas.

-Ahora continuaremos con la cacería -le dijo al Mullá-, así que dígame cuánto le debo.
-A usted y a sus cinco acompañantes las tortillas les costarán mil monedas de oro.
El emperador enarcó las cejas.
-Los huevos deben ser muy costosos aquí, ¿tan escasos son?

No son los huevos los que escasean aquí, majestad, sino las visitas de los reyes.


NASRUDIN Y EL LEON

Nasrudín estaba contando una historia a sus discípulos y de repente comenzó a llover. Uno que pasaba por allí, para protegerse, se guareció bajo el cobertizo donde Nasrudín estaba hablando a sus discípulos.

Esperaba solamente a que despejara, pero no puedo evitar el escuchar lo que se decía.Nasrudín estaba narrando historias increíbles.

En muchas ocasiones el hombre encontró casi imposible el resistir la tentación de interrumpir, tantos eran los absurdos que se estaban diciendo. Pero lo pensó una y otra vez y se dijo a sí mismo: -No es asunto mío. Estoy aquí debido a la lluvia y tan pronto como se pare, me iré. No tengo porqué inmiscuirme.Nasrudín estaba diciendo: -Una vez, cuando era joven, viajaba por las selvas de África, el continente misterioso. De repente un león apareció a unos cinco metros de mí. No tenía ni armas ni protección, estaba sólo en la selva. El león me miraba fijamente y comenzó a dirigirse hacia mi.

Los discípulos estaban ya muy excitados. Nasrudín se detuvo por un instante y miró sus rostros. Un discípulo le dijo.-No nos tengas en vilo, ¿qué ocurrió?Otro discípulo dijo:-No te demores -dinos qué sucedió. Nasrudín dijo. -Es muy sencillo, muy lógico, descubridlo por vosotros mismos. El león se abalanzó sobre mí, me mató y me devoró.

En ese momento el forastero no se pudo contener. -¿Está usted diciendo que el león lo mató, se lo comió, y usted está todavía aquí vivo?

Nasrudín miró directamente al hombre y le dijo.

-¿Acaso le llamas tú a esto estar vivo?"

NASRUDIN Y LOS DULCES

La fiesta reunió a todos los discípulos de Nasrudín. Durante muchas horas comieron y bebieron, y conversaron sobre el origen de las estrellas. Cuando era ya casi de madrugada, todos se prepararon para volver a sus casas.

Quedaba un apetecible plato de dulces sobre la mesa. Nasrudín obligó a sus discípulos a comérselos. Uno de ellos, no obstante, se negó.

-El maestro nos está poniendo a prueba -dijo-, quiere ver si conseguimos controlar nuestros deseos.

-Estás equivocado -respondió Nasrudin-, la mejor manera de dominar un deseo es verlo satisfecho.

Prefiero que os quedéis con el dulce en el estómago, que es su verdadero lugar, que en el pensamiento, que debe ser usado para cosas más nobles.

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