lunes, junio 28, 2010

Optimismo y filosofía


El uso y abuso que hacemos de muchas palabras las han ido vaciando poco a poco de significado.

Nuestro lenguaje no solo ha ido perdiendo contenido y significado, sino que ha utilizado la característica mediante la cual todos podemos entendernos a través de la mente y, en su lugar, ha surgido algo emocional, subjetivo e imaginativo.

Actualmente, las palabras ya no tienen un valor racional, sino que sugieren imágenes. Hoy hemos cambiado razón por emoción, pensamiento por imaginación.

Destaco esto para mostrar hasta qué punto el lenguaje de la imaginación, la merma progresiva de la razón, ha ido minando nuestra capacidad de penetrar en los conceptos. Por eso no sabemos exactamente qué es optimismo ni qué es filosofía, ni cómo los podemos relacionar. Suponemos que un filósofo que ha indagado en la vida no puede ser optimista. ¿Por qué no?

Si filosofía es amor a la sabiduría, si es buscar el conocimiento para poder resolver los grandes interrogantes de la existencia, un filósofo tiene que ser optimista, pues toda investigación sincera lleva a un hallazgo. Mas tiene que ser una búsqueda veraz, efectiva, real; no solo una postura indagadora, sino un verdadero deseo de encontrar; una auténtica necesidad y anhelo del alma que quiere saber, y lo hace aprovechando aquello que ya conoce.

¿Qué es optimismo?

Si decimos que un filósofo ha de tener un sano optimismo, sería bueno comenzar por definirlo, y precisar también la contraparte de ese optimismo, que llamamos pesimismo.

Nos dicen que ser optimista es creer no solo en las cosas "buenas", sino en las "mejores". No satisface lo que es correcto, se quiere algo más todavía: lo mejor, lo perfecto.

El optimista por excelencia es aquel que considera que este mundo en el cual vivimos es intachable –puesto que deriva de un Dios perfecto que lo ha creado– y que nosotros, los hombres que vivimos en él, somos insuperables y únicos también.

Esta postura de creer que este mundo es el mejor –o, por lo menos, el más necesario para nuestra evolución– ha sido sostenida por muchos filósofos a lo largo de la historia.

Podemos citar a ese gran filósofo que fue Platón. También los filósofos de la escuela alejandrina –entre los cuales señalamos a Plotino– son optimistas, solo que para llegar al optimismo y a la raíz de la vida, han aniquilado una serie de adherencias de la propia personalidad, que no les permitían ver ese principio de confianza y seguridad.

San Anselmo y santo Tomás fueron también optimistas.

¿Qué es para ellos ser optimista? ¿Es acaso soñar con una perfección absoluta? ¿Es dedicarse a imaginar quimeras?

Para los pensadores de las escuelas filosóficas que hemos citado, ser optimista significa conocer el sentido de la vida; saber que vivir es crecer, evolucionar, seguir los ciclos que se dirigen hacia un fin; que la vida no es casual; que no corre por una senda cualquiera; y que, al final del camino, lo que nosotros concebimos como "bien" habrá de triunfar sobre el mal.

Mas como no todos los filósofos imaginaron la vida con ese criterio de evolución, surgió una reacción totalmente lógica: la del pesimismo.

A los pensadores pesimistas no les importa lo que va a pasar mañana, no interesa que mañana el bien venza sobre el mal. Lo significativo es el hoy; como hoy hay sufrimiento, dolor, equivocaciones, no se puede ser optimista. Tanto es así que Voltaire llegó a decir que el optimismo es la fe de los imbéciles.

La filosofía y los contrarios

He aquí que nos hemos encontrado con dos opuestos que parecen irreconciliables. Ya no son filosofía y optimismo; ahora son optimismo, por un lado, y pesimismo por el otro.

Vamos a intentar plantear un optimismo filosófico que, sin querer ser una posición de centro, tiene la posibilidad de conjugar aquellos dos opuestos irreconciliables.

Con la naturalidad de un filósofo –de un niño, como diría Aristóteles–, nos preguntamos: este mundo en el cual vivimos y del cual formamos parte, ¿es perfecto? si somos sinceros, tenemos que decir que no.

Este mundo no es perfecto; tampoco está del todo mal, pero no es lo mejor.

Podríamos plantearnos la pregunta de otra forma: ¿este mundo puede ser mejorado? No siendo lo más correcto, ¿puede, sin embargo, llegar a la perfección?

A ello decimos: nuestro mundo puede ser mejorado. Pero esta posibilidad incluye también la acción; es decir, hablamos a la vez de un optimismo filosófico y práctico.

Esta es la postura del optimismo filosófico al que nos referimos: si las cosas no son perfectas, al menos es factible arreglarlas; y eso no depende de un hado invisible, de algo que puede bajar desde lo alto, sino que depende de nosotros, está condicionado a nuestro esfuerzo, a nuestro pensamiento, a nuestras manos, a nuestro criterio, a nuestra capacidad de amar –como filósofos– la sabiduría; y además, no solo contentarnos con amarla, sino tratar de ser cada vez más sabios.

Cuando Pitágoras dijo que él no era un sabio, un sophos, sino apenas un filosophos, lanzó una teoría de optimismo filosófico. Mas no la expresó sólo de palabra, sino que la vivió.

Él se denominaba a sí mismo "filosophos" –amante, buscador de la sabiduría– y dedicó toda su vida a encontrar el verdadero conocimiento y a plasmarlo. Así demostró, no un optimismo ilusorio, sino real.

En numerosos tratados se nos ha dicho que el enfoque optimista o pesimista de la vida no se refiere a ese optimismo filosófico que nos hace mejorarnos; es una cuestión fundamentalmente psicológica, una cuestión subjetivamente emocional.

Efectivamente, si una persona es apagada, triste, débil, lo más probable es que sea también pesimista, porque su misma estructura psicológica le lleva a temer la vida y todas sus consecuencias. O bien, al que posee el carácter contrario, le agrada arremeter contra las dificultades, congeniar con la gente, resolver todos los problemas, demarcando tendencias optimistas.

No obstante, creemos que este postulado no es tan simple, que el pesimismo o el optimismo no son tan solo cuestiones psicológicas, que dependen nada más del humor, del carácter. Creemos que hay factores mentales y espirituales que también inciden profundamente en una concepción optimista o pesimista.

Pesimismo

El materialismo es una causa de pesimismo. La inclinación a concebir la existencia como algo puramente material es una de las tendencias que provocan pesimismo. La razón es lógica: si el mundo es solamente materia, lo que vemos, lo que tenemos al alcance de la mano es muy poca cosa y, por lo tanto, casi nada podemos esperar de ello. La imagen diaria del mundo de dolor, desesperación, hambre, muerte, corrupción, desastres, guerras, accidentes, no nos lleva a nada bueno.

El que centra su imagen en un punto de materia llega fácilmente al pesimismo, porque para ser feliz necesita tener cosas concretas que, precisamente por ser bienes materiales, son también perecederas.

Parece ser que lo importante es tener, pero cuando ya se ha obtenido algo hay un temor tan grande a perderlo, una desesperación tan íntima por que aquello que hemos logrado atrapar por un instante se nos vaya de las manos, que ni siquiera podemos gozar de estos bienes materiales, puesto que nos preguntamos continuamente cuánto durarán.

Además, más allá de un bien material, cuando amamos a una persona –pero la queremos con ese mismo criterio materialista– nos preguntamos diariamente cuánto durará, cuánto nos quiere, si será para toda la vida.

Así, vemos cómo una concepción mental –que está ganando los últimos años de nuestra historia– puede convertir la vida en pesimista.

Veamos otros factores que aparentan ser espirituales y que llevan también el pesimismo.

Hay una tendencia de carácter pseudofilosófico-esotérico, que toma del Lejano Oriente –lejano por distancia temporal y física– una serie de ideas filosóficas sin conocerlas exactamente.

Es muy corriente ver en publicaciones la palabra "karma".

Recordemos rápidamente que karma es una ley sobre la cual los filósofos orientales habían fundado el desarrollo de la vida, ley a la que llamaban "causa y efecto", pues todo lo que sucede en el universo está íntimamente relacionado, todos los hechos son eslabones de una cadena. Así, todas las acciones dependen las unas de las otras.

Este concepto, mal interpretado, puede llevar al pesimismo, ya que todo lo que nos sucede es "karma". ¿Para qué vamos a remediar nada?, ¿qué objeto tiene luchar?, ¿para qué nos vamos a levantar nosotros mismos, si todo es "karma"?

Como vemos, por deformación de ideas filosóficas o ideas espirituales profundas, se llega también a un pesimismo que se convierte en quietismo, en inercia, en dejarse estar, en morir en vida.

Optimismo filosófico

Vamos a volcarnos, una vez más, en nuestro optimismo filosófico, aclarando que estamos convencidos de que nadie puede ser totalmente optimista en su vida, puesto que todos hemos sufrido alguna vez, hemos sentido dolor en muchas ocasiones; y tampoco nadie puede ser totalmente pesimista, porque todos seguimos luchando, a pesar de los sinsabores.

Comencemos por abajo, por lo material. La materia, si bien se mira, nos puede llevar muy bien a un concepto optimista de la vida. Basta con no verla fríamente, sino observar la perfección, el cuidado con que está elaborado todo el universo, aunque sea poco lo que de él conocemos. Estas leyes que gobiernan la materia, la dirigen y la organizan; por lo tanto, la sobrepasan. La materia refleja belleza. Aunque la materia sea opaca, pesada y corruptible, debería servirnos para alegrar el corazón, por el solo hecho de que algo superior impacta en ella, la purifica, la eleva, puesto que la belleza ha podido posar sus pies en ella por un momento.

Pasemos al plano psicológico. Todos sentimos dolor, mas aquellos filósofos orientales que –como acabamos de ver– han producido casi sin querer pesimismo y materialismo, nos enseñaron algo muy importante: que el dolor es vehículo de conciencia. Sin dolor no percibimos las realidades y nada nos toca.

El dolor no es malo ni motivo para ser pesimista. Tomémosle –al decir de los estoicos– como "escuela de vida". Hagamos de él una fórmula de aprendizaje, y cada vez que sufrimos, salgamos lavados y limpios de este padecimiento, sabiendo que somos capaces de obtener una experiencia del mismo, y que –una vez que todo ha pasado– somos un poco mejores que antes de haberlo soportado.

Solemos pensar que sufrimos; nos duele la vida porque no siempre logramos todas las cosas que creemos que son indispensables.

Caben dos posibilidades: si algo es vital, justo, honroso, noble para nosotros y estamos convencidos de que lo necesitamos, busquémoslo, trabajemos por ello. Mas si aquello que ansiamos es nada más fruto de una pasión pasajera; si creemos que lo anhelamos, pero en realidad esa apetencia no viene de lo hondo, es mejor abandonarlo. No habiendo necesidad no hay dolor; no habiendo falsa ambición que satisfacer, tampoco hay sufrimiento.

No es tan fácil saber cuándo lo que perseguimos es profundo, es auténtico o no.

Preguntémonos cuánto dura esa necesidad, cuánto hace que llevamos ese anhelo íntimamente grabado dentro, si forma parte de nuestro ser, si se levanta y se acuesta con nosotros, si es acaso como esa pasión por la sabiduría que mencionábamos al hablar de filosofía.

Si esa necesidad persiste, si se mantiene, es del alma. Si esta necesidad es un capricho pasajero, bastaría con no pensar para que, por un instante, el deseo desaparezca.

Así pues, el dolor ligado a nuestras ambiciones nos enseña y nos educa, nos pule y va limando aquellas necesidades externas que no son producto de nuestro ser íntimo.

Pasemos a un plano más: el optimismo es un aspecto mental y racional.

El optimismo, así considerado, se transforma en una creencia certera y firme, en el sentido que tiene toda la existencia en conjunto. Si intentamos desvelar –quitar velos– las leyes de la Naturaleza, los principios del hombre, si intentamos comprender verdaderamente todo aquello que sucede a nuestro alrededor, llegaremos, sin duda, a la conclusión de que todo esto tiene sentido y ese sentido nos da seguridad, firmeza.

Decían los antiguos que "saber es poder". "Poder" es el ejercicio de nuestra voluntad. Nadie que tenga una voluntad firmemente desarrollada, que la haya puesto en juego y fomentado para realizar la más pequeña de las cosas, puede sentirse pesimista.

El entusiasmo

En lo espiritual, ser pesimista es imposible.

Deberíamos dejar de lado, de una vez por todas, esas ideas que enfrentan en nosotros el bien y el mal. Evitemos dar cabida al bien y al mal, a Dios y al diablo. Los valores antagónicos luchan en nosotros y nos hacen ponernos en medio como espectadores, lo cual nos lleva a la duda y a sufrir un estado de incertidumbre permanente.

No hay Dios y diablo; hay Dios. No hay bien y mal; hay bien. Lo que sucede es que el bien tiene la posibilidad de expresarse de tantas maneras que, a veces, no lo entendemos, y es nuestra ignorancia lo que nos hace llamarlo mal.

Supongamos un foco de luz, el cual denominamos Bien, que, como fuente suprema, se vierte a todo el universo. Si logramos estar cerca del punto de donde emanan los rayos, si ponemos una mano lo más cerca posible de él, recogeremos una cantidad grande de energía calorífica y lumínica; pero si situamos nuestro cuerpo mucho más lejos del haz de luz, la misma superficie de la mano obtendrá menos energía, puesto que se ha difundido y abierto en abanico al volcarse sobre el mundo.

El mal no está en el mundo, está en nuestra ignorancia. Mal es, simplemente, no saber, no ver, no darse cuenta; mal es sufrir, porque necesitamos aprender; mal es dolor, porque estamos incapacitados para captar que hemos puesto mal el pie al intentar caminar.

Con estos elementos de optimismo filosófico, creo que nos acercamos al viejo concepto que alguna vez los griegos llamaron "entusiasmo".

Entusiasmo: "en theos"; "theos en", "Dios en", "Dios adentro", "Dios en el hombre". Sentir la divinidad incrustada en nosotros; felicidad de sabernos algo más que esta cáscara de materia que nos envuelve; orgullo de comprendernos más allá del tiempo que nos limita.

Entusiasmo no es el optimismo vano: una alegría superficial que resbala por encima de las cosas. El entusiasmo es profundo, es interno, está en el fondo, en el alma. Es eso que lleva a los hombres a cantar, a orar, a admirar la Naturaleza, a buscar a Dios en medio de los árboles, en el vuelo de los pájaros, en el desplazamiento de las nubes. Todo esto es entusiasmo: mucho, mucho más que optimismo.

Se nos ha dicho múltiples veces que los optimistas somos ridículos. Y no solo lo expresó Voltaire, sino muchos otros en el pasado siglo XX. Se nos ha dicho que el optimismo es una filosofía para el futuro, pero inadmisible para el momento presente; solo útil para más adelante, puesto que sueña cosas mejores en el porvenir.

Creemos que lo anterior no es correcto. El optimismo cabe en todas las dimensiones del tiempo, pues cuando se convierte en entusiasmo, no hay ni una sola partícula de espacio ni tiempo donde no esté comprendido. El optimismo cabe en el pasado.

El pasado demuestra que la Historia es cíclica. Por muchas veces, por olvido o por dejadez, reproducimos las mismas situaciones, reincidimos en aciertos y errores, pero –de repetición en repetición– crecemos un poco más.

El pasado nos enseña que hubo momentos en que la Verdad, la Belleza, la Justicia, la Unidad, se reflejaron claramente en la materia; y que hubo otras etapas en que todos estos principios (Unidad, Justicia, Bien, Belleza) se alejaron del mundo concreto porque no había canales que los expresaran.

El optimismo está en el presente, porque en el entusiasmo no expresamos ni ayer ni mañana, sino hoy, aquí, más allá de los problemas, entusiasmo a pesar de las dificultades y –yo diría más– gracias a ellas.

De nada valdría ser entusiasta, optimista y decidido si jamás hemos tropezado en el camino. Mas cuando diariamente hay piedras entre nosotros, cuando cada vez que extendemos la mano tocamos una dificultad, y a pesar de esta y gracias a esto seguimos siendo entusiastas, es que la raíz del universo ha despertado en el hombre.

Optimismo en el futuro, pero no como un sueño o una ilusión para escapar. Tampoco nos interesa sumirnos en un sueño acerca de un futuro mejor, nada más que para no ver lo que está sucediendo en el presente.

El entusiasmo, el optimismo en el futuro, es algo completamente distinto. Es una seguridad que existe aquí, que se da ahora; es una vivencia real, un sentido activo, clarísimo, profundo, que baña totalmente el ser. Es un vivir en el futuro ahora mismo.

El entusiasmo es, en verdad, una llama de fuego que vibra en el corazón del hombre, y que le permitió construir la Historia antes, ahora y mañana.

Delia Steinberg Guzmán
Directora Internacional de Nueva Acrópolis

lunes, junio 21, 2010

La simbólica hermético-alquímica


Dos de las preocupaciones mayores que han obsesionado al hombre desde que el mundo es mundo, son la de la inteligencia y la de la riqueza. Dicho de otro modo, por una suerte de derivación del instinto de autoconservación, ha deseado entender cuál era su papel en esta vida y ha querido poseer, controlar, dominar su entorno. Al menos este es el punto de vista, el ángulo bajo el cual se ha querido explicar casi siempre la génesis de la Alquimia.

Sin embargo, existe otro punto de vista, menos exterior, menos científico, pero acaso más poético; y como la Alquimia es, al menos para nosotros, el Gran Arte de los Poetas, recurriremos a este punto de vista a la hora de efectuar el análisis de algunos de los símbolos que nos proponemos abordar. Se trata ni más ni menos que del mito bíblico de la Caída que, sin embargo, no podemos disociar de su contrapartida gloriosa: la Redención. Dicho con otro lenguaje, es la destrucción del Templo y su reconstrucción. A propósito de ello podemos leer (Mt. XXVI-61): “Puedo destruir este Templo y reconstruirlo en tres días”. Tres días que aluden sin duda a los tres grandes pasos de la obra, simbolizados por los tres colores negro, blanco y rojo. Más adelante volveremos a tocar el simbolismo del tres, tan importante en la ciencia hermética.

La inteligencia de la relación, misteriosa y secreta, entre las cosas del Cielo y las de la Tierra, entre las estaciones, las estrellas, la luna y los planetas y los múltiples aspectos de su propia vida, por una parte, y el deseo de obtener poder -leamos ‘oro’- rápida y fácilmente, por otra, pueden ciertamente hallarse en la base de lo que se ha llamado `alquimia’, y sin duda así fue y es con muchos presuntos alquimistas.

Decimos ‘presuntos’ exprofeso porque tras el estudio de los textos, cuando se ha podido profundizar un mínimo en el tema, cuando se ha llegado a una cierta familiaridad con sus teorías y símbolos, cuando “suavemente y con gran industria” has ido impregnándote de su lenguaje y de su esencia, acaba por resultar evidente que la Alquimia no tiene nada o casi nada que ver con todo eso.

“El oro es la inmortalidad” afirma un famoso aforismo de los Brâhmana[1] y tanto para los hindúes como para nuestros alquimistas medievales, el oro es algo así como la `luz mineral’ o la ‘luz coagulada’.

Si recordamos que para los antiguos egipcios la carne de los inmortales, de los dioses e incluso del faraón era de oro, acaso nos planteemos la, al menos, posibilidad de que quizás el oro que buscaban los alquimistas no era al fin de cuentas el metal que conocemos por este nombre.[2]

Existe, tanto para el mago como para el alquimista una relación evidente entre la luz y el oro, entre el astro-rey y el preciado metal. Están en la misma ’signatura’[3]. Para designar la luz solar, Píndaro hablaba del ‘poder dorado del sol’[4] y muchos de los poetas de la antigüedad expresan lo mismo con imágenes parecidas.

Los egipcios, en quienes según los mismos alquimistas hay que ver a los precursores de la ciencia hermética, opinaban que hay en los rayos solares un fluido vivifico, dador de la inmortalidad. Serán sin embargo los alquimistas medievales quienes declararán más abiertamente que dicho fluido debe ser captado y su estado volátil fijado o ‘coagulado’ para poder ser aprovechado. Como podremos apreciar a continuación, todos o casi todos los símbolos fundamentales de la Ciencia Hermética aludirán a esta misteriosa fijación.

Y volviendo al tema del oro, señalemos que para los alquimistas había oro y oro. No sin razón Juan Bautista Beckeri, que no hay que confundir con Daniel Beckeri, autor de una farmacopea espagírica, escribía en su Physica Subterranea (1669):

“Los falsos alquimistas sólo buscan hacer oro; los verdaderos filósofos sólo desean la ciencia; los primeros sólo hacen tinturas, sofisticaciones, ineptitudes y los otros inquieren sobre el principio de las cosas”.

En su Novum Lumen Chymicum,[5] el Cosmopolita señalaba que la inmortalidad del hombre ha sido la causa principal por la cual los Filósofos han buscado esta Piedra”.

Partiendo, pues, de la hipótesis de que exista o haya existido la Piedra Filosofal, su principal aplicación era la de obtener el Elixir capaz de proporcionar a quien lo ingiere en las condiciones adecuadas la inmortalidad. Y esta inmortalidad dorada es la misma de la que nos hablaban los Brâhmana o los antiguos egipcios.

Y antes de entrar en el tema, recordemos que esa inmortalidad no debe ser vista como una prolongación indefinida de nuestro estado caído, con sus achaques, enfermedades y debilidades. La inmortalidad propugnada por los alquimistas es la restitución del estado divino del hombre, aquél que poseía antes de la Caída, su resurrección en el dorado mundo de luz, el Olam Habá de la cábala, que nuestros sabios autores del Siglo de Oro tradujeron por `mundo porvenir’ o ‘mundo venidero’.

De él, veremos, nos habla sutilmente la simbólica hermético-alquímica por lo que constituye, en el sentido más genuino de la palabra, la tradición de Occidente.

Designamos por ’simbólica hermético-alquímica’ tanto el conjunto de símbolos derivados del Corpus Hermeticum atribuido al dios egipcio Toth que más tarde los griegos identificarían con su Hermes y los romanos con su Mercurio, como a los que nos han legado los alquimistas operativos y especulativos, de la Edad Media y del Renacimiento.

Según es tradición, Hermes Trismegisto era ‘tres veces grande’, escriba de los dioses y divinidad de la Sabiduría. Ello ha sido interpretado de muy diversas maneras. No es el momento ahora de detenemos excesivamente en este punto; señalemos únicamente la presencia del número tres, una verdadera constante en todo el simbolismo alquímico. Símbolo de la unión del Cielo y de la Tierra, de la trascendencia de la dualidad representada por el dos o por la oposición uno y dos,[6] el tres se reencuentra en los tres colores básicos de la obra: el negro, el blanco y el rojo.

Si el rojo es, en cierto modo símbolo de lo dorado o de la luz, corresponde a la Encarnación gloriosa o al Cuerpo de resurrección; el blanco alude a la Albedo, purificación necesaria de la materia de la Gran Obra, simbolizada ésta por el negro. Por otra parte, y por ello decíamos que la simbólica hermético-alquímica podía constituir, en el sentido mas genuino de la palabra, la tradición de Occidente, el negro simboliza precisamente a ese Occidente del que ha de nacer el nuevo Oriente. Las tinieblas de las que nacerá la luz.

Mercurio es el escriba de los dioses y el mensajero entre el Cielo y la Tierra, lo cual le otorga su carácter trascendente. Divinidad de la Sabiduría lo es porque se ocupa de escribirla, y, sobre todo, porque la Sabiduría no es sino la unión del Cielo y de la Tierra.

Al ir penetrando las creencias egipcias en el marco de la cultura griega, a través de varios autores entre los cuales cabe destacar a Plutarco de Queronea (su tratado Sobre Isis y Osiris ejerció una gran influencia sobre los alquimistas medievales), se atribuyó a Hermes-Toth toda una literatura escrita en griego, más o menos inspirada en las enseñanzas astrológico-mágicas egipcias.

Otras enseñanzas ocultas, particularmente las referidas a las virtudes secretas de las piedras y de las plantas o las relativas a la regeneración del hombre se hallan también en este Corpus Hermeticum. Su difusión en la antigüedad, la Edad Media y el Renacimiento fue enorme y no dudamos en afirmar que a partir del Corpus Hermeticum y de la famosa Tabula Smaragdina o Tabla de Esmeralda, se desarrolló casi toda la simbología hermética y alquímica cuyos elementos principales nos proponemos exponer.

Algunos autores modernos[7] señalan que, al hablar de tradición hermética no se trata “sólo de las doctrinas incluidas en los textos alejandrinos del Corpus Hermeticum”. Y, ciertamente, en la formación de este simbolismo han contribuido otros elementos, en mayor o menor medida, procedentes del cristianismo, las sectas cristianas primitivas, la cábala hebraica y no pocos autores islámicos. Tendremos también, de pasada, que referimos a ellos.

Resulta cuando menos curioso que toda esta literatura, sumamente extensa, acabara cristalizando en lo que se ha llamado la tradición alquímica. Esto le otorga, querámoslo o no, una importancia que, al menos para nosotros, occidentales, la hace digna de que profundicemos en ella, intentando liberarnos de los prejuicios típicos que señalamos al principio de este trabajo.

No pocos han sido, ciertamente, los historiadores que han querido ver en la Alquimia una suerte de química en estado infantil y subdesarrollado, y en su simbolismo un lenguaje críptico o secreto, reservado a Iniciados’, deliberadamente oscuro u oscurecido por temor al profano, siempre ansioso de ‘robar sus secretos’.

Los trabajos de Evola, Faivre, Tristan, Van Lennep o Jung, por citar sólo a unos pocos autores modernos y conocidos, bastarían para disipar este error o, al menos para poner un poco las cosas en su lugar, si no lo hubieran hecho ya los mismos alquimistas.

Aunque la mayor parte de ellos hayan recurrido a un lenguaje manifiestamente químico, son ellos mismos quienes nos avisan de que nunca debemos tomar sus palabras “al pie de la letra”:

“Es sabido, escribe uno de ellos, que nuestro arte es un arte cabalístico, es decir que sólo puede ser revelado oralmente y que rebosa misterios… el que trate de explicar lo que han escrito los filósofos mediante el sentido ordinario y literal de las palabras, se encontrará encerrado en los meandros de un laberinto del que nunca podrá salir”[8].

Otro excelente autor ya citado, el Cosmopolita[9] escribía que:


"Los buenos autores, al principio de sus libros, ocultan esta ciencia”.

Hay pues, debemos admitirlo, un intento deliberado de evitar que el no-iniciado, el profano, penetre en el palacio Cerrado del Rey, pero sin duda esta ocultación se debe a razones distintas de las que se le achacan. Se basa más en el respeto que en la envidia, más en el amor del símbolo, del misterio, del objeto de la búsqueda del alquimista, que en las ganas infantiles de ocultar sus hallazgos. Si los alquimistas no hubieran querido que nadie accediera a sus conocimientos no se hubieran escrito los casi cien mil libros que tratan de este Arte.

Por otra parte, si en muchas ocasiones los textos nos parecen oscuros y complicados es porque a menudo no tenemos el bagaje intelectual y simbólico necesario para acercamos a ellos porque carecemos también de la luz interior imprescindible para iluminarlos y porque nos falta la simplicidad de espíritu que permite que su luz penetre en nosotros.

Una exposición racional de los símbolos, el estudio por métodos ‘universitarios’, puede resultar asaz estéril si éstos no logran que nos involucremos. Los símbolos utilizados por los antiguos alquimistas son algo así como variaciones sobre un mismo tema. Pertenecen a lo que Guénon llamaba “símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada”, una ciencia distinta de la que se imparte en nuestras aulas.

El Caduceo, por ejemplo, que es el atributo hermético por excelencia, la vara de Hermes entrelazada con dos serpientes, nos evoca al mismo tiempo un simbolismo tan arquetípico como es el de la vara (recordemos la vara de Moisés -Ex. XVII, 5 y 6-, el bordón del peregrino de Santiago, o si queremos, los bastos de la baraja española), Y el del número tres (las dos serpientes y la vara), que como vimos se aplicaba a Hermes-Mercurio, el tres veces grande, y vuelve a aludir a la Gran Obra.

Una de las múltiples explicaciones que se han dado del símbolo del Caduceo es la que afirma que Mercurio hizo que se enroscaran en él dos serpientes que luchaban entre ellas. Se trata de nuevo de los dos principios, del Cielo y de la Tierra, de lo fijo y de lo volátil, y la vara no hace sino disolver lo fijo y fijar lo volátil uniéndolos.

Caduceus, de kerykeion, procede del verbo kerykeio, publicar, anunciar. Por otra parte, en astrología, Mercurio es el regente del signo de Géminis, el tercer signo zodiacal compuesto por dos hermanos gemelos (vemos de nuevo aquí al dos y al tres), signo al que pertenecen la palabra hablada y escrita, las publicaciones, etc…

Para los alquimistas el papel anunciador del Caduceo se debe a su asociación con la Estrella, otro de los símbolos mas importantes de su acervo. La Estrella resulta de la conjunción de los triángulos del Agua y del Fuego (otro modo de hablar del cielo y de la Tierra o del Arriba y del Abajo), que muchos autores relacionan con la Estrella de los Reyes Magos,[10] que les anunció y condujo hasta el nacimiento de Cristo, símbolo para ellos de la Piedra, el Lapis Philosophorum.[11]

También se ha relacionado al Caduceo con el Gallo, que nos anuncia el día, animal que los galos consagraban precisamente a Mercurio.

Si recordamos que en la antigüedad esta ave se inmolaba a Príapo y a Esculapio para obtener la curación de los enfermos, práctica que aún en nuestros días se realiza en ciertos ritos brasileños y haitianos, no nos extrañará que el caduceo sea el símbolo de médicos y farmacéuticos en varios países europeos.

Las correspondencias simbólicas entre el Caduceo y las tres columnas del árbol cabalístico ya han sido señaladas por diversos autores. Las columnas de Rigor y Misericordia corresponden a las dos serpientes. Son lo que se conoce en los Midrashim como “la buena inclinación” y la “mala inclinación” o si lo preferimos, “las buenas costumbres” y “las malas costumbres” de la simbólica franc-masónica, que no es en modo alguno opuesta a la alquímica.

La Columna central, llamada “de justicia” corresponde exactamente a la vara del Caduceo, que es la de la Libertad, una vez trascendidas las ‘buenas’ y las ‘malas’ inclinaciones. Es la vara que separa y que une (solve et coagula).

Otro de los atributos de Mercurio, no menos rico en contenido, es la lira. Para Cirlot,[12] es un “símbolo de la unión armoniosa de las fuerzas cósmicas”. Por otra parte, como símbolo de los poetas, la lira nos indica que el arte hermético es un arte poético y divino, de poeio, “yo hago”.

Basándose en relatos mitológicos, el célebre antropólogo Jean Servier[13] considera la lira como “un altar simbólico que une el Cielo y la Tierra”. La música, como la Palabra es el fruto de esta unión, de esta fecundación cósmica. No olvidemos tampoco la relación entre la voz (o la palabra) y el gallo. ¿No se llama gallo a un sonido desentonado?

El aspecto celeste de la lira lo podemos ver en sus siete cuerdas, que corresponden a los siete planetas o a los siete pasos de la Gran Obra o, en el caso de la lira de Timoteo de Mileto, de doce cuerdas, a los doce signos zodiacales o a las doce operaciones de la Gran Obra. El aspecto terrestre y receptivo hemos de verlo en su forma.

El nacimiento de Mercurio tuvo lugar en una montaña porque, escribe Dom Pernety:[14] “El mercurio filosófico nace siempre en las alturas”. Después de nacer, Mercurio fue lavado con el agua recogida en tres fuentes (de nuevo el número tres) porque, afirma Pernety, “el Mercurio filosófico debe ser purgado y lavado tres veces en su propia agua” por lo que Miguel Maier escribe:[15]

“Mira a esa mujer cómo lava la ropa… Imítala, su arte no te traicionará”.

Las dos serpientes que antes hemos asociado al Cielo y a la Tierra son, para Pernety, Macho y Hembra y representan las dos sustancias mercuriales de la Obra, una fija y otra volátil, la primera de ellas cálida y seca y la segunda fría y húmeda, que los filósofos llaman serpientes, dragones, hermano y hermana, esposo y esposa, agente y paciente”. Se trata de la sustancia fija y de la volátil que, escribe Pernety “tienen cualidades aparentemente contrarias, pero la vara de oro regalada a Mercurio por Apolo pone de acuerdo a estas serpientes”.

Que Mercurio naciera en una montaña ha sido objeto de diversas interpretaciones. Para algunos alquimistas la montaña es un símbolo del horno o del atanor. Para otros, las montañas corresponden a los metales, y finalmente, para los cabalistas, la montaña es un símbolo del propio adepto. Pero si volvemos a lo que decíamos al principio, si asociamos el caduceo de Mercurio con la estrella de los Magos, fruto de la unión del Cielo y de la Tierra, veremos que se trata de lo mismo. En la Montaña tienen lugar las teofanías porque es el lugar donde el Cielo se une a la Tierra. Por otra parte, podemos ver en el simbolismo de la montaña y la cueva (otro modo de decir ‘El pesebre’) a los dos triángulos unidos situándose el de Agua o la cueva (que corresponde también al corazón) en el centro de la montaña.

Ahondando en el apasionante simbolismo hermético de la Estrella de los Magos, llamada también Sello de Salomón o Estrella de David, veremos que si desde fuera nos presenta sus seis puntas (símbolo del hombre exterior, creado el sexto día según la tradición cabalística y cuyas puntas deben ser ‘limadas’ o ‘pulidas’[16]), en su interior se encuentra el hexágono, símbolo de la abeja, en hebreo Dbrah, que, según la cábala alude a Dabar (la Palabra). Es la Palabra Abandonada o Perdida, el Verbum Dimissum, aquel Verbo del cual el Evangelio de San Juan (I-14) afirma que se hizo carne y habita entre los hombres.

Por otra parte, los dos triángulos, que corresponden como hemos visto a lo fijo y a lo volátil, al azufre y al mercurio filosóficos, al unirse, realizan la unión integral de los cuatro elementos.


El símbolo principal del Arte hermético lo constituye, como hemos ido viendo, esta unión en la que tras la disolución de lo fijo tiene lugar la fijación de lo volátil. Son las Bodas Químicas,[17] el matrimonio del Rey y de la Reina. Trasponiendo este simbolismo a otro plano, es nuestra unión iniciática con el ángel, con nuestra contraparte celeste que ha de disolver nuestra mugre y coagular y exaltar cuanto de divino hay en nosotros; es el Despertar de la Palabra Perdida, o enmudecida o, dicho de otro modo, de la Bella Durmiente del Bosque, del mismo Bosque del cual nos habla Dante al principio de su Divina Comedia que constituye el principio de la Obra de la Regeneración.

Julio Peradejordi


NOTAS
[1] Ver Dictionnaire des Symboles de Jean Chevalier, Tomo III, pág. 323 Ed. Seghers, París, 1973. Edición castellana en Ed. Herder, Barcelona 1986.

[2] Ibid tomo III, pág. 322. Y también Mayassis, Le Livre des Morts de l’Egypte Ancienne est un Livre d’Initiation, Ed. BAOA, Atenas 1955.

[3] Ver a este respecto nuestra presentación del Tratado de las Signaturas de Oswaldus Crollius, Ed. Obelisco, Barcelona 1982.

[4] Pitias IV – 257.

[5] Utilizamos la excelente y reciente edición de ed. Retz.

[6] Ver Tao Te King cap. 42.

[7] Notablemente Evola en su libro La Tradición Hermética, Ed. Martínez Roca, Barcelona 1975.

[8] Livre Secret du trés ancien Philosophe Artephius traitant de l’Art Occulte et de la Pierre Philosophale, Bibliothéque des Philosophes Chymiques, París, 1741. Utilizamos la reedición de este tratadillo de Ed. l’Echelle, París 1977.

[9] Ver nota 5.

[10] Notablemente Limojon de Saint-Didier en Le Triomphe Hermétiene.

[11] Para muchos alquimistas cristianos, uno de cuyos exponentes más interesantes es Dom Belin, autor de Les aventures du Philosophe inconnu, Apologie du Grand Oeuvre y Traité des Talismans (publicado en Ed. Obelisco), Cristo es ni más ni menos que un símbolo de la Piedra Filosofal.

[12] Ver su Diccionario de los Símbolos, varias ediciones, artículo “lira”.

[13] L’homme et l’invisible, pág. 151. Existe traducción castellana de este libro excelente en Ed. Monteávila, Caracas 1970.

[14] Des Fables grecques et Egyptiennes dévoilées et réduites à un même principe. Tomo II, pág. 165. París 1786.

[15] Atalanta Fugiens, Emblema III. Utilizamos la excelente edición de Etienne Perrot, París 1970.

[16] Este es, a fin de cuentas el sentido etimológico y auténtico de la erudición, de erudere, pulir.

[17] Ver a este respecto la excelente novela rosacruciana. Las Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz, varias ediciones.

viernes, junio 18, 2010

La humanidad segun Buda


José Saramago (1922-2010)


El escritor portugués José Saramago ha fallecido en la isla de Lanzarote a la edad de 87 años a causa de una leucemia crónica, su fallecimiento se produjo pasadas las 13.00 horas (hora peninsular), cuando el escritor se encontraba en su residencia canaria, acompañado por su mujer y traductora, Pilar del Río. Ahora, le esperan unas exequias que se celebrarán en Lisboa, adonde será trasladado en una fecha aún no determinada por un avión que el Gobierno portugués enviará expresamente a Lanzarote.


La muerte de José Saramago nos invita a recordar algunas de sus mejores frases.

"Sólo si nos detenemos a pensar en las pequeñas cosas llegaremos a comprender las grandes".

"El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir"

"Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir"

"Si las conociéramos, las cosas del cielo tendrían otros nombres"

"La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva"

"Sí, soy pesimista, pero yo no tengo la culpa de que la realidad sea la que es"

"Me gustaría escribir un libro feliz; yo tengo todos los elementos para ser un hombre feliz; pero sencillamente no puedo. Sin embargo hay una cosa que sí me hace feliz, y es decir lo que pienso"

"En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en Dios, no lo necesito y además soy buena persona"

"El caos es un orden sin descifrar"

"No encontró respuesta, las respuestas no llegan siempre cuando uno las necesita, muchas veces ocurre que quedarse esperando es la única respuesta posible"

"He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro"

"El éxito a toda costa nos hace peor que animales"

"Antes nos gustaba decir que la derecha era estúpida, pero hoy día no conozco nada más estúpido que la izquierda"

"El bien y el mal no existen en si mismos, y cada uno de ellos es sólo la ausencia del otro"

"Es mentira que el Nobel sirva para fomentar la literatura del país al que pertenece el galardonado. Para lo único que vale es para engrosar la cuenta corriente del autor"

"La vejez empieza cuando se pierde la curiosidad"

"Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran"

"Cuanto más te disfraces más te parecerás a ti mismo"

"La mejor manera de defender los secretos propios es respetando los ajenos"

"El tiempo no es una cuerda que se pueda medir nudo a nudo, el tiempo es una superficie oblicua y ondulante que sólo la memoria es capaz de hacer que se mueva y
aproxime

José Saramago

miércoles, junio 16, 2010

El credo de un humanista


El humanismo como utopía real

1.- Creo que la unidad del hombre, a diferencia de otros seres vivientes, se debe a que el hombre es la vida consciente de sí misma. El hombre es consciente de sí mismo, de su futuro, que es la muerte ; de su pequeñez, de su impotencia. Es consciente del otro en cuanto otro. El hombre está en la naturaleza, y sometido a sus leyes, aunque la trascienda con el pensamiento.

2.- Creo que el hombre es consecuencia de la evolución natural : que ha nacido del conflicto de estar preso y separado de la naturaleza y de la necesidad de hallar unidad y armonía con ella.

3.-Creo que la naturaleza del hombre es una incoherencia, debida a las condiciones de la existencia humana, que exige buscarle soluciones, las cuales a su vez crean nuevas incoherencias y la necesidad de nuevas soluciones.

4.- Creo que toda solución a estas incoherencias puede cumplir realmente la condición de ayudar al hombre a superar el sentimiento de separación y a lograr un sentimiento de concordancia, comunidad y participación.

5.- Creo que, en toda solución a estas incoherencias, el hombre sólo tiene la posibilidad de escoger entre avanzar o retroceder. Estas opciones, que se manifiestan en actos precisos, son medios para rebajar o para desarrollar la humanidad que tenemos dentro.

6.-Creo que la alternativa fundamental para el hombre es la elección entre "vida" y "muerte", entre creatividad y violencia destructiva, entre la realidad y el engaño, entre la objetividad y la intolerancia, entre fraternidad con independencia y dominio con sometimiento.

7.- Creo que podemos atribuir a la "vida" el significado de continuo nacimiento y constante desarrollo.

8.-Creo que podemos atribuir a la "muerte" el significado de suspensión del desarrollo y continua repetición.

9.- Creo que, con la solución regresiva, el hombre trata de encontrar la unidad librándose del insoportable miedo a la soledad y a la incertidumbre, desfigurando lo que lo hace humano y lo atormenta. La orientación regresiva se desarrolla en tres manifestaciones, juntas o separadas : La necrofilia, el narcisismo y la simbiosis incestuosa.

Por necrofilia entiendo el gusto por todo lo que es violencia y destrucción : el deseo de matar, la adoración de la fuerza, la atracción por la muerte, el suicidio y el sadismo y el deseo de transformar lo orgánico en inorgánico sometiéndolo al "orden". El necrófilo, por carecer de las cualidades necesarias para crear, en su impotencia encuentra más fácil destruir, porque para él sólo una cualidad tienen valor : la fuerza.

Por narcisismo entiendo la falta de un interés autentico por el mundo exterior y un intenso apego a uno mismo, al grupo, clan, religión, nación, raza, etc., con graves distorsiones del juicio racional. En general, la necesidad de satisfacción narcisista deriva de la necesidad de compensar una pobreza material y cultural.

Por simbiosis incestuosa entiendo la tendencia a seguir ligado a la madre y a sus equivalentes : la estirpe, la familia o la tribu ; a descargarse el insoportable peso de la responsabilidad, la libertad y la conciencia, para ser protegido y amado en un estado de seguridad con dependencia, que paga el individuo con el cese de su propio desarrollo humano.

10.-Creo que , escogiendo avanzar, el hombre puede encontrar una nueva unidad mediante el pleno desarrollo de todas sus energías humanas, que se muestran en tres orientaciones, juntas o separadas : la biofilia, el amor a la humanidad y a la naturaleza y la independencia y libertad.

11.- Creo que el amor es la llave principal para abrir las puertas al "crecimiento" del hombre. El amor y la unión a alguien o algo fuera de uno mismo permite trabar relaciones con otros, sentirse uno con otros, sin reducir el sentido de integridad e independencia. El amor es una orientación positiva, para la cual es esencial que se hallen presentes al mismo tiempo la solicitud, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento del objeto de unión.

12.- Creo que la experiencia del amor es el acto más humano y humanizador que es dado gozar al hombre y, como la razón, carece de sentido si se entiende de manera parcial.

13.-Creo en la necesidad de "liberación" de los lazos, externos o internos, como condición para poder tener la "libertad" de crear, obrar, querer saber, etc., para poder llegar a ser un individuo libre, activo y responsable.

14.- Creo que libertad es la capacidad de obedecer la voz de la razón y del conocimiento, en contra de las voces de las pasiones irracionales. Es la emancipación que libera al hombre y lo pone en el camino de emplear sus facultades racionales y de comprender objetivamente el mundo y el papel que en éste representa.

15.- Creo que la "lucha por la libertad" tiene, en general, el sentido excluido de lucha contra la autoridad impuesta sobre la voluntad individual. Hoy "lucha por la libertad" debe significar liberarnos, individual y colectivamente, de la "autoridad" a la que nos hemos sometido "voluntariamente" : liberarnos de las fuerzas interiores que exigen este sometimiento porque somos incapaces de soportar la libertad.

16.- Creo que la "libertad de elección" no siempre es igual para todos los hombres en todo momento. El hombre de orientación exclusivamente necrofílica, narcisista o simbiótico incestuosa, puede tomar sólo una opción regresiva. El hombre libre, liberado de lazos irracionales, no puede tomar ya una opción regresiva.

17.- Creo que el problema de la libertad de elección existe sólo para el hombre de orientaciones contrapuestas, y que esta elección siempre está estrechamente condicionada por deseos inconscientes y por justificaciones tranquilizadoras.

18.- Creo que nadie puede "salvar" a su prójimo decidiendo por él. Únicamente podrá ayudarlo señalándole alternativas posibles, con toda sinceridad y amor, sin sensiblería ni engaño alguno. La conciencia intelectiva de las alternativas liberadoras puede reavivar en un individuo sus energías ocultas y ponerlo en el camino en el que escoja la "vida", en lugar de la "muerte".

19.- Creo que la igualdad se siente cuando, al descubrirse uno mismo por completo, se reconoce igual a otros y se identifica con ellos. Todo individuo lleva la humanidad en su interior. La "condición humana" es única e igual en todos los hombres, a pesar de las inevitables diferencias de inteligencia, talento, estatura, color, etc.

20.- Creo que la igualdad entre los hombres se debe recordar especialmente para evitar que uno se convierta en instrumento de otro.

21.- Creo que la fraternidad es el amor dirigido a nuestros semejantes. No obstante, se quedará en palabra hueca mientras no se hayan eliminado todos los lazos "incestuosos" que impiden juzgar objetivamente al "hermano".

22.- Creo que el individuo no puede entablar estrecha relación con su humanidad en tanto no se disponga a trascender su sociedad y a reconocer de qué modo ésta fomenta o estorba sus potenciales humanas. Si le resultan "naturales" las prohibiciones, las restricciones y la adulteración de los valores, es señal de que no tiene un conocimiento verdadero de la naturaleza humana.

23.- Creo que la sociedad ha chocado siempre con la humanidad, aun teniendo una función a la vez estimulante e inhibitoria. La sociedad no dejará de paralizar al hombre y promover la dominación hasta que su fin se identifique con el de la humanidad.

24.- Creo que podemos y debemos esperar una sociedad cuerda que fomente la capacidad del hombre de amar a sus semejantes, de trabajar y crear, de desarrollar su razón y un sentido real de sí mismo basado en la experiencia de su energía positiva.

25.- Creo que podemos y debemos esperar la recuperación colectiva de una salud mental caracterizada por la capacidad de amar y crear, por la liberación de los lazos incestuosos con el clan y la tierra, por un sentido de identidad basado en la experiencia que tienen de sí mismo el individuo como sujeto y agente de sus facultades y por la capacidad de influir en la realidad exterior e interior a uno mismo, logrando el desarrollo de la objetividad y de la razón.

26.- Creo que, mientras parece que este mundo nuestro enloquece y se deshumaniza, cada vez más individuos sentirán la necesidad de asociarse y colaborar con quienes compartan sus preocupaciones.

27.- Creo que estos hombres de buena voluntad, no sólo deben hacerse una interpretación humana del mundo, sino que también deben señalar el camino y trabajar por su posible transformación : la interpretación sin voluntad de reforma es inútil ; la reforma sin previa interpretación es ciega.

28.- Creo posible la realización de un mundo en que el hombre "ser" mucho aunque "tenga" poco ; un mundo en que el móvil dominante de la existencia no sea el consumo ; un mundo en que el "hombre" sea el fin primero y último ; un mundo en que el hombre pueda encontrar la manera de dar un fin a su ida y la fortaleza de vivir libre y desengañado.

ERICH FROMM

domingo, junio 13, 2010

Medicina y Alquimia


La Alquimia y la Medicina, han mantenido siempre una estrecha relación de contenidos. Ambas ciencias, cada una en su terreno, se han ocupado de un modo preferencial de la Salud Humana pese a que sus criterios nunca fueron coincidentes. Esto, desde luego, demanda una explicación razonable y coherente ahora que la Espagiria, hermana menor de la Alquimia y ciencia hermética como ella, comienza a resucitar con creciente éxito en los círculos de las Medicinas alternativas de Europa.

Mientras que la Medicina debe su nombre y su existencia a los “medos” o persas, las ciencias de la salud derivadas del paradigma egipcio,el antiguo país de Kemi o de la “tierra negra”, desarrollaron el término “kémico” o su forma latinizada “chémico” para adjetivarse

Ciencias “kémicas, epíteto al que los árabes prestarían su artículo para convertirse en “al-kémico”, de donde naturalmente proviene el sustantivo “alquimia”. Ambos términos, “medicina” y “alquimia”, tuvieron pues en principio una semántica común y sin embargo sus presupuestos y pilares fueron siempre completamente distintos e incluso radicalmente opuestos. Mientras que el paradigma persa o “medico” se decantó, en absoluta coherencia con el dualismo tradicional iranio, por la curación por medio de la oposición de contrarios (el calor se quita con el frío y el frío con el calor),el paradigma egipcio o kémico, desarrolló un sistema basado en la curación por lo semejante al que se llamó también medicina simpática, ley de las signaturas y a partir del siglo xviii ,homeopatía.

Durante la Edad Media, ambas escuelas de pensamiento perviven y desarrollan sus métodos tanto en el mundo cristiano como en el musulmán, y será a partir del siglo xvi cuando en la Europa del Renacimiento se adopte definitivamente y como herencia romana al paradigma médico” como al oficialmente reconocido como científico, reduciendo a la vieja “al kimiya” a la categoría de pseudo ciencia, y lo que es peor se la incluye en el índice de las ciencias malditas.

Los aconteceres de la Historia han hecho que hoy, el término “alquimia” se aplique tan solo a una ciencia cuasi mítica y legendaria, empeñada en transmutar metales innobles en oro y prácticamente despojada de toda la dimensión que antaño tuvo como “ciencia de Salud”. Sabemos empero, que como ocurriera en los tiempos remotos del Egipto faraónico, el paradigma kémico gozó de gran predicamento y del apoyo de los poderes públicos durante la mayor parte del período andaluz. Efectivamente,uno de los momentos históricos más felices para la vieja Alquimia, fue durante los siglos dorados de la hegemonía islámica ..Lógicamente, la búsqueda del Conocimiento (maarifa) como imperativo coránico, junto con la tendencia al Unitarismo (tawhid), una de las características doctrinales del Islam, conforman dos potentes motores que fueron capaces de animar la expansión del Islam medieval y que explican en gran medida, la política de recopilación de tradiciones y manuscritos que impusieron muchos de los califas. Posiblemente, el unitarismo doctrinal que emanan las escuelas de pensamiento egipcias de la Alejandría helenística, debió enamorar a los musulmanes, de modo que ,no sólo protegieron a estas escuelas, sino que las islamizaron rápidamente conectándolas con otras corrientes de pensamiento, supervivientes también del paradigma kémico y que se mantenían vivas en algunos lugares de Oriente Medio.

Con el Renacimiento, el viejo paradigma kémico, sufre la persecución de la intolerancia ,los kémicos moriscos (hakim) que se habían formado en las escuelas y universidades de al Andalus, especialmente en Granada, continuaron ejerciendo su profesión durante algunos años más tras la conquista de la ciudad nazarita, pero su ciencia, desprovista ya de la legalidad del Estado cristiano,,quedará proscrita y desprestigiada en la mayor parte de los casos. Técnicas tan sofisticadas como la de las almácigas o atramentos, tintas medicinales confeccionadas según la ciencia espagírica y que se utilizaban para escribir sobre un papel caracteres y cifras calculados con complicadas técnicas, para ser desleídos después en agua o, suero lácteo o en vino, fueron prohibidas y perseguidas por considerar (según consta en varios procesos inquisitoriales)que con los dichos caracteres se invocaba a Mahoma y a los demonios. Esta técnica sofisticadísima de la almácigas, terminó ya desvirtuada y desprovista de su original rigor científico (téngase en cuenta que unía en un mismo proceso la precisión de las diluciones decimales, las microdosis y el concepto de onda de forma tal y como hoy lo concibe la Homeopatía y la Radiónica) formando parte del arsenal de brujos y curanderos rurales que incluso en nuestros días escriben en un trocito de papel oraciones cristianas para que los pacientes las ingieran desleídas en vino o en agua. Algo parecido ocurrió con los “sahumerios” aplicados tras el “hammam” o baño de vapor que fueron considerados como sospechosos de ser rituales de brujería y de invocación a los diablos, cuando en realidad se trataba de una magnífica vía de aplicación de las propiedades más volátiles de ciertas plantas medicinales.

La fabricación misma de los remedios según las técnicas de la fermentación y el destilado tras la captación del Espíritu Universal por medio del rocío del mes de Mayo,que era la base operativa de la Espagiria,corría serio peligro de perderse tras el terrible embate de la intolerante ignorancia. La intervención afortunada de un rey, logró empero salvar una vez más a la Tradición hermética del destierro y del olvido.Felipe II enamorado de la Alquimia y por ende de su hermana menor, la Espagiria,logró con la preciosa colaboración de Arias Montano, su bibliotecario, no solo recuperar gran cantidad de obras alquímicas y espagíricas escritas en árabe y en hebreo y procedentes de las expoliadas bibliotecas de al-Andalus, sino que también se supo rodear de alquimistas y espagíricos moriscos con los que fue convirtiendo erl misterio de la fabricación de los antiguos remedios espagíricos en la confección no menos misteriosa ,de benditos licores medicinales a cuya esmerada fabricación se aplicaban frailes.¿De que mejor manera podría ocultarse parte de la ciencia kémica de los musulmanes,sino entre bebidas alcohólicas y monjes?

La persecucción de la Espagiria en el resto de Europa,si bien fue en apariencia más discreta,no dejó sin embargo de hostigar a los espíritus más inquietos del Renacimiento. Giovani Pico de la Mirándola, Láscaris, Alexander Sheton y desde luego el gran Paracelso, sufrieron cada uno a su manera los ataques de la estulticia institucional. Pese a lo que suelen decir las biografías modernas,el verdadero iniciador de Paracelso en las ciencias kémicas, no fue el abate Tritemio,con el que ciertamente estudió en su juventud, sino Solimán Trismosin, un alquimista de origen granadino, como tantos otros desterrado en Estambul Fue precisamente allí, en la antigua Constantinopla ,donde Paracelso fue iniciado.

También Nostradamus,el misterioso vidente, estudió en secreto la ciencia kémica en libros andalusíes,libros que por cierto le rindieron el secreto de dos poderosas plantas, el “inquietante harmel” y el mágico “ajenuz”

El término “espagiria” al que nos venimos refiriendo,fue acuñado por el propio Paracelso en referencia directa a los vocablos griegos “spao” (separar) y “ageirein” (reunir) y nos lleva directamente al apotegema fundamental de del paradigma kémico y por tanto de todas las ciencias herméticas : “solve et coagula”,esto es: disuelve y cuaja,imperativos que definen a los dos estados polares de la materia: : Sulphur y Mercurius.

Podríamos definir al Mercurius como al estado de máxima disolución a que tiende el Sulphur, y a este como al estado de máxima densidad a que tiende el Mercurius.Como puede adivinarse,ambos polos extremos de la materia conforman un todo dinámico.

Una misteriosa fuerza a la que los alquimistas llaman “espiritus mundi” “universal” “baraka” “ruh” o simplemente “dynamis”, empuja irremediablemente al estado “sulphur”, llegado al máximo de coagulación posible, hacia la disolución, hacia la pérdida paulatina de toda cohesión,hacia el Caos. Esta entropía, empero, se halla compensada por un proceso contrario que anida en lo más íntimo del estado mercurial y que se comporta como el principio de coagulación.Si al extremo mercurial le llamamos Muerte,al extremo sulfúreo habremos de identificarlo con el nacimiento, de modo que cada uno de los dos extremos presenta en lo más íntimo de su naturaleza,una irresistible querencia hacia el polo contrario. Podría decirse sin herir a la verdad, que en el seno del Mercurius habita el germen del sulphur y que en el corazón del sulphur se halla el primer ente del Mercurius, ley universal que explica la dinámica de toda la Creación y que en el caso del drama humano se traduce en la certeza de que vida y muerte forman parte de un único y nec8esario proceso, de una cadencia,de una simetría dinámica impuesta por el mismo Espíritu Universal desde el principio de los tiempos.

Los estados extremos que acabamos de definir, se completan con un tercer elemento al que Basilio Valentin dio el nombre de “Sal”. El estado salino es por definición un estado intermedio, producto del choque violento entre el sulphur y el mercurius. La sal tiene a su vez la propiedad de detener temporalmente la dinámica del espíritu Universal apresándolo en una suerte de red o malla cristalizada. El fenómeno de la cristalización fue por eso, estudiado con especial atención por espagíricos y alquimistas, habida cuenta de que suponía por un a parte un instrumento natural capaz de frenar la entropía y por tanto capaz de alargar la vida física y por otra un modo de manipular informaciones energéticas altamente sutiles e incluso de atrapar en la red adecuada al mismísimo motor del Universo: el Spiritus Mundi.

Los sistemas terapéuticos desarrollados a partir de una tal cosmogénesis, como fácilmente puede comprenderse, difieren de forma radical de aquellos a los que nuestro mundo nos tiene acostumbrados. Los propios conceptos de Salud, Enfermedad, Nacimiento y Muerte, cobran en el contexto de la Espagiria una semántica bien distinta y se insertan en una escala de valores diferente. Para el espagírico lo fundamental es establecer la situación correcta del paciente en el vector sulphur-mercurius,es decir en el vector coagula-solve o más claramente expresado: en el vector nacimiento-muerte.la ciencia kémica establece varios métodos y sistemas capaces de determinar ese estado sulphur-mercurius, esa “edad biológica” que nos interesa y que determinará el “temperamento activo” del paciente. La observación de las leyes herméticas, la Astrología y otros recursos de la Espagiria, determinan ,a su vez, el patrón físico y mental hacia el que se debe tender en cada caso para obtener la curación.

Sabedor el espagirista de que el conjunto de fuerzas o modulaciones del Espíritu Universal que actúan sobre su paciente es el mismo que actúa en toda manifestación de la Naturaleza, se aplicará en seguida a utilizar esas mismas fuerzas para la confección de su remedio haciendo uso de la ley de las signaturas y de la aplicación del Algebra sagrada. Un procedimiento al que llamamos “ritmificación” ajustará la dosis y la frecuencia del remedio al diapasón biológico del paciente y al ritmo conveniente del sol y de la Luna. Este ajuste a los ritmos del Universo es de especialísima importancia en nuestra ciencia, tanto a la hora de aplicar un preparado como a la de confeccionarlo. En realidad, la ritmificación no es sino la expresión consciente de la Simetría, y por ende, la alineación consciente con el Nous u Orden frente al Caos o tendencia entrópica. Exactamente el mismo sentido tiene el ordenamiento del tiempo sagrado respecto a la posición del sol en las plegarias rituales del Islam y en algunas fiestas del antiguo calendario cristiano. En este sentido, podríamos decir que rezar es ritmificar el espíritu del hombre, ordenar el alma y la voluntad con el Nous y frente al Caos, de modo que ,visto así, el afirmar el rol espiritual y el carácter sacerdotal de la espagiria como Teurgia, cobra todo su sentido.

El desarrollo de esta forma de acercarse a la Naturaleza, de esta manera de redimir a la propia muerte integrándola en el proceso Solve et Coagula, supone la aplicación de una Ciencia con Consciencia, alejada de la prepotencia tan característica de lo que hoy dispensan Escuelas y Universidades.

Aunque pudiera parecer increíble, el hilo de la tradición de la auténtica Espagiria entendida como arte de curar, no se ha roto nunca. Su vieja filosofía unitarista que parte de un solo estado de salud frente a una sola Enfermedad, sigue vigente en la práctica de algunos, no muchos ciertamente, profesionales y vuelve a levantar la cabeza y a emerger (no sin dificultad) de los oscuros antros en los que había sido recluida. Desde hace unos años, el laboratorio Sothis se hace heredero de la tradición espagírica andalusí y saca a la luz de nuevo, remedios espagíricos elaborados tal y como se hacía en la Granada islámica. Los métodos terapéuticos, la paciente y artesanal elaboración de triacas, arcanos y magisterios, la recogida en Mayo del Rocío cargado de espíritu universal en los pies de Sierra nevada, se conjugan ahora con los instrumentos de investigación modernos siguiendo así fielmente el camino que los avatares del destino frenaran en seco hace ya cinco siglos.

La iniciativa de Sothis fue seguida dos años más tarde por el laboratorio Heliosar que de la mano de la casa alemana Phinter en un primer momento, y de forma independiente últimamente, trata de retomar la tradición de la escuela paracélsica tal y como vienen haciendo los laboratorios espagíricos de Alemania, Suiza e Italia.

La vieja Espagiria, en fin, en sus diversas escuelas, hijas todas, eso sí, del mismo paradigma, comienza a desperezarse y a tomar carta de naturaleza en nuestro país.

Almadrasa, la escuela de Espagiria andalusí con sede en Granada y muy cercana al círculo de Sothis, se prepara para abrir sus puertas a la transmisión de la vieja Ciencia. El “Gremio de espagíricos Ibéricos”,se constituye en San Sebastián como asociación profesional alejada de los diplomas para universitarios, de los enseñanzas academicistas y con la sencilla intención de establecer,como antaño, la nobleza del oficio y el bienhacer del artesano frente a la arrogancia del doctorado y frente a la banalidad del artista..

Otras escuelas vienen impartiendo en algunas ciudades españolas cursillos y seminarios de iniciacion a la Espagiria,tal es el caso también del llamado grupo S.E.I.S. (sociedad de estudios e investigaciones spagyricas) propiciado por el laboratorio Heliosar.

Pero no todo son rosas en esta historia recuperada ,pues como podría esperarse, nuestra ciencia no se salvará de la triste caterva de oscuros personajes que desde las madrigueras de la mediocridad saldrán como legión de falsos profetas a enseñar lo que nunca supieron, a engañar a las buenas gentes con mil trucos y falacias y en fin a mancillar a nuestra Ciencia con impurezas exóticas y batiburrillos de eclécticas consignas. Deberemos estar avisados a la hora de discernir al verdadero espagírico del charlatán soplador. Pese a todo,los caminos están trazados en nuestra piel de toro y si Dios lo permite, se configurará de nuevo la Tradición con toda su fuerza. Todo ocurrirá tal y como deba ocurrir.

El resurgimiento hoy del paradigma kémico-andalusí del que bebiera el mismo Paracelso, no podía darse ni en los ambientes de mediocridad y visionarismo oportunista a los que acabamos de aludir, ni en las aulas de la decadente Técnica (que no es Ciencia) pequeñoburguesa. ¿Cómo habría de estar la más sagrada de las Ciencias entre los despojos del orgullo y la locura de quienes creen poder prescindir del Único Señor?

No, nuestra espagiria debía resurgir con vocación artesanal, en la sencillez sabia de los gremios y maestrías y no entre diplomas y vanaglorias.

Los viejos instrumentos salen de nuevo a la luz tras casi quinientos años de forzado silencio. Habrá ¿qué duda cabe? Otras inquisiciones, otros intereses oscuros, otros verdugos con otros disfraces, e incluso no faltarán, ya lo hemos dicho, como ocurriera en tiempos pasados, quienes oculten sus falacias tras el nombre de nuestra Ciencia llevados por la ambición, el rencor o la envidia, pero de una u otra forma, en tiempos de penuria o de abundancia, la transmisión de las Ciencias de Hermes no se romperá nunca, tal vez porque sus leyes están escritas a fuego en el corazón de los hombres.

Abu Omar Yabir
yabir@retemail.es

viernes, junio 11, 2010

Las heridas psicológicas

Educar consiste en liberar la mente de la energía limitada del ‘yo’.

Al parecer los seres humanos poseen cantidades enormes de energía. Han ido a la Luna y escalado las combres más altas de la Tierra. Han tenido energías prodigiosas para las guerras, para los instrumentos bélicos y para el desarrollo tecnológico. La humanidad ha tenido energía para acumular un conocimiento ingente, para construir las pirámides, para explorar el átomo y trabajar todos los días. Cuando uno toma todo esto en consideración, es impresionante comprobar la cantidad de energía que se ha consumido.

Esta energía ha sido empleada en la investigación de las cosas externas, pero el hombre ha puesto muy poca energía en investigar toda su propia estructura psicológica. Se necesita energía, tanto por dentro como por fuera, para actuar o estar totalmente en silencio.

La acción y la no-acción requieren gran energía. Hemos usado la energía ‘positiva’ en las guerras, en escribir libros, en operaciones quirúrgicas y para trabajar en el fondo de los mares. La no-acción requiere mucho más que la acción llamada ‘positiva’. La acción positiva consiste en controlar, apoyar o escapar. La no acción es la atención total de la observación.

En esta observación lo que es observado experimenta una transformación. Esta observación silenciosa no sólo requiere energía física sino también una profunda energía psicológica. Estamos habituados a la primera y este condicionamiento limita nuestra energía. En una observación completa y silenciosa, que es inacción, no hay desgaste de energía y, en consecuencia, la energía es ilimitada.

La no-acción no es lo opuesto de la acción. Ir a trabajar todos los días, un año tras otro, durante muchísimos años, lo cual puede ser necesario tal como están las cosas, efectivamente limita las energías, pero el no trabajar no significa que uno vaya a disponer de una energía ilimitada. La propia indolencia de la mente es un desgaste de energía, como lo es la pereza del cuerpo. Nuestra educación en todas sus ramas disminuye esta energía.

Nuestra manera de vivir, que es una lucha constante por ser o no ser, es la disipación de la energía. La energía es intemporal y no puede ser medida. Pero nuestras acciones son mensurables y así reducimos esta energía ilimitada al estrecho círculo del ‘yo’. Y habiéndola confinado, procedemos a buscar lo inconmensurable. Esta búsqueda forma parte de la acción positiva y, por lo tanto, es un desgaste de energía psicológica. En consecuencia, hay un movimiento incesante dentro de los archivos del ‘yo’.

Lo que nos importa en la educación es liberar la mente del ‘yo’. Como dijimos en diversas ocasiones en estas cartas, nuestra función es dar origen a una nueva generación libre de esta energía limitada que se llama el ‘yo’. Hay que reiterar una vez más que estas escuelas existen para llevar esto a cabo.En nuestra carta anterior hemos hablado de la corrupción de la mente. La raíz de esta corrupción es el ‘yo’. El ‘yo’ es la imagen, el concepto, la palabra que se transmite de generación en generación, y uno tiene que habérselas con la carga de tradición del ‘yo’.

Lo que hay que observar es el hecho, no la consecuencia del hecho ni cómo se ha producido; esto último es bastante fácil de explicar, pero observar el hecho con todas sus reacciones, observarlo sin intención que lo tergiverse, es acción negativa. Esto es lo que entonces transforma el hecho. Es importante que se comprenda muy a fondo que no se trata de actuar sobre el hecho sino de observar lo que es.

Todo ser humano está tanto psicológica como físicamente lastimado. Es relativamente fácil tratar el dolor físico, pero el dolor psicológico permanece oculto. La consecuencia de la herida psicológica es levantar un muro alrededor de uno mismo y resistirse a experimentar más dolor y, de ese modo, amedrentarse o recluirse en el aislamiento.

Limitarse a desear desprenderse de las heridas del pasado y abrigar la esperanza de no ser lastimado nunca más, es un desperdicio de energía. La atención completa, la observación de este hecho no sólo le contará la historia de la herida en sí, sino que esa misma atención disipará o eliminará la herida.

Krishnamurti

martes, junio 08, 2010

Las Etapas



Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida.

Si insistes en permanecer en ella, más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando círculos, o cerrando puertas, o cerrando capítulos. Como quiera llamarlo, lo importante es poder cerrarlos, dejar ir momentos de la vida que se van clausurando.

¿Terminó con su trabajo?, ¿Se acabó la relación?, ¿Ya no vive más en esa casa?, ¿Debe irse de viaje?, ¿La amistad se acabó?

Puede pasarse mucho tiempo de su presente "revolcándose" en los porqués, en devolver el casette y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho.

El desgaste va a ser infinito porque en la vida, usted, yo, su amigo, sus hijos, sus hermanas, todos y todas estamos abocados a ir cerrando capítulos, a pasar la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la Vida y seguir adelante.

No podemos estar en el presente añorando el pasado. Ni siquiera preguntándonos por qué. Lo que sucedió, sucedió, y hay que soltar, hay que desprenderse.

No podemos ser niños eternos, ni adolescentes tardíos, ni empleados de empresas inexistentes, ni tener vínculos con quien no quiere estar vinculado a nosotros.

El desgaste va a ser infinito porque en la vida, usted, yo, su amigo, sus hijos, sus hermanas, todos y todas estamos abocados a ir cerrando capítulos, a pasar la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la Vida y seguir adelante.

¡Los hechos pasan y hay que dejarlos ir! Por eso a veces es tan importante destruir recuerdos, regalar presentes, cambiar de casa, documentos por tirar, libros por vender o regalar. Los cambios externos pueden simbolizar procesos interiores de superación.

Dejar ir, soltar, desprenderse. En la vida nadie juega con las cartas marcadas, y hay que aprender a perder y a ganar. Hay que dejar ir, hay que pasar la hoja, hay que vivir con sólo lo que tenemos en el presente!. El pasado ya pasó.

No esperen que le devuelvan, no espere que le reconozcan, no espere que alguna vez se den cuenta de quién es usted. Suelte el resentimiento, el prender "su televisor personal" para darle y darle al asunto, lo único que consigue es dañarlo mentalmente, envenenarlo, amargarlo.

La vida está para adelante, nunca para atrás. Porque si usted anda por la vida dejando "puertas abiertas", por si acaso, nunca podrá desprenderse ni vivir lo de hoy con satisfacción.

Noviazgos o amistades que no clausuran, posibilidades de "regresar" (a qué?), necesidad de aclaraciones, palabras que no se dijeron, silencios que lo invadieron. ¡Si puede enfrentarlos ya y ahora, hágalo!, si no, déjelo ir, cierre capítulos.

Dígase a usted mismo que no, que no vuelve.

Pero no por orgullo ni soberbia, sino porque usted ya no encaja allí, en ese lugar, en ese corazón, en esa habitación, en esa casa, en ese escritorio, en ese oficio. Usted ya no es el mismo que se fue, hace dos días, hace tres meses, hace un año, por lo tanto, no hay nada a que volver.

Cierre la puerta, pase la hoja, cierre el círculo. Ni usted será el mismo, ni el entorno al que regresa será igual, porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático.

Es salud mental, amor por usted mismo desprender lo que ya no está en su vida. Recuerde que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo, nada es vital para vivir porque: cuando usted vino a este mundo 'llegó' sin ese adhesivo, por lo tanto es "costumbre" vivir pegado a él, y es un trabajo personal aprender a vivir sin él, sin el adhesivo humano o físico que hoy le duele dejar ir.

Es un proceso de aprender a desprenderse y, humanamente se puede lograr porque, le repito, ¡nada ni nadie nos es indispensable! Sólo es costumbre, apego, necesidad.

Pero .... cierre, clausure, limpie, tire, oxigene, despréndase, sacuda, suelte. Hay tantas palabras para significar salud mental y cualquiera que sea la que escoja, le ayudará definitivamente a seguir para adelante con tranquilidad.

¡Esa es la vida!

PAULO COELHO

sábado, junio 05, 2010

Dante Alighieri y La divina comedia

Dante Alighieri fue una de las más notables figuras de la época prerrenacentista. Contemporáneo de célebres personajes de Europa, como Giotto, Marco Polo o Alfonso X el Sabio, es considerado en nuestros días el autor

Vivió en una época muy conturbada en la península itálica; las ciudades guerreaban entre sí y, en su gran mayoría, no tenían internamente la menor cohesión política.

Nacido en la ciudad de Florencia en mayo de 1265, su infancia sufrirá de lleno las agitaciones e incomprensión de sus contemporáneos.

Su familia participó activamente en la historia de la ciudad. Cacciaguida, bisabuelo de Dante, fue armado caballero por el emperador Conrado III, a quien siguió a Tierra Santa. Contrajo nupcias luego con Aldiguiera, de la familia de los Aldighieri, de Ferrara, adoptando ese nombre, que más tarde se convirtió en Alighieri. Bellincione, nieto de Cacciaguida, contrajo matrimonio con Dona Bella, de cuya unión nació Dante.

Bellincione era un pequeño propietario de tierras y su madre murió pocos años después del nacimiento de Dante. Un nuevo matrimonio del padre le regaló tres hermanos, con los que mantuvo siempre buenas relaciones.

A la edad de nueve años conoce a la pequeña Beatriz, pocos meses más joven que él, que, con el correr de los años, llegaría a ser la musa inspiradora del poeta.

Respecto a su formación escolástica, sabemos que desde muy joven frecuentó las escuelas de Florencia, pero la mayor contribución fue, sin duda, la convivencia con Brunetto Latini, hombre apasionado por las letras asiduo a los mayores centros culturales de Europa.

A los dieciocho años Dante vuelve a encontrar a Beatriz, que le anima e inspira para la creación poética, iniciando así su actividad como escritor.

Tuvo en todo momento una vida activa y agitada. Formando parte de los feditori, los caballeros destinados al asalto, defendió valerosamente su ciudad contra el asedio de los gibelinos, el año 1289. También combatió en la batalla de Campaldino y tomó parte, ese mismo año en la batalla de Caprona.

En el año 1290 muere Beatriz, lo que sume a Dante en una profunda tristeza, llevándole a buscar consuelo en la lectura de autores clásicos. Posteriormente, casó con Gema Donati, a quien la familia le ligara desde niño, buscando así una mínima estabilidad familiar; ello no le impidió, sin embargo, continuar su actividad en los círculos intelectuales de Florencia.

La ciudad pasaba en esta época por un periodo de profundas agitaciones políticas. Era notoria la rivalidad entre la burguesía naciente y la vieja nobleza, representados por dos poderosas familias: los Cerchi y los Donati. Aquellos hicieron gran riqueza con el comercio, mientras los Donati ya eran ricos y pertenecían a una antigua estirpe. La rivalidad se acentuó con la lucha por el poder en la ciudad.

Es en esta ocasión cuando Dante se sumerge por primera vez en el mundo político del entorno, ocupando un cargo público; situación difícil para la naturaleza de un hombre que sueña con sobreponerse a todo tipo de facciones para que realmente prevalezcan los intereses de la ciudad; finalmente, acabó por tomar partido por la facción de los blancos (así eran designados los partidarios de los Cerchi, mientras la otra facción eran llamados negros) para oponerse a los intereses de Bonifacio VIII, que tenía el objetivo de apoderarse de la Toscana.

En el año 1301 es enviado a Roma como miembro de una embajada. El Papa, habiéndose apercibido de que Dante era un temible adversario de sus intereses, no le dejó partir. Entretanto, la situación cambia súbitamente en Florencia. Los negros vencen, expulsan a los blancos incendiando sus casas y condenan a los ausentes en rebeldía.

Se inicia así un exilio que mantendrá al célebre florentino lejos de su patria durante toda la vida. Recorrió toda Italia soñando siempre con el regreso a Florencia y con una idea sumamente avanzada para la época: la unificación de la península itálica.

En 1310 llega a Italia Enrique VII de Luxemburgo, el poderoso emperador que intentará pacificar las ciudades italianas, unificándolas bajo su dominio. Pero son los propios florentinos los que desencadenan un movimiento opuesto a esta idea y que, en poco tiempo, cundió por toda Italia poniendo fin a esta tentativa.

Frecuentando ciudad tras ciudad, Dante pasa los últimos años de su vida en Rávena, donde obtuvo una cátedra en la universidad. En 1321, al regreso de un viaje a Venecia, donde había ido como embajador del señor de Rávena, Dante enferma gravemente, falleciendo en la noche del 13 de septiembre.

Hombre de superiores cualidades, Dante va a alcanzar esa inmortalidad artística a través de su vasta obra, y más concretamente de "La divina comedia", que lo ha convertido en uno de los mayores escritores de todos los tiempos.

Integrando múltiples disciplinas culturales, desde la retórica hasta la política, pasando por la poesía, la mitología, la Historia, la astronomía, la física, la astrología, etc., Dante a logrado transmitirnos no solo la experiencia de un hombre de su época con una carga vital rica en matices, sino también las impresiones anímicas y las inquietudes espirituales del hombre de todos los tiempos.

Su primera obra, "Vida nueva", es un trabajo en poesía y en prosa cuyo tema es su gran amor por Beatriz. Las poesías son comentadas o introducidas por fragmentos en prosa donde el autor desarrolla su elevado sentimiento de amor; no un amor inferior, sino un amor platónico que el poeta descubre dentro de sí mismo y que transmite a través de sus versos. Este amor por Beatriz alcanzará una dimensión más elevada en la última parte de "La divina comedia".

"La convivencia", compuesta en los años que van de 1304 a 1307, es una de las primeras obras que Dante escribe fuera de su tierra natal, obra en la cual da amplia muestra de su vasto conocimiento y saber; está escrita en prosa y los temas son extraídos de pequeñas composiciones poéticas que los preceden. Dante proyectó quince tratados para "La convivencia", pero solamente cuatro fueron escritos, siendo el primero una introducción.

Escribe por primera vez en lengua italiana, pues en su época este tipo de obras eran escritas en latín, considerada la lengua madre del conocimiento. Dante intenta hacer llegar este conocimiento a todos los hombres, desde príncipes y caballeros hasta el pueblo llano, acercando igualmente su obra a la mujer.

Uno de los conceptos que emerge con mayor claridad y limpieza en esta obra es el de la nobleza, que es "la perfección de la propia naturaleza en cada cosa". No se hereda, no proviene de la estirpe, ni del tiempo, ni de las riquezas, pero sí del alma, y contiene en sí, además de las virtudes morales e intelectuales, las buenas disposiciones naturales, la bondad, los sentimientos generosos. Ella, la nobleza, es después sublimada por la gracia santificante y se vuelve simiente de vida feliz, que se desenvuelve, primero naturalmente y después racionalmente "llevando hasta Dios el alma por Dios creada".

"La vulgar elocuencia" es un tratado de filología, compuesto en dos volúmenes. Dante explica el lenguaje en su origen de una sola raíz, que se fue multiplicando más y más hasta llegar a los dialectos particulares. Hace distinción entre los lenguajes culto y popular; distingue en la poesía las variadas formas métricas, los versos, los estilos, etc. Preconiza la existencia de una lengua común en toda la península itálica, lo que significaría, asimismo, la existencia de una nación, concepto altamente revolucionario y casi inexistente en la época puramente feudal de su tiempo.

"Monarquía" es un tratado político-filosófico, escrito en latín, en el cual Dante expone sus ideas sociales. Al excesivo partidismo de la época, opone el concepto de un gobierno universal representado por un emperador que unifique todos los países y naciones. El emperador o monarca imperará sobre todos los reyes, ministros o jefes de los pueblos, y procediendo según los cánones de la justicia, velará por el mantenimiento de la ley universal, y su vida será ejemplo constante para todos aquellos que amorosamente arropa bajo su égida. Así, la Humanidad alcanzaría altas cotas de paz y justicia social, en armonía con esa gran ley universal, tantas veces presentida.

Aún podemos encontrar otras obras menores de Dante, la mayoría de ellas a título póstumo, reunidas y publicadas más tarde: las "églogas", las "Epístolas", las "Rimas" y la "Cuestión del agua y de la tierra". Simples documentos de la actividad intelectual del poeta en los medios cultos de la época.

LA DIVINA COMEDIA

Es la obra primordial de Dante. Iniciada alrededor de 1307, trabajó en ella durante el resto de su vida. Se trata de un poema compuesto por tres partes: la primera contiene treinta y cuatro cantos, y las otras dos partes, treinta y tres cantos cada una, totalizando cien cantos. Todo ello obedece a razones de numerología esotérica: 3, 33, 100, son cifras portadoras de un profundo simbolismo. El poema está escrito en tercetos de versos endecasílabos con rima encadenada. Las construcciones métricas presentan una calidad formal francamente difícil de superar. El título original de la obra era simplemente "Comedia", pero más tarde los editores juzgaron oportuno cambiarlo por el de "La divina comedia".

Es en esta obra, en la que Dante despliega todo el conocimiento y sabiduría que su propio esfuerzo, junto con su formación humanista y su aprendizaje en fraternidades secretas, había ido forjando año tras año. El genial florentino adapta el saber tradicional a la forma religiosa vigente, para que la eterna cadena del conocimiento sobreviviese a su época y pudiese llegar intacta a las futuras generaciones de buscadores y discípulos. Rica en simbolismo, "La divina comedia" está perfectamente adaptada al cristianismo, puede ser leída y disfrutada por todos; unos entenderán únicamente la cobertura de que está revestida la obra, otros lograrán ver más allá, cada cual según sus posibilidades de beber en la fuente inagotable de su simbología. De igual modo sucede con la Naturaleza, libro abierto para aquel que sepa leer en sus páginas, mientras que para la mayoría, desgraciadamente, es un código indescifrable, inaccesible a los ojos inhabituados.

En la "Comedia", Dante relata todo el proceso de aceleración de la evolución humana, o sea, el proceso iniciático, desde el descenso a los mundos inferiores hasta la contemplación del plano divino, proceso que es dividido en tres partes, conforme a la ortodoxia católica: Infierno, Purgatorio y Paraíso.

En la primera parte, Dante explica cómo, hallándose perdido en una floresta oscura, intenta en vano subir a una colina u otero iluminada por los rayos del sol naciente, pero encuentra tres fieras frente a sí que le impiden seguir avanzando. Aparece entonces Virgilio, el gran poeta latino, que será su guía espiritual en las dos primeras partes de la odisea que Dante tendrá que recorrer. Virgilio lo tranquiliza ofreciéndose para llevárselo de allí, un privilegio concedido a Dante por la oración de Beatriz, para que pueda recorrer el largo y tortuoso sendero que, a través del Infierno y del Purgatorio, conduce al inmortal Reino de los Bienaventurados.

Es así como Dante se encuentra en el camino de la Vía Fatale, sobre cuyos portales se encuentra grabado:

"Por mí se va a la ciudad doliente, por mí se va hasta el eterno tormento, por mí se va a vivir con la perdida gente."

El alma peregrina se encuentra ante el primer paso: atravesar la terrible puerta para entrar en los mundos inferiores. Para ello es necesaria toda una preparación y purificación que le impida precipitarse en los bajos dominios. Es la inspiración amorosa que lleva a Dante a actuar, pero es un amor platónico, nacido de Venus Urania. (Vid. Plotino, Enéadas. Venus Urania es hija de Zeus, de la Inteligencia Pura, y simboliza el Amor perfecto del alma que se extasía en la contemplación del primer Ser, por contraposición a Pandemus, enamorada del resplandor que brilla sobre las cosas sensibles) (N. del Ed.).

Es necesaria la "acción" para que todo el proceso se inicie; el camino del conocimiento es el camino de la acción por la superación, y el poeta tendrá que recorrer todo el largo camino hasta llegar al conocimiento supremo.

En las dos primeras partes del poema, Dante es conducido por Virgilio, símbolo de la razón, del conocimiento, de la tradición, de toda la herencia cultural de los antiguos. Es la etapa en que el hombre necesita del apoyo exterior para avanzar por el tortuoso camino.

Después de estas etapas, el poeta camina acompañado de Beatriz, que le conducirá hasta el final de toda la odisea. Beatriz es Venus Urania, la gran pasión del hombre por aquella "parte" suya que le contempla: el espíritu o alma inmortal. En esta fase, el discípulo no necesita del apoyo exterior del maestro, puede desenvolverse relativamente solo en la conquista de la esencia perdida en los tiempos remotos.

Tras esta conquista, Dante entra en el Reino de los Bienaventurados, donde habitan los dioses, los ases, el Paraíso cristiano, el Amenti egipcio, el Nirvana de Buda. Distintas terminologías para expresar todas la misma realidad: lo inexpresable.

José Antunes
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