sábado, diciembre 18, 2010

Ascensión al cielo


El tratamiento que se le daba en la antigüedad a la sabiduría y el entendimiento de los secretos de los cielos y la Tierra (de la ciencia) como dominio divino al cual sólo unos pocos mortales elegidos podían tener acceso, no sólo encontró su expresión en los escritos canónicos, sino también en un misticismo judío como el de la Kabbalah, según la cual la Presencia Divina, simbolizada por la Corona de Dios, descansa en los penúltimos soportes, designados sabiduría (Hojmah) y entendimiento (Binah) . Son los mismos componentes del conocimiento científico a los que fue desafiado Job.

Las referencias a Hojmah («sabiduría») en el Antiguo Testamento revelan que ésta se tenía por haber sido un regalo de Dios, puesto que fue el Señor del Universo el que poseía la sabiduría requerida para crear los cielos y la Tierra.

"Cuan grandes son tus obras, Oh Señor; con sabiduría las has forjado todas», dice el Salmo 104 cuando describe y ensalza, fase por fase, la obra del Creador. La Biblia sostiene que, cuando el Señor le concedió la sabiduría a los humanos elegidos, compartió con ellos de hecho los conocimientos secretos relativos a los cielos y la Tierra y a todo lo que está sobre la Tierra. El Libro de Job hablaba de estos conocimientos como de «secretos de sabiduría» que no se le habían revelado a él. La Revelación, el compartir con la humanidad los conocimientos secretos a través de iniciados elegidos, tuvo sus orígenes antes del Diluvio.

A Adapa, el descendiente de Enki al cual se le concedieron sabiduría y entendimiento (pero no Vida Eterna), no le mostró Anu las extensiones de los cielos simplemente como una visión abrumadora. Las referencias posdiluvianas a esto le atribuyen a él la autoría de una obra conocida como Escritos referentes al tiempo, [del] divino Anu y el divino Enlil, un tratado sobre el cálculo del tiempo y el calendario. Por otra parte, El relato de Adapa menciona específicamente que a él se le enseñaron, ya de vuelta en Eridú, las artes de la medicina y la curación. Así pues, Adapa fue un científico consumado, adepto tanto en temas celestes como terrestres; también fue ungido como el Sacerdote de Eridú, quizás el primero en combinar ciencia y religión.

Las anotaciones Sumerias hablan de otro Elegido antediluviano que fue iniciado en los secretos divinos al ser llevado a la morada celestial de los Anunnaki. Éste venía de Sippar («Ciudad Pájaro»), dominio de Utu/Shamash, y fue probablemente un descendiente de él, un semidiós. Conocido en los textos como EN.ME.DUR.ANNA, así como EN.ME.DUR.AN.KI («Maestro de las Tablillas Divinas Concernientes a los Cielos» o «Maestro de las Tablillas Divinas del Enlace Cielo-Tierra»), también a él lo elevaron para enseñarle los conocimientos secretos.

Sus padrinos y maestros fueron los Dioses Utu/Shamash e Ishkur/Adad:
Shamash y Adad [¿lo vistieron? ¿lo ungieron?]
Shamash y Adad lo pusieron en un gran trono dorado.
Le mostraron cómo observar el aceite y el agua,
un secreto de Anu, Enlil y Ea.
Le dieron una tablilla divina,
el Kibbu, un secreto del Cielo y la Tierra.
Pusieron en su mano un instrumento de cedro,
el favorito de los grandes Dioses.
Le enseñaron a hacer cálculos con números.

Aunque en El relato de Adapa no se dice de forma explícita, parece que a Adapa se le permitió, si no fue en realidad un requerimiento, compartir parte de sus conocimientos secretos con sus semejantes humanos, porque si no, ¿para qué escribió su famoso libro? En el caso de Enmeduranki, también se le comisionó la transmisión de los secretos aprendidos, pero con la condición estricta de que se tenía que limitar al linaje de los sacerdotes, de padre a hijo, comenzando por Enmeduranki:

El sabio erudito que guarda los secretos de los grandes Dioses atará a su hijo preferido con un juramento ante Shamash y Adad. Con la Tablilla Divina, con un estilo, le instruirá en los secretos de los Dioses. La tablilla en la cual se inscribió este texto (guardada ahora en el Museo Británico) tiene una nota final:

«Así se creó el linaje de los sacerdotes, aquéllos a los que estaba permitido acercarse a Shamash y Adad».

En la Biblia se registró también la ascensión al cielo del patriarca antediluviano Henoc, el séptimo de los diez listados, igual que Enmeduranki en la Lista de los Reyes Sumerios. De esta extraordinaria experiencia, la Biblia sólo dice que, a la edad de 365 años, Henoc fue llevado a lo alto para estar con Dios.

Afortunadamente, el extrabíblico Libro de Henoc, transmitido a través de los milenios y que ha sobrevivido en dos versiones, proporciona muchos más detalles; hasta qué punto es un reflejo del original y hasta qué punto hay fantasía y especulación de la época en que se compilaron los «libros», cerca de los comienzos de la era cristiana, no podemos saberlo. Pero sus contenidos merecen un resumen, aunque no sea más que por su afinidad con el relato de Enmeduranki, y también por abreviar otro libro extrabíblico, el Libro de los Jubileos, mucho más extenso.

A partir de estas fuentes emerge que Henoc no hizo uno, sino dos viajes celestiales. En el primero, se le enseñaron los Secretos del Cielo, y se le dieron instrucciones para que impartiera estos conocimientos a sus hijos a su regreso a la Tierra. En su ascenso hacia la Morada Divina, pasó por una serie de esferas celestes. Desde el lugar del Séptimo Cielo, pudo ver la forma de los planetas; en el Octavo Cielo, pudo discernir las constelaciones. El Noveno Cielo era el «hogar de los doce signos del zodiaco». Y en el Décimo Cielo estaba el Trono Divino de Dios.

(Habría que decir aquí que la morada de Anu, según los textos Sumerios, estaba en Nibiru, al cual hemos identificado como el décimo planeta de nuestro Sistema Solar. En las creencias de la Kabbalah, el camino hacia la morada de Dios Todopoderoso llevaba a través de diez Sefirot, traducidas como «brillanteces», pero representadas realmente como diez esferas concéntricas , en las cuales la central recibe el nombre de Yessod («Fundamento»), la octava y la novena, Binah y Hojmah, y la décima, Ketter, la «Corona» del Dios Altísimo. Más allá se extiende Ein Soff, el «Infinito».) Acompañado por dos ángeles, Henoc llegó hasta su destino final, la Morada de Dios. Allí se le quitaron sus vestiduras terrestres; se le vistió con vestiduras divinas y fue ungido por los ángeles (al igual que se hizo con Adapa). Por mandato del Señor, el arcángel Pravuel sacó «los libros del depósito sagrado» y le dio un estilo de caña con el cual escribir lo que el arcángel le dictaría.

Durante treinta días y treinta noches, Pravuel dictó y Henoc escribió,

«los secretos de las obras del cielo, de la Tierra y de los mares; y de todos los elementos, sus pasos e idas, y los estruendos del trueno; y [los secretos] del Sol y la Luna, y las idas y los cambios de los planetas; las estaciones y el año y los días y las horas... y todas las cosas de los hombres, las lenguas de cada canción humana... y todas las cosas convenientes de aprender».

Según el Libro de Henoc, todos estos vastos conocimientos, «secretos de los ángeles y de Dios», se escribieron en 360 libros sagrados, que Henoc llevó con él hasta la Tierra. Reunió a sus hijos, les mostró los libros y les explicó su contenido. Aún estaba hablando e instruyéndoles cuando cayó una oscuridad repentina, y los dos ángeles que habían traído de vuelta a Henoc lo elevaron y lo devolvieron a los cielos; fue precisamente el día y la hora de su 365 cumpleaños.

La Biblia (Génesis 5,23-24) dice simplemente:

«Y todos los días de Henoc fueron trescientos y sesenta y cinco años; y Henoc anduvo con Dios, y desapareció porque se lo llevaron los Elohim.»

En los tres relatos (Adapa, Enmeduranki y Henoc) se observa una destacada similitud: la de que dos seres divinos están implicados en la experiencia celestial. Adapa fue recibido ante la Puerta de Anu, y acompañado para entrar y salir, por dos jóvenes Dioses, Dumuzi y Gizidda; los padrinos/maestros de Enmeduranki fueron Shamash y Adad; y los de Henoc, dos arcángeles. Estos relatos fueron, no cabe duda, la inspiración de una representación asiría de la puerta celeste de Anu, la cual está custodiada por dos Hombres Águila. La puerta lleva el símbolo de Nibiru, el Disco Alado, y su ubicación celeste viene indicada por los símbolos celestiales de la Tierra (como el séptimo planeta), la Luna y todo el Sistema Solar .

Zecharia Sirchin

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