Educar consiste en liberar la mente de la energía limitada del ‘yo’.
Al parecer los seres humanos poseen cantidades enormes de energía. Han ido a la Luna y escalado las combres más altas de la Tierra. Han tenido energías prodigiosas para las guerras, para los instrumentos bélicos y para el desarrollo tecnológico. La humanidad ha tenido energía para acumular un conocimiento ingente, para construir las pirámides, para explorar el átomo y trabajar todos los días. Cuando uno toma todo esto en consideración, es impresionante comprobar la cantidad de energía que se ha consumido.
Esta energía ha sido empleada en la investigación de las cosas externas, pero el hombre ha puesto muy poca energía en investigar toda su propia estructura psicológica. Se necesita energía, tanto por dentro como por fuera, para actuar o estar totalmente en silencio.
La acción y la no-acción requieren gran energía. Hemos usado la energía ‘positiva’ en las guerras, en escribir libros, en operaciones quirúrgicas y para trabajar en el fondo de los mares. La no-acción requiere mucho más que la acción llamada ‘positiva’. La acción positiva consiste en controlar, apoyar o escapar. La no acción es la atención total de la observación.
En esta observación lo que es observado experimenta una transformación. Esta observación silenciosa no sólo requiere energía física sino también una profunda energía psicológica. Estamos habituados a la primera y este condicionamiento limita nuestra energía. En una observación completa y silenciosa, que es inacción, no hay desgaste de energía y, en consecuencia, la energía es ilimitada.
La no-acción no es lo opuesto de la acción. Ir a trabajar todos los días, un año tras otro, durante muchísimos años, lo cual puede ser necesario tal como están las cosas, efectivamente limita las energías, pero el no trabajar no significa que uno vaya a disponer de una energía ilimitada. La propia indolencia de la mente es un desgaste de energía, como lo es la pereza del cuerpo. Nuestra educación en todas sus ramas disminuye esta energía.
Nuestra manera de vivir, que es una lucha constante por ser o no ser, es la disipación de la energía. La energía es intemporal y no puede ser medida. Pero nuestras acciones son mensurables y así reducimos esta energía ilimitada al estrecho círculo del ‘yo’. Y habiéndola confinado, procedemos a buscar lo inconmensurable. Esta búsqueda forma parte de la acción positiva y, por lo tanto, es un desgaste de energía psicológica. En consecuencia, hay un movimiento incesante dentro de los archivos del ‘yo’.
Lo que nos importa en la educación es liberar la mente del ‘yo’. Como dijimos en diversas ocasiones en estas cartas, nuestra función es dar origen a una nueva generación libre de esta energía limitada que se llama el ‘yo’. Hay que reiterar una vez más que estas escuelas existen para llevar esto a cabo.En nuestra carta anterior hemos hablado de la corrupción de la mente. La raíz de esta corrupción es el ‘yo’. El ‘yo’ es la imagen, el concepto, la palabra que se transmite de generación en generación, y uno tiene que habérselas con la carga de tradición del ‘yo’.
Lo que hay que observar es el hecho, no la consecuencia del hecho ni cómo se ha producido; esto último es bastante fácil de explicar, pero observar el hecho con todas sus reacciones, observarlo sin intención que lo tergiverse, es acción negativa. Esto es lo que entonces transforma el hecho. Es importante que se comprenda muy a fondo que no se trata de actuar sobre el hecho sino de observar lo que es.
Todo ser humano está tanto psicológica como físicamente lastimado. Es relativamente fácil tratar el dolor físico, pero el dolor psicológico permanece oculto. La consecuencia de la herida psicológica es levantar un muro alrededor de uno mismo y resistirse a experimentar más dolor y, de ese modo, amedrentarse o recluirse en el aislamiento.
Limitarse a desear desprenderse de las heridas del pasado y abrigar la esperanza de no ser lastimado nunca más, es un desperdicio de energía. La atención completa, la observación de este hecho no sólo le contará la historia de la herida en sí, sino que esa misma atención disipará o eliminará la herida.
Krishnamurti
Esta energía ha sido empleada en la investigación de las cosas externas, pero el hombre ha puesto muy poca energía en investigar toda su propia estructura psicológica. Se necesita energía, tanto por dentro como por fuera, para actuar o estar totalmente en silencio.
La acción y la no-acción requieren gran energía. Hemos usado la energía ‘positiva’ en las guerras, en escribir libros, en operaciones quirúrgicas y para trabajar en el fondo de los mares. La no-acción requiere mucho más que la acción llamada ‘positiva’. La acción positiva consiste en controlar, apoyar o escapar. La no acción es la atención total de la observación.
En esta observación lo que es observado experimenta una transformación. Esta observación silenciosa no sólo requiere energía física sino también una profunda energía psicológica. Estamos habituados a la primera y este condicionamiento limita nuestra energía. En una observación completa y silenciosa, que es inacción, no hay desgaste de energía y, en consecuencia, la energía es ilimitada.
La no-acción no es lo opuesto de la acción. Ir a trabajar todos los días, un año tras otro, durante muchísimos años, lo cual puede ser necesario tal como están las cosas, efectivamente limita las energías, pero el no trabajar no significa que uno vaya a disponer de una energía ilimitada. La propia indolencia de la mente es un desgaste de energía, como lo es la pereza del cuerpo. Nuestra educación en todas sus ramas disminuye esta energía.
Nuestra manera de vivir, que es una lucha constante por ser o no ser, es la disipación de la energía. La energía es intemporal y no puede ser medida. Pero nuestras acciones son mensurables y así reducimos esta energía ilimitada al estrecho círculo del ‘yo’. Y habiéndola confinado, procedemos a buscar lo inconmensurable. Esta búsqueda forma parte de la acción positiva y, por lo tanto, es un desgaste de energía psicológica. En consecuencia, hay un movimiento incesante dentro de los archivos del ‘yo’.
Lo que nos importa en la educación es liberar la mente del ‘yo’. Como dijimos en diversas ocasiones en estas cartas, nuestra función es dar origen a una nueva generación libre de esta energía limitada que se llama el ‘yo’. Hay que reiterar una vez más que estas escuelas existen para llevar esto a cabo.En nuestra carta anterior hemos hablado de la corrupción de la mente. La raíz de esta corrupción es el ‘yo’. El ‘yo’ es la imagen, el concepto, la palabra que se transmite de generación en generación, y uno tiene que habérselas con la carga de tradición del ‘yo’.
Lo que hay que observar es el hecho, no la consecuencia del hecho ni cómo se ha producido; esto último es bastante fácil de explicar, pero observar el hecho con todas sus reacciones, observarlo sin intención que lo tergiverse, es acción negativa. Esto es lo que entonces transforma el hecho. Es importante que se comprenda muy a fondo que no se trata de actuar sobre el hecho sino de observar lo que es.
Todo ser humano está tanto psicológica como físicamente lastimado. Es relativamente fácil tratar el dolor físico, pero el dolor psicológico permanece oculto. La consecuencia de la herida psicológica es levantar un muro alrededor de uno mismo y resistirse a experimentar más dolor y, de ese modo, amedrentarse o recluirse en el aislamiento.
Limitarse a desear desprenderse de las heridas del pasado y abrigar la esperanza de no ser lastimado nunca más, es un desperdicio de energía. La atención completa, la observación de este hecho no sólo le contará la historia de la herida en sí, sino que esa misma atención disipará o eliminará la herida.
Krishnamurti
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