Hemos dicho, y no una vez, que “mente” tiene que ser entendida como símbolo y no como un sitio (el cerebro), donde tienen cabida ciertas experiencias racionales. Por ello, la mente como símbolo representa la cualidad más exclusiva del ser humano, porque lo distingue como especie de las demás del género animal. Caben, pues, en la mente como símbolo, la psique, la lógica, la razón, el pensamiento, la conciencia, la intuición, la inteligencia, las vivencias y hasta si se quiere, el espíritu y el alma cuando tienen necesidad de evidenciarse de alguna manera. Hecha esta advertencia para evitar confusiones, examinaremos algunas referencias que de modo expreso se hacen en las Upanishad de la doctrina hindú, especialmente en su cosmogonía, por ser una de las más desarrolladas y arcaicas.
En la cosmogonía hindú solemos encontrar muchas referencias a la mente y no todas con el mismo sentido. Si leemos: “La Muerte tuvo un deseo: Que un segundo cuerpo nazca de mí. De este modo formó el Habla en su mente, convirtiéndose la semilla en el año. Antes de aquel tiempo no existían los años. El Habla tardó en formarse un año. Cuando aquélla nació, la Muerte abrió la boca para tragársela. Entonces aquélla gritó: ” ¡ Bhan! ” y así se formó el Habla” (Brihad?ranyaka Upanishad, I, 2, 4). Es el nacimiento de la mente en el ser ya que en el primer deseo lo que se forma es el agua (ka), pero como apareció cuando estaba en adoración (arkate), al agua se la llama arkate. En el segundo deseo de la Muerte es cuando nace la mente y se aloja en el cuerpo del ser. La Muerte en este contexto, ya lo explicamos antes, significa el No-Ser, la no-manifestación de la que van surgiendo los seres múltiples de la manifestación. Las verdades más excelsas son la de los Vedas (que tiene la misma raíz que la palabra latina verdad), y así lo confirma la escritura: “Estos son los tres Vedas: Rig-veda es la palabra, Yagur-veda la mente y Sama-veda el aliento. Estos son los Devas, los antepasados y los hombres: los Devas son la palabra, los antepasados, la mente y los hombres son el aliento.
Según hemos visto en otros estudios anteriores, el destino del ser individual tras el estado póstumo depende de la conducta que haya llevado en vida, y tal comportamiento a la hora de morir quedará reflejado en la ruta que le corresponderá: la de los Devas con rumbo norte, la ruta de los antepasados con rumbo sur, y la de los hombres cuyo destino es el infierno. Las dos primeras rutas permiten regresar a la tierra para terminar de resolver las acciones que quedaron inconclusas. En cuanto al camino de los hombres, también tiene una ruta de regreso a la tierra, pero con naturalezas de rango menor. De este texto upanishádico se colige que la mente ocupa un lugar destacado, pero no el privilegiado que se reserva para los que contemplan el Absoluto, sino el de los seres caritativos, sacrificados y religiosos, en quienes no actúa la Conciencia sino la mente racional y especulativa.
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Había dos clases de descendientes de Pragapati, los Devas y los Asuras. Los Devas eran los más jóvenes y los Asuras, los mayores. En esa lucha la victoria se decantó de parte de los devas debido a la intervención de la diosa Durg? quien inmediatamente comenzó a liberar a todas las deidades que el Dios de los Asuras había secuestrado privándolas de libertad. “Cuando liberó a la mente, ésta se convirtió en la luna. La luna, después de traspasar los límites de la muerte, brilla en todo su esplendor. A quien conoce esto, esta deidad le conduce más allá de los confines de la muerte” (Brihad?ranyaka Upanishad, I, 3, 16). De estos pasajes de las escrituras debemos sacar algunas conclusiones. En primer lugar, que la mente fue incapaz de sustraerse al secuestro malvado de los Asuras, y corrió la misma suerte que el oído, el habla, el ojo y demás deidades. Fue cuando la Muerte trató de tragarse el aliento vital y fracasó siendo vencida por la diosa Durg?. El aliento vital que recorre toda la extensión del ser fue la fuerza que puso freno a los caprichos del Dios de los Asuras facilitando a Durg? su victoria. Esto demuestra la fragilidad de la mente frente a las vicisitudes de la existencia y en especial del conocimiento que, al tener carácter relativo, está sujeto a error, no necesariamente pero sí aleatoriamente.
Otro comentario que sugieren los pasajes antes trascritos es que cuando la mente fue liberada por Durg?, se convirtió en la luna a la que, según referencias simbólicas hechas con anterioridad, se la considera rectora del conocimiento indirecto o reflejo, como que necesita la luz del sol para cobrar vida. La luz de la mente es la luz lunar, que precisa de una fuente lumínica externa para llegar a ser. Este conocimiento reflejo viene a representar el conocimiento dualista, impreciso y propio de la realidad relativa que conoce mediante el método discursivo, muy antiguo pero perfeccionado por el pensamiento de la Grecia clásica y que perdura hasta hoy en Occidente.
Por si lo dicho hasta aquí no fuera suficiente, recordaremos un texto que es explícito hasta donde se pueda pedir: “Como las aguas encuentran su centro en el mar, igual que el tacto se encuentra en la piel, todos los gustos en la lengua, todos los olores en la nariz, todos los colores en el ojo, todos los sonidos en el oído, todos los preceptos en la mente, todo el conocimiento en el corazón, todas las acciones en las manos, todos los movimientos en los pies, así todos los Vedas se encuentran en el habla” (Brihad?ranyaka Upanishad, II, 4, 9). Todos los preceptos se encuentran en la mente y todo el conocimiento en el corazón, es ahora lo que nos interesa entender.
La mente discurre con la razón y almacena en la memoria que consiste en un reflejo del pasado, pero siempre como conocimiento de algo; el corazón conoce con la inteligencia y se escapa a los estados superiores del ser con una captación directa del objeto. En el mismo Upanishad en el Tercer Adhy?ya, Noveno Brahamana, se lee repetidamente, como un himno: “Solamente quien conoce a esa persona cuya morada es la semilla, cuya visión es el corazón, cuya mente es la luz, el principio de todo ser, en verdad es su maestro”, porque el corazón no conoce con criterio dualista como la mente, sino que conoce como una visión, directamente en un acto en el que actúa la vivencia interior.
Se dice en este texto que la mente es la luz porque, en efecto, la luz es simbólicamente el conocimiento, pero la visión es el corazón. Esta visión no debe ser entendida como la visión del órgano sensible, pues tal interpretación carecería de sentido. Se trata de la visión directa de la Conciencia que permite un ejercicio gnóstico de la inteligencia, sea con característica intuitiva, sea vivencial. La luz de la mente, por su parte, tampoco significa aquí, únicamente el conocimiento racional que es el que corresponde a sus atributos, sino que en una significación de grado mayor se quiere referir a la mente como condición del ser individual, diferenciador de otros condicionamientos de especies similares a las del estado humano que comparten los de la vida, por ejemplo, pero que adolecen de mente específicamente humana; tales otros seres podrán razonar siquiera mínimamente, pero jamás podrán inteligir ni lo más mínimo.
Cuando Sakalya preguntaba acerca de las deidades en Brihad?ranyaka Upanishad, III, 9, 25: “¿Cuál es la deidad de Occidente? Yagñavalkya respondió: Varuna. “¿Dónde mora Varuna? En el agua. ¿Y dónde mora el agua? En la semilla. Sakalya entonces preguntó: ¿Y dónde mora la semilla? Yagñavalkya contestó: En el corazón. Por consiguiente dicen que un hijo es como su padre, que parece haber salido de su propio corazón, o hecho de su propio corazón, pues la semilla mora en el corazón”. Además de la posibilidad del conocimiento directo por vivencia o intuición intelectual, al corazón se lo considera el centro del ser por su importancia y funciones, a tal punto que la escritura le otorga la condición de residencia de la semilla del ser, donde se produce la palingénesis y da lugar a la vigencia del aforismo chino: “Revivirás en tus miles de descendientes”.
La captación intuitiva de la Realidad Absoluta en la metafísica advaita conduce a un aserto indestructible porque constituye una unidad con el acto de captar: se refiere a la cualidad de esa captación, que no es otra que la verdad absoluta, a diferencia de la verdad relativa de la metafísica dualista. Dice la escritura: “¿Y dónde mora la Verdad? Yagñavalkya replicó: En el corazón, pues sólo desde el corazón decimos lo que es verdad; ciertamente es allí donde mora la Verdad” (Brihad?ranyaka Upanishad, II, 9, 26).
El corazón es el centro del cuerpo y la sede de la inteligencia. En la mente, entendida como residente en el cerebro, se generan los conocimientos racionales que son almacenados por la memoria, y donde la lógica permite conocer con método discursivo la realidad mundanal, donde habita el ser humano y desde donde puede, según el hinduismo, elevarse a los estados superiores hasta percibir en una unidad su propio ser y el Ser Supremo. Esa comunión o fusión, o unión del ser con el Ser es una concepción metafísica que recorre las aguas fluyentes de las civilizaciones y creencias religiosas, sin excepción, aunque a veces se la disimule.
En la cosmogonía hindú solemos encontrar muchas referencias a la mente y no todas con el mismo sentido. Si leemos: “La Muerte tuvo un deseo: Que un segundo cuerpo nazca de mí. De este modo formó el Habla en su mente, convirtiéndose la semilla en el año. Antes de aquel tiempo no existían los años. El Habla tardó en formarse un año. Cuando aquélla nació, la Muerte abrió la boca para tragársela. Entonces aquélla gritó: ” ¡ Bhan! ” y así se formó el Habla” (Brihad?ranyaka Upanishad, I, 2, 4). Es el nacimiento de la mente en el ser ya que en el primer deseo lo que se forma es el agua (ka), pero como apareció cuando estaba en adoración (arkate), al agua se la llama arkate. En el segundo deseo de la Muerte es cuando nace la mente y se aloja en el cuerpo del ser. La Muerte en este contexto, ya lo explicamos antes, significa el No-Ser, la no-manifestación de la que van surgiendo los seres múltiples de la manifestación. Las verdades más excelsas son la de los Vedas (que tiene la misma raíz que la palabra latina verdad), y así lo confirma la escritura: “Estos son los tres Vedas: Rig-veda es la palabra, Yagur-veda la mente y Sama-veda el aliento. Estos son los Devas, los antepasados y los hombres: los Devas son la palabra, los antepasados, la mente y los hombres son el aliento.
Según hemos visto en otros estudios anteriores, el destino del ser individual tras el estado póstumo depende de la conducta que haya llevado en vida, y tal comportamiento a la hora de morir quedará reflejado en la ruta que le corresponderá: la de los Devas con rumbo norte, la ruta de los antepasados con rumbo sur, y la de los hombres cuyo destino es el infierno. Las dos primeras rutas permiten regresar a la tierra para terminar de resolver las acciones que quedaron inconclusas. En cuanto al camino de los hombres, también tiene una ruta de regreso a la tierra, pero con naturalezas de rango menor. De este texto upanishádico se colige que la mente ocupa un lugar destacado, pero no el privilegiado que se reserva para los que contemplan el Absoluto, sino el de los seres caritativos, sacrificados y religiosos, en quienes no actúa la Conciencia sino la mente racional y especulativa.
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Había dos clases de descendientes de Pragapati, los Devas y los Asuras. Los Devas eran los más jóvenes y los Asuras, los mayores. En esa lucha la victoria se decantó de parte de los devas debido a la intervención de la diosa Durg? quien inmediatamente comenzó a liberar a todas las deidades que el Dios de los Asuras había secuestrado privándolas de libertad. “Cuando liberó a la mente, ésta se convirtió en la luna. La luna, después de traspasar los límites de la muerte, brilla en todo su esplendor. A quien conoce esto, esta deidad le conduce más allá de los confines de la muerte” (Brihad?ranyaka Upanishad, I, 3, 16). De estos pasajes de las escrituras debemos sacar algunas conclusiones. En primer lugar, que la mente fue incapaz de sustraerse al secuestro malvado de los Asuras, y corrió la misma suerte que el oído, el habla, el ojo y demás deidades. Fue cuando la Muerte trató de tragarse el aliento vital y fracasó siendo vencida por la diosa Durg?. El aliento vital que recorre toda la extensión del ser fue la fuerza que puso freno a los caprichos del Dios de los Asuras facilitando a Durg? su victoria. Esto demuestra la fragilidad de la mente frente a las vicisitudes de la existencia y en especial del conocimiento que, al tener carácter relativo, está sujeto a error, no necesariamente pero sí aleatoriamente.
Otro comentario que sugieren los pasajes antes trascritos es que cuando la mente fue liberada por Durg?, se convirtió en la luna a la que, según referencias simbólicas hechas con anterioridad, se la considera rectora del conocimiento indirecto o reflejo, como que necesita la luz del sol para cobrar vida. La luz de la mente es la luz lunar, que precisa de una fuente lumínica externa para llegar a ser. Este conocimiento reflejo viene a representar el conocimiento dualista, impreciso y propio de la realidad relativa que conoce mediante el método discursivo, muy antiguo pero perfeccionado por el pensamiento de la Grecia clásica y que perdura hasta hoy en Occidente.
Por si lo dicho hasta aquí no fuera suficiente, recordaremos un texto que es explícito hasta donde se pueda pedir: “Como las aguas encuentran su centro en el mar, igual que el tacto se encuentra en la piel, todos los gustos en la lengua, todos los olores en la nariz, todos los colores en el ojo, todos los sonidos en el oído, todos los preceptos en la mente, todo el conocimiento en el corazón, todas las acciones en las manos, todos los movimientos en los pies, así todos los Vedas se encuentran en el habla” (Brihad?ranyaka Upanishad, II, 4, 9). Todos los preceptos se encuentran en la mente y todo el conocimiento en el corazón, es ahora lo que nos interesa entender.
La mente discurre con la razón y almacena en la memoria que consiste en un reflejo del pasado, pero siempre como conocimiento de algo; el corazón conoce con la inteligencia y se escapa a los estados superiores del ser con una captación directa del objeto. En el mismo Upanishad en el Tercer Adhy?ya, Noveno Brahamana, se lee repetidamente, como un himno: “Solamente quien conoce a esa persona cuya morada es la semilla, cuya visión es el corazón, cuya mente es la luz, el principio de todo ser, en verdad es su maestro”, porque el corazón no conoce con criterio dualista como la mente, sino que conoce como una visión, directamente en un acto en el que actúa la vivencia interior.
Se dice en este texto que la mente es la luz porque, en efecto, la luz es simbólicamente el conocimiento, pero la visión es el corazón. Esta visión no debe ser entendida como la visión del órgano sensible, pues tal interpretación carecería de sentido. Se trata de la visión directa de la Conciencia que permite un ejercicio gnóstico de la inteligencia, sea con característica intuitiva, sea vivencial. La luz de la mente, por su parte, tampoco significa aquí, únicamente el conocimiento racional que es el que corresponde a sus atributos, sino que en una significación de grado mayor se quiere referir a la mente como condición del ser individual, diferenciador de otros condicionamientos de especies similares a las del estado humano que comparten los de la vida, por ejemplo, pero que adolecen de mente específicamente humana; tales otros seres podrán razonar siquiera mínimamente, pero jamás podrán inteligir ni lo más mínimo.
Cuando Sakalya preguntaba acerca de las deidades en Brihad?ranyaka Upanishad, III, 9, 25: “¿Cuál es la deidad de Occidente? Yagñavalkya respondió: Varuna. “¿Dónde mora Varuna? En el agua. ¿Y dónde mora el agua? En la semilla. Sakalya entonces preguntó: ¿Y dónde mora la semilla? Yagñavalkya contestó: En el corazón. Por consiguiente dicen que un hijo es como su padre, que parece haber salido de su propio corazón, o hecho de su propio corazón, pues la semilla mora en el corazón”. Además de la posibilidad del conocimiento directo por vivencia o intuición intelectual, al corazón se lo considera el centro del ser por su importancia y funciones, a tal punto que la escritura le otorga la condición de residencia de la semilla del ser, donde se produce la palingénesis y da lugar a la vigencia del aforismo chino: “Revivirás en tus miles de descendientes”.
La captación intuitiva de la Realidad Absoluta en la metafísica advaita conduce a un aserto indestructible porque constituye una unidad con el acto de captar: se refiere a la cualidad de esa captación, que no es otra que la verdad absoluta, a diferencia de la verdad relativa de la metafísica dualista. Dice la escritura: “¿Y dónde mora la Verdad? Yagñavalkya replicó: En el corazón, pues sólo desde el corazón decimos lo que es verdad; ciertamente es allí donde mora la Verdad” (Brihad?ranyaka Upanishad, II, 9, 26).
El corazón es el centro del cuerpo y la sede de la inteligencia. En la mente, entendida como residente en el cerebro, se generan los conocimientos racionales que son almacenados por la memoria, y donde la lógica permite conocer con método discursivo la realidad mundanal, donde habita el ser humano y desde donde puede, según el hinduismo, elevarse a los estados superiores hasta percibir en una unidad su propio ser y el Ser Supremo. Esa comunión o fusión, o unión del ser con el Ser es una concepción metafísica que recorre las aguas fluyentes de las civilizaciones y creencias religiosas, sin excepción, aunque a veces se la disimule.
El cristianismo no habría de ser una excepción y por ello no dejan de sorprender las palabras de Pablo en su Epístola a los Corintios (I), cuando afirma con claridad: “Quienquiera que esté unido al Señor, es con Él un mismo Espíritu” (VI, 17). Los primeros atisbos de una metafísica cristiana han sido demolidos sin piedad por el Concilio de Trento, impidiendo que esta doctrina sagrada construya su edificio de sabiduría perenne y se constituya por derecho propio en el dogma sagrado de Occidente. Sin profundización ni creatividad, los dogmas de otras religiones afilan sus dientes.
Con estas breves referencias a doctrinas que merecen todo el respeto generado por sus argumentos y la fuerza de su tradición varias veces milenaria, creemos haber dejado claro que es el corazón donde radica la inteligencia, y la mente donde radican los sentimientos y la facultad de llevar a cabo el proceso discursivo del conocimiento. Hemos pasado por alto citar estudios de sufismo en los que en el mismo sentido que apuntamos, el Islam le otorga al corazón el privilegio de ser el centro noble del ser humano, tal como lo afirman otras doctrinas sagradas de Oriente. Y no se diga que en Occidente la verdad es “otra”, porque para ser verdad tiene necesariamente que ser única y valedera para todos o no será verdad.
Narciso Lué
Con estas breves referencias a doctrinas que merecen todo el respeto generado por sus argumentos y la fuerza de su tradición varias veces milenaria, creemos haber dejado claro que es el corazón donde radica la inteligencia, y la mente donde radican los sentimientos y la facultad de llevar a cabo el proceso discursivo del conocimiento. Hemos pasado por alto citar estudios de sufismo en los que en el mismo sentido que apuntamos, el Islam le otorga al corazón el privilegio de ser el centro noble del ser humano, tal como lo afirman otras doctrinas sagradas de Oriente. Y no se diga que en Occidente la verdad es “otra”, porque para ser verdad tiene necesariamente que ser única y valedera para todos o no será verdad.
Narciso Lué
Revista Hermética
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