Cuando se habla sobre los mundos espirituales como lo estamos haciendo en estas conferencias, deberíamos tener lo siguiente muy presente: la consciencia clarividente que el alma humana puede desarrollar en sí misma no cambiará nada en la naturaleza e individualidad de una persona, porque todo lo que entra en esa consciencia ya estaba presente desde hace tiempo en la naturaleza del hombre. Saber algo no es lo mismo que crearlo, una persona aprende sólo a percibir lo que ya está allí como un hecho. Por muy obvio que sea esto, ha de ser dicho, ya que debemos dirigir nuestros pensamientos a la realización de que la naturaleza del ser humano está oculta en las mismas profundidades de su existencia; puede ser recuperada desde esas profundidades sólo a través de la cognición clarividente.De esto se sigue que la verdadera, la más interna naturaleza del ser humano no puede ser traída a la luz de ninguna otra manera que no sea a través del conocimiento oculto. Podemos aprender lo que es realmente un ser humano, no a través de cualquier clase de filosofía, sino sólo a través de la clase de conocimiento basado en la consciencia clarividente. El ser del hombre, la verdadera, la más interna naturaleza del hombre, reside en mundos ocultos a la observación que usamos en el mundo sensible y a la comprensión limitada al mundo sensible. La consciencia clarividente proporciona el punto de vista desde el que los mundos más allá del llamado umbral han de ser observados; para percibir y aprender, se exigen requisitos bastante diferentes de aquellos del mundo sensible.
Esto es lo más importante: que el alma humana debería irse acostumbrando al hecho de que la manera de mirar y reconocer las cosas, que para el mundo sensible es correcta y saludable, no es la única manera.
Aquí daré el nombre de mundo elemental al primer mundo en que el alma de un ser humano entra al hacerse clarividente y cruzar el umbral. Sólo una persona que quiere llevar los hábitos del mundo sensible a los mundos suprasensibles superiores puede exigir una elección uniforme de nombres para todos los puntos de vista que los mundos superiores pueden ofrecer. (Al final de este ciclo de conferencias y también en mi pequeño libro El Umbral del Mundo Espiritual que se publica en uno o dos días, destacaré la conexión entre los términos escogidos aquí –por ejemplo, mundo elementaly aquellos expuestos ya en mis libros Teosofía y Ciencia Oculta, como son mundo del alma, mundo del espíritu, etc.– para que la gente no busque contradicciones de una manera superficial donde no existen.)
La vida del alma se encuentra requisitos completamente nuevos cuando cruza el umbral al mundo elemental. Si el alma humana insistió al entrar en este mundo en los hábitos del mundo sensible, podrían suceder dos cosas: turbiedad u oscuridad completa se desplegarían sobre el horizonte de la conciencia, sobre el campo de visión, si no –si el alma quería entrar en el mundo elemental sin prepararse para sus peculiaridades y requerimientos– sería expulsada de nuevo al mundo sensible. El mundo elemental es completamente diferente al mundo sensible. En este nuestro mundo cuando te mueves de un ser vivo a otro, de un suceso al siguiente, tienes estas cosas y sucesos ante ti y puedes observarlos; al confrontarlos y observarlos, mantienes tu propia existencia, tu propia personalidad separada. Sabes en todo momento que en la presencia de otra persona o suceso eres la misma persona que eras antes y que serás el mismo cuando confrontes una nueva situación; nunca puedes perderte en otro ser o suceso. Los confrontas, permaneces fuera de ellos y sabes que siempre serás el mismo en el mundo sensible dondequiera que vayas.
Esto cambia tan pronto como una persona entra en el mundo elemental. Allí es necesario adaptar toda la vida interna del alma a un ser o suceso tan completamente que uno transforma la propia vida interna del alma en este otro ser, en este otro suceso. No podemos aprender nada en absoluto en el mundo elemental a menos que nos convirtamos en una persona diferente dentro de cada ser, a menos que nos hagamos similares hasta un alto grado a los otros seres y sucesos.
Hemos de tener, entonces, una peculiaridad del alma para el mundo elemental: la capacidad de transformar nuestro propio ser en otros seres fuera de nosotros mismos. Debemos tener la facultad de la metamorfosis. Debemos ser capaces de sumergirnos en el otro ser y llegar a ser él.
Hemos de tener, entonces, una peculiaridad del alma para el mundo elemental: la capacidad de transformar nuestro propio ser en otros seres fuera de nosotros mismos. Debemos tener la facultad de la metamorfosis. Debemos ser capaces de sumergirnos en el otro ser y llegar a ser él.
Debemos ser capaces de perder la conciencia que siempre –para permanecer emocionalmente sanos– hemos de tener en el mundo sensible, la conciencia de “Yo soy yo”. En el mundo elemental conseguimos conocer al otro ser sólo cuando de algún modo internamente nos hemos “convertido” en el otro. Cuando hemos cruzado el umbral, tenemos que movernos a través del mundo elemental de una manera tal que con cada paso nos transformemos en cada simple suceso, nos convirtamos en cada ser. Es crucial para la salud del alma de una persona que al vagar por el mundo sensible, mantenga su identidad y afirme su carácter individual, pero esto es de todo punto imposible en el mundo elemental, donde le conduciría o al oscurecimiento de su campo de visión o a ser arrojado de vuelta al mundo sensible.
Comprenderéis fácilmente que para ejercitar la facultad de la transformación, el alma necesita algo más de lo que ya posee aquí en nuestro mundo. El alma humana es demasiado débil para ser capaz de cambiar continuamente y adaptarse a cada clase de ser si entra en el mundo elemental en su estado normal. Además las fuerzas del alma humana deben ser fortalecidas y aumentadas mediante las instrucciones descritas en mis libros Ciencia Oculta y Cómo Alcanzar el Conocimiento de los Mundos Superiores, siguiéndolas la vida del alma se hará más fuerte y vigorosa. Entonces puede sumergirse en otras entidades sin perderse a sí misma en el proceso. Habiendo dicho esto, entenderéis inmediatamente la importancia de fijarse en lo que se llama el umbral entre el mundo sensible y el suprasensible. Ya hemos dicho que la conciencia clarividente de un ser humano en la tierra debe ir y volver continuamente, que debe observar el mundo espiritual más allá del umbral mientras está fuera del cuerpo físico y debe entonces regresar al cuerpo físico, ejercitando de una manera saludable las facultades que le conducen a la correcta observación del mundo físico sensible.
Supongamos que la conciencia clarividente de una persona, al volver por el umbral, trajera al mundo sensible la facultad de la transformación que ha de tener para ser completamente consciente del mundo espiritual. La facultad de transformación de la que he estado hablando es una peculiaridad del cuerpo etérico humano, que vive preferentemente en el mundo elemental. Ahora supongamos que una persona volviera al mundo físico manteniendo su cuerpo etérico capaz de transformarse como debe ser en el mundo elemental. ¿Qué sucedería? Cada uno de los mundos tiene sus propias leyes específicas.
El mundo sensible es el mundo de las formas auto-contenidas, ya que aquí rigen los Espíritus de la Forma. El mundo elemental es el mundo de la movilidad, de la metamorfosis, de la transformación; igual que tenemos que cambiar continuamente para sentirnos en casa en ese mundo, todos los seres allí están cambiando continuamente. No hay forma cerrada, circunscrita: todo está en continua metamorfosis. Un alma tiene que tomar parte en esta existencia siempre cambiante fuera del cuerpo físico si quiere desplegarse allí. Entonces en el mundo físico sensible debemos permitir que nuestro cuerpo etérico, como entidad del mundo elemental capaz de metamorfosearse, hundirse en el cuerpo físico. A través de este cuerpo físico soy una personalidad definida en el mundo físico sensible; yo soy esta o aquella persona distinta. Mi cuerpo físico estampa mi personalidad sobre mí; el cuerpo físico y las condiciones del mundo físico en las que me encuentro me hacen una personalidad. En el mundo elemental uno no es una personalidad, ya que esto requeriría una forma cerrada. Aquí, sin embargo, debemos notar que lo que la conciencia clarividente reconoce en el alma humana está, y siempre lo ha estado, presente dentro de ella. Mediante las fuerzas del cuerpo físico, la movilidad del cuerpo etérico está restringida solo por el momento. Tan pronto como el cuerpo etérico se hunde en su cuerpo físico, sus poderes de movimiento son mantenidos unidos y adaptados a la forma. Si el cuerpo etérico no estuviera metido dentro del cuerpo físico como dentro de una bolsa, estaría siempre impelido a transformarse continuamente.
Ahora supongamos que un alma, al hacerse clarividente, se llevara al mundo físico este deseo de su cuerpo etérico por la transformación. Entonces con su tendencia al movimiento, encajaría con bastante holgura en el cuerpo humano, y así el alma puede entrar en contradicción con el mundo físico que quiere darle forma en una personalidad definida. El cuerpo etérico, que siempre quiere moverse con libertad, puede volver del umbral de la manera equivocada, deseando en cada momento ser algo o alguien más, alguien que puede ser todo lo contrario de la forma firmemente impresa del cuerpo físico. Para decirlo más concretamente: una persona podría ser, pongamos, un ejecutivo de banca escandinavo, gracias a su cuerpo físico, pero a causa de que su cuerpo etérico se trae al mundo físico el impulso de liberarse de las restricciones físicas, podría imaginarse ser el emperador de China. (O, para usar otro ejemplo, una persona podría ser –digamos– la presidenta dela Sociedad Teosófica, y si su cuerpo etérico ha sido liberado, ella podría imaginar que ha estado en presencia del Director del Universo.)
Vemos que el umbral que tan exactamente divide el mundo sensible del suprasensible debe ser absolutamente respetado; el alma debe observar los requisitos de cada uno de los dos mundos, adaptándose y conduciéndose de manera diferente en este lado y en aquel. Hemos recalcado repetidamente que las peculiaridades del mundo suprasensible no deben ser llevadas ilegítimamente cuando se vuelve al mundo sensible. Si lo puedo decir con más claridad, uno ha de comprender cómo conducirse en ambos mundos, uno no puede llevarse a un mundo el método de observación que es correcto para el otro.
En primer lugar entonces, hemos de tomar nota de que la facultad esencial para encontrarse y sentirse uno mismo en el mundo elemental es la facultad de transformación. Pero el alma humana nunca podría vivir permanentemente en este elemento móvil. El cuerpo etérico tampoco podría permanecer constantemente en un estado de posibilidad de transformarse a sí mismo, como un ser humano en el mundo físico tampoco sería capaz de permanecer despierto continuamente. Sólo cuando estamos despiertos podemos observar el mundo físico; dormidos no lo percibimos. No obstante tenemos que permitir la alternancia del estado de vigilia con el estado de sueño. Algo comparable a esto es necesario en el mundo elemental. Tan poco correcto como es en el mundo físico estar continuamente despierto, ya que la vida aquí debe alternar como un péndulo entre vigilia y sueño, así algo similar es necesario para la vida del cuerpo etérico en el mundo elemental. Debe haber un polo opuesto, como si dijéramos, algo que funcione en la dirección opuesta a la facultad de transformación que conduce a la percepción en el mundo espiritual. ¿Qué es lo que hace al ser humano capaz de transformarse? Es su vivir en la imaginación, en imágenes mentales, la habilidad de hacer sus ideas y pensamientos tan móviles que a través de su pensamiento animado y flexible puede sumergirse en otros seres humanos y sucesos. La condición opuesta, comparable al sueño en el mundo sensible, es la voluntad del ser humano que debe ser desarrollada y fortalecida. Para la facultad de transformación: el pensamiento o la imaginación; para la condición opuesta: la voluntad.
Para comprender esto, deberíamos considerar que en el mundo físico sensible el ser humano es un ego, un “Yo”. Es el cuerpo físico, mientras está despierto, el que contribuye con lo que es necesario para este sentimiento de yo. Las fuerzas del cuerpo físico, cuando el ser humano se hunde en él, le proporcionan el poder de sentirse a sí mismo como un ego, un Yo. Es diferente en el mundo elemental. Allí el yo del ser humano debe lograr hasta cierto punto lo que el cuerpo físico logra en el mundo físico. No puede desarrollar ningún sentimiento de uno mismo en el mundo elemental si no ejerce su voluntad, si él mismo no hace “voluntad”. Esto, no obstante, exige superar algo que está profundamente enraizado en nosotros: nuestro amor por la comodidad y la conveniencia. Esta voluntad del Yo es necesaria en el mundo elemental; como la alternancia de dormir y estar despierto en el mundo físico, la condición de “transformarse uno mismo en otros seres” debe dar paso al sentimiento de voluntad auto-fortalecida. Así como nos hemos sentido cansados en el mundo físico y cerramos los ojos, superados por el sueño, llega el momento en el mundo elemental en que el cuerpo etérico siente que “No puedo seguir cambiando continuamente; ahora debo dejar fuera todos los seres y sucesos a mi alrededor. Tendré que empujar todo fuera de mi campo de visión y apartar mi mirada de él. Ahora debo querer vivir absoluta y completamente dentro de mí mismo, ignorando los demás seres y sucesos”. Esta voluntad del yo, excluyendo todo lo demás, corresponde al sueño en el mundo físico.
Estaríamos equivocados si imagináramos que la alternancia de transformación con el sentimiento del ego fortalecido estuviera regulado en el mundo elemental tan naturalmente como estar despierto y dormir lo están en el mundo físico. Según la consciencia clarividente –y sólo para ésta es perceptible– tiene lugar a voluntad, no pasa tan fácilmente como de despertarse aquí se pasa al sueño. Una vez que uno ha vivido durante un tiempo en el elemento de la metamorfosis, uno siente la necesidad dentro de uno mismo de comprometerse y usar la otra oscilación del péndulo de la vida elemental. De una manera mucho más arbitraria que con nuestro despertar y dormir el elemento de transformación de uno mismo se alterna con la vida interior con su elevado sentimiento del yo. Sí, nuestra consciencia puede incluso provocarlo por medio de su elasticidad que en ciertas circunstancias ambas condiciones pueden estar presentes al mismo tiempo: por un lado, uno se transforma hasta cierto grado y aún puede mantener unidas ciertas partes del alma y descansar dentro de uno mismo. En el mundo elemental podemos despertarnos y dormir a la vez, algo que no deberíamos probar en el mundo físico si nos preocupa la vida de nuestra alma.
Debemos además considerar que cuando el pensamiento se desarrolla en la facultad de transformación y comienza a sentirse como en casa en el mundo elemental, no puede ser usado en aquel mundo de la manera que es correcto y saludable en el mundo físico. ¿Qué es pensar como en nuestro mundo ordinario? Observadlo mientras seguís su movimiento. Una persona es consciente de pensamientos en su alma; él sabe que está comprendiendo, estirando, conectando y separando estos pensamientos. Internamente se siente el maestro de sus pensamientos, que parecen bastante pasivos; permiten ser conectados y separados, ser formados y desechados. Esta vida del pensamiento debe desarrollarse en el mundo elemental un paso más. Allí una persona no está en posición de tratar con pensamientos que son pasivos. Si alguien tiene éxito realmente en entrar en ese mundo con su alma clarividente, parece como si sus pensamientos no fueran cosas sobre las que tiene algún control: son seres vivos. Imaginad cómo es cuando no puedes formar, conectar y separar tus pensamientos sino que, en vez de ello, cada uno de ellos en vuestra conciencia comienza a tener su propia vida, una vida como entidad en sí misma.
Lanzas tu consciencia a un lugar, parece, donde no encuentras pensamientos que son como aquellos del mundo físico sino que son seres vivos. Sólo puedo usar una imagen grotesca que nos ayudara a darnos cuenta de qué diferente debe llegar a ser nuestro pensamiento de como es aquí. Imaginaos metiendo vuestra cabeza en un hormiguero, mientras vuestro pensamiento se para –¡tendríais hormigas en la cabeza en vez de pensamientos! Es exactamente así, cuando vuestra alma se sumerge en el mundo elemental; vuestros pensamientos se tornan tan vivos que ellos mismos se unen unos con otros, se separan y tienen su propia vida. Verdaderamente necesitamos un alma con mayor fuerza para enfrentarnos a estos seres vivos de pensamiento con nuestra consciencia de la que la necesitamos con los pensamientos pasivos del mundo físico, que les permite formarse ellos mismos a voluntad, conectarse y separarse no sólo sensiblemente sino a menudo incluso bastante insensatamente. Son cosas pasivas estos pensamientos de nuestro mundo ordinario; dejan hacer al alma humana lo que quiera con ellos. Pero es bastante diferente cuando introducimos nuestra alma en el mundo elemental, donde nuestros pensamientos tendrán una vida independiente. Un ser humano debe controlar su alma y afirmar su voluntad al enfrentarse a estos pensamientos activos, vitales, nada pasivos. En el mundo físico nuestro pensamiento puede ser completamente estúpido y esto no nos daña en absoluto. Pero si hacemos cosas estúpidas con nuestro pensamiento en el mundo elemental, puede muy bien suceder que nuestros pensamientos estúpidos, moviéndose a nuestro alrededor como seres independientes, nos dañen, pueden incluso causarnos dolor real.
Así vemos que los hábitos de nuestra alma deben cambiar cuando cruzamos el umbral desde el mundo físico al suprasensible. Si fuéramos a regresar al mundo físico con la actividad que hemos de ejercer sobre las entidades de pensamiento vivas del mundo elemental y fracasáramos al desarrollar en nosotros mismos un sólido pensamiento con estos pensamientos pasivos, deseando más apegarnos a las condiciones del otro mundo, nuestros pensamientos huirían continuamente de nosotros; entonces al correr detrás de ellos, nos convertiríamos en un esclavo de nuestros pensamientos.
Cuando una persona entra en el mundo elemental con alma clarividente y desarrolla su facultad de metamorfosis, profundiza en ello con su vida interna, transformándose a sí mismo dependiendo de la clase de entidad que tiene delante. ¿Cuál es su experiencia cuando hace esto? Es algo que podemos llamar simpatía y antipatía. Estas experiencias parecen brotar de las profundidades del alma, presentándose ante el alma que se ha hecho clarividente. Aparecen clases bastante definidas de simpatía y antipatía al transformarse ella en este o en aquel otro ser. Cuando la persona procede de una transformación a la siguiente, es consciente continuamente de diferentes simpatías o antipatías. Igual que en el mundo físico reconocemos, caracterizamos y describimos los objetos y seres vivos, en definitiva, los percibimos cuando el ojo ve su color o el oído oye sus tonos de la misma manera en el mundo espiritual describiríamos sus seres en términos de simpatías y antipatías particulares. Dos cosas, sin embargo, deberían ser destacadas. Una es que en nuestra manera habitual de hablar en el mundo físico, generalmente diferenciamos sólo entre grados más fuertes y más débiles de simpatía y antipatía de los que nos encontramos en el mundo elemental. Además para describir esto correctamente, uno no puede simplemente decir – como haría en el mundo físico – que al sumergirse y entrar en esta entidad en particular uno siente mayor simpatía, mientras que al entrar en otra entidad uno siente menos simpatía. ¡No! ¡Se pueden encontrar allí simpatías y antipatías de todas clases!
El segundo punto a destacar es este: nuestra actitud natural usual hacia la simpatía y la antipatía no puede ser trasladada al mundo elemental. Aquí en este mundo nos sentimos atraídos hacia ciertas personas, repelidas por otras; nos asociamos por elección con aquellos que son simpáticos y deseamos estar cerca de ellos; nos alejamos de las cosas y de las personas que son aborrecibles y rehusamos tener nada que ver con ellos. Esto no se puede hacer en el mundo elemental, ya que allí –si puedo expresarlo curiosamente– no encontraremos las simpatías simpáticas ni las antipatías antipáticas. Esto sonaría a alguien diciendo en el mundo físico: “¡Sólo puedo soportar los colores azules y los verdes, no los rojos o amarillos. Simplemente debo huir del rojo y del amarillo!” Si un ser del mundo elemental es antipático, significa que tiene una característica de ese mundo, que debe ser descrita como antipática, y tenemos que tratar con ello igual que tratamos en el mundo sensible con los colores azul y rojo, no permitiendo que uno nos sea más simpático que el otro. Aquí conocemos todos los colores con una cierta calma porque transmiten lo que son las cosas; solo cuando una persona es un tanto neurótica huye de determinados colores, o cuando es un toro y no puede soportar la visión del rojo. La mayoría de nosotros acepta todos los colores con ecuanimidad y deberíamos de la misma forma ser capaces de observar con la mayor calma las cualidades de la simpatía y de la antipatía que pertenecen al mundo elemental. Para esto debemos necesariamente cambiar la actitud habitual del alma en el mundo físico, donde es atraída por la simpatía y repelida por la antipatía; debe cambiar completamente.
Allí la actitud interna correspondiente a los sentimientos de simpatía y antipatía debe ser reemplazada con lo que podemos llamar alma tranquila, espíritu pacífico. Con una vida del alma internamente resuelta con la calma del espíritu, debemos introducirnos en las entidades y transformarnos en ellas; entonces sentiremos las cualidades de estos seres surgiendo de dentro de las profundidades de nuestra alma como simpatías y antipatías. Sólo cuando podamos hacer esto, con tal actitud hacia la simpatía y la antipatía, será el alma capaz, en sus experiencias, de dejar que la percepción simpática y antipática aparezca ante ella como imágenes que son correctas y verdaderas. Esto es, sólo cuado seamos capaces no simplemente de sentir lo que son las percepciones de simpatías y antipatías, sino de experimentar realmente nuestro propio yo particular, transformado en otro ser, alzándose repentinamente como una determinada imagen en color o como determinada imagen de tonos del mundo espiritual.
Podéis también aprender cómo las simpatías y las antipatías juegan un papel en relación con la experiencia del alma en el mundo espiritual si miráis, con una cierta cantidad de comprensión interior, el capítulo de mi libro Teosofía que describe el mundo del alma. Allí veréis que el mundo del alma está en realidad formado por simpatías y antipatías. De mi descripción seréis capaces de aprender que lo que conocemos como pensamiento en el mundo físico sensible realmente sólo es la oscura huella externa, evocada por el cuerpo físico, del pensamiento que, residiendo en ocultas profundidades, puede ser llamado una verdadera fuerza viva. Tan pronto como entramos en el mundo elemental y nos movemos con nuestro cuerpo etérico, los pensamientos se tornan –podríamos decir– más densos, más vivos, más independientes, más verdaderos con su propia naturaleza. Lo que experimentamos como pensamiento en el mundo físico se relaciona con este elemento más verdadero de pensamiento como una sombra en la pared se relaciona con los objetos que la proyectan. En realidad, es la sombra de la vida de pensamiento elemental lanzado sobre el mundo físico sensible a través de la instumentalidad del cuerpo físico. Cuando pensamos, nuestro pensamiento yace aproximadamente en la sombra de los seres de pensamiento. Aquí el conocimiento espiritual clarividente arroja nueva luz sobre la verdadera naturaleza del pensamiento. Ninguna filosofía, ninguna ciencia externa, por muy ingeniosas que sean, puede determinar nada sobre la naturaleza real del pensamiento; sólo un conocimiento basado en la consciencia clarividente puede reconocer qué es.
Lo mismo sirve para la naturaleza de nuestra voluntad. La voluntad debe hacerse más fuerte, ya que en el mundo elemental las cosas no son tan serviciales que el sentimiento del ego se nos proporcione como lo es a través de las fuerzas del cuerpo físico. Allí nosotros mismos tenemos que querer el sentimiento del ego; tenemos que averiguar lo que significa para nuestra alma estar completamente llena de la consciencia, “Quiero yo mismo”, hemos de experimentar algo del mayor significado: que cuando no somos lo suficientemente fuertes para crear el acto real de voluntad, “Quiero yo mismo”, y no simplemente el pensamiento de ello, en ese momento sentiremos que caemos inconscientes en una especie desmayo. Si no nos mantenemos unidos en el mundo elemental, caeremos en una especie de desmayo. Allí investigamos la verdadera naturaleza de la voluntad, de nuevo algo que no puede ser descubierto por la ciencia externa o la filosofía sino únicamente por medio de la consciencia clarividente. Lo que llamamos la voluntad en el mundo físico es una oscura imagen de la voluntad fuerte, viva del mundo elemental, que crece y se desarrolla de tal forma que pueda mantener el ego fuera de su propia voluntad sin el apoyo de fuerzas externas. Podemos decir que todo en aquel mundo, cuando logramos acostumbramos a él, tiene voluntad propia.
Por encima de todo, cuando hemos dejado el cuerpo físico y nuestro cuerpo etérico está en el mundo elemental, el impulso de transformarnos a nosotros mismos despierta a través del carácter innato del cuerpo etérico. Deseamos sumergirnos en los demás seres. Sin embargo, así como en nuestro estado de vigilia durante el día hace que surja la necesidad de dormir, del mismo modo en el mundo elemental surge a su vez la necesidad de estar solo, aislarnos de todo aquello en lo que podemos transformarnos. Entonces de nuevo, cuando nos hemos sentido solos durante un tiempo y hemos desarrollado el fuerte sentimiento de la voluntad, “Quiero yo mismo”, viene lo que podemos llamar un terrible sentimiento de aislamiento, de estar desamparado, que evoca el deseo de despertar de ese estado, de sólo querer uno mismo, a la facultad de transformación de nuevo. Mientras descansamos en el sueño físico, otras fuerzas cuidan de que despertemos; no tenemos que ocuparnos nosotros mismos. En el mundo elemental cuando estamos en la condición de sueño de sólo querer nosotros mismos, somos impelidos a ponernos en el estado de transformación, es decir, de deseo de despertar, a través de la exigencia de sentirnos desamparados.
A partir de todo esto, veis cuán diferentes son las condiciones de experimentarse a uno mismo en el mundo elemental, de percibirse a uno mismo allí, de las del mundo físico. Podéis juzgar además cuán necesario es, una y otra vez, cuidar de que la consciencia clarividente, pasando de un mundo a otro, se adapte correctamente a los requerimientos de cada mundo y no transporte, al cruzar el umbral, las usanzas de uno al otro. El fortalecimiento y la vigorización de la vida del alma consecuentemente constituyen la preparación que a menudo hemos descrito como necesaria para la experiencia de los mundos suprasensibles.
Lo que por encima de todo debe hacerse fuerte y poderoso son las experiencias del alma que podemos llamar las eminentemente morales. Estas se imprimen como cualidades del alma en la firmeza de carácter y la calma interior decidida. El coraje interno y la firmeza de carácter deben ser muy especialmente desarrollados, ya que mediante la debilidad de carácter lisiamos toda la vida del alma, que sería entonces ineficaz en el mundo elemental; debemos evitar esto si esperamos tener una experiencia verdadera y correcta allí. Nadie que verdaderamente esté deseoso de adquirir conocimiento en los mundos superiores dejará de dar importancia al fortalecimiento de las fuerzas morales entre todas las demás fuerzas que ayudan al alma a entrar en aquellos mundos. Uno de los errores más vergonzosos es atribuido a la humanidad cuando alguien se atreve a decir que la clarividencia debería ser adquirida sin prestar atención al fortalecimiento de la vida moral. Debe ser recalcado de una vez por todas que lo que he descrito en mi libro Cómo lograr el Conocimiento de los Mundos Superiores como el desarrollo de las flores de loto que cristalizan en el cuerpo espiritual de un estudiante clarividente pueden en verdad tener lugar sin tener en cuenta el apoyo de la fuerza moral pero ciertamente no debería hacerse así.
Las flores de loto deben estar allí si una persona quiere tener la facultad de la transformación. Esa facultad viene a la existencia cuando las flores despliegan sus pétalos en un movimiento fuera del ser humano, para poder comprender el mundo espiritual y adherirse a él. Lo que una persona desarrolla como la habilidad de transformarse a sí misma se expresa para la visión clarividente en el despliegue de las flores de loto. Lo que puede adquirir de un sentimiento fortalecido de ego se convierte en firmeza interna; podemos llamarlo una columna. Estos dos deben ser desarrollados correspondientemente, las flores de loto para que uno pueda transformarse a sí mismo, y una columna para que uno pueda desplegar un ego fortalecido en el mundo elemental.
Como mencioné en la conferencia de ayer, lo que se desarrolla de una manera espiritual puede conducir a un orden superior de virtudes en el mundo espiritual, pero si esto es permitido que surja al mundo sensible, puede ocasionar los más terribles vicios. Sucede lo mismo con las flores de loto y la columna elemental. Al practicar determinados métodos es posible también despertar las flores de loto y la columna sin esperar conseguir la firmeza moral –pero esta consciencia clarividente no es recomendable-. No es simplemente una cuestión de obtener algo en los mundos superiores, sino de conocer lo que está involucrado. En el momento en el que atravesamos el umbral al mundo espiritual, nos aproximamos a los seres luciféricos y ahrimánicos, de los que ya hemos hablado; aquí nos los encontramos de una manera bastante diferente de cualquier confrontación que pudiéramos tener en el mundo físico. Tendremos la extraordinaria experiencia de que tan pronto como cruzamos el umbral, es decir, tan pronto como hemos desarrollado las flores de loto y la columna, veremos los poderes luciféricos viniendo hacia nosotros con la intención de agarrar las flores de loto. Extienden sus tentáculos hacia nuestras flores de loto; debemos haberlas desarrollado de la manera adecuada para poder usar las flores de loto para agarrar y comprender los sucesos espirituales de tal forma que no sean agarradas por los poderes luciféricos. Es posible evitar que sean agarradas por estos poderes únicamente ascendiendo al mundo espiritual con fuerzas morales firmemente establecidas.
Ya he mencionado que en el mundo físico sensible las fuerzas ahrimanicas se nos aproximan más desde fuera, las luciféricas más desde dentro del alma. En el mundo espiritual sucede lo contrario: los seres luciféricos vienen de fuera y tratan de tomar el control de las flores de loto, mientras que los seres ahrimanicos vienen desde dentro y se establecen tenazmente dentro de la columna. Si nos hemos elevado al mundo espiritual sin el soporte de la moralidad, los poderes luciféricos y ahrimánicos forman una extraordinaria alianza entre ellos. Si hemos ido a los mundos superiores llenos de ambición, vanidad, orgullo o con deseo de poder, Ahriman y Lucifer tendrán éxito en formar una sociedad entre ellos. Usaré una imagen para describir lo que hacen, pero esta imagen corresponde a la situación real y comprenderéis que lo que estoy indicando realmente tiene lugar: Ahriman y Lucifer forman una alianza; juntos atan las flores de loto a la columna elemental. Cuando todos los pétalos están atados a la columna, el ser humano está atado en sí mismo, encadenado de sí mismo por medio de sus flores de loto fuertemente desarrolladas y la columna. Los resultados de esto serán el comienzo del egoísmo y el amor al engaño hasta un grado que sería imposible permanecer normalmente en el mundo físico.
Así vemos lo que puede suceder si la consciencia clarividente no está desarrollada de la manera correcta: la alianza de Ahriman y Lucifer a través de la cual los pétalos de las flores de loto son atados a la columna elemental, encadenando a una persona a sí misma por medio de sus propias capacidades elementales o etéricas. Estas son las cosas que debemos saber si deseamos penetrar con los ojos abiertos y con comprensión en el mundo espiritual real.
Rudolf Steiner
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