viernes, marzo 27, 2009

Celtas, los señores de Europa


Durante quinientos años estos temibles guerreros dominaron casi toda Europa, desde el Ebro hasta el Danubio. Su amor a la libertad despertó la admiración de griegos y romanos, aunque éstos rechazaban la vestimenta y las costumbres de los celtas por considerarlas bárbaras.

Griegos y romanos manifestaron ante los celtas una mezcla de asombro y rechazo. Su peinado, vestimenta y hábitos les parecían propios de gente «bárbara», ajena a toda civilización. Pero no podían sino admirar el coraje y el sentido de libertad de que hicieron gala estos pueblos que dominaron gran parte de Europa durante siglos. Con el nombre de celtas conocemos a un conjunto de pueblos que tiene su germen en el último período de la llamada cultura de Hallstatt, desarrollada en el centro de Europa durante la Primera Edad del Hierro.

La generalización del uso del hierro hacia el 800 a.C. hizo que los pueblos celtas dispusieran de un armamento de mayor calidad que les permitió expandirse por el centro de Europa y establecer intercambios comerciales con el Mediterráneo. No podemos hablar de celtas en sentido estricto hasta la Segunda Edad del Hierro. Arqueólogos y filólogos concuerdan de forma casi unánime en identificar los celtas como a un conjunto de pueblos caracterizados por pertenecer a un mismo grupo lingüístico, compartir una estructura social parecida, y por tener similares creencias religiosas, estilos artísticos y sistemas de producción.

Esta cultura, denominada cultura de La Tène por haberse documentado inicialmente en el yacimiento del mismo nombre junto al lago Neuchâtel, en Suiza, sucedió en el centro de Europa a la cultura de Hallstatt hacia el año 450 a.C. A los «príncipes» hallstáticos les sucedieron, en la cultura de La Tène, poderosos jefes guerreros que tuvieron un carácter muy parecido al de reyezuelos.

Nuestra percepción de la sociedad céltica depende, en gran medida, del testimonio que dejaron los escritores grecolatinos, una imagen estereotipada o deformada resultante de la oposición entre civilización y barbarie que caracteriza al mundo grecorromano. Aunque cada vez hay más evidencias arqueológicas, además de fuentes tardías escritas en galés o irlandés. La sociedad céltica era clánica y pivotaba sobre una «gran familia» patriarcal, que en Irlanda se llamaba ‘derbfine’, la «familia cierta».

La situación de las mujeres en la sociedad celta era mejor que en otras culturas contemporáneas: tenían acceso a la propiedad y a la herencia, y algunos ostentaron cargos de poder. Por otro lado, los celtas desarrollaron un sistema religioso politeísta controlado por una clase sacerdotal omnipotente, los druidas, que además de ser los intermediadores entre hombres y dioses, actuaban como filósofos, científicos, astrónomos, maestros, jueces, consejeros del rey y responsables del calendario, tan importante para la vida agrícola.

A pesar de su poderío militar, los celtas nunca crearon una unidad política. Todos sucumbieron ante Roma, salvo los habitantes del norte y oeste de Gran Bretaña y los irlandeses, entre los que subsistió la herencia céltica, integrada con nuevos elementos de matriz cristiana.

En el momento en que se constituía el Imperio Romano, buena parte del norte de Europa, desde la actual Francia a Rumanía, estaba poblado por gentes pertenecientes a un mismo tronco cultural: el de los celtas. Los autores griegos y romanos dieron de ellos una imagen un tanto pintoresca: bigotudos, vestidos con pantalones en vez de túnicas, enjoyados, con el pelo teñido de blanco, y sobre todo guerreros feroces, capaces de deshacer un ejército enemigo con sus acometidas impulsivas en las que se valían de temibles lanzas y espadas alargadas.

Esta imagen "bárbara" ha sido en buena parte corregida por las investigaciones arqueológicas. Hoy se sabe que los celtas constituían una cultura sofisticada. Surgida en la zona alpina entre Suiza y Austria, a partir de ese núcleo se expandió, entre el siglo V y el I a.C., en todas direcciones, hasta penetrar en Britania, Italia e incluso Asia Menor. Consumados artesanos, los celtas nos han dejado obras de orfebrería únicas, ya sea en hierro, bronce o marfil. Se organizaban en tribus y familias, según una jerarquía social coronada por el rey, bajo el cual se encontraba la aristocracia guerrera y el clero druídico, mientras que el nivel inferior estaba constituido por los hombres libres, artesanos, comerciantes, agricultores o ganaderos.

Consta asimismo la existencia de esclavos. Uno de los aspectos que más interés han despertado en nuestra época es su religión, repleta de un sinnúmero de dioses identificados con las fuerzas de la naturaleza. Carentes de templos, los ritos eran realizados por los druidas al aire libre, en espacios señalados por zanjas o empalizadas, y consistían en sacrificios propiciatorios, que podían ser de objetos, de animales o bien humanos. Se sabe también que creían en la transmigración de las almas. Aun si la mayoría de los pueblos celtas fueron conquistados y asimilados por el Imperio Romano, su recuerdo ha subsistido hasta constituir la base de la identidad histórica de algunas naciones modernas.
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