
Al igual que sus personajes, supera con trabajo y tesón todas las dificultades. Duerme poco. Se levanta a las cinco y escribe hasta las diez de la mañana.
“Por mucho que se descomponga la materia en moléculas, átomos y partículas, siempre quedará una última fracción por la que se replanteará íntegramente el problema y su eterno comenzar, hasta el momento en que se admita un principio primero que no será ya materia. Este primer principio inmaterial es la energía”.
No se trata de una frase de Einstein ni de Bohr, sino de Julio Verne, uno de esos personajes capaces de vivir adelantados a su tiempo. Se le conoció como “el educador de la juventud”, y destinó sus novelas a los jóvenes para que se divirtieran aprendiendo a trabajar y a forjar la voluntad hasta vencer las dificultades que les impiden reunirse con el Destino. Sin embargo, si los adultos volviesen a beber en sus enseñanzas, descubrirían que en pocos autores modernos hay tantos símbolos, mitos y conocimientos esotéricos y científicos como en Verne.
Nacido en 1828, cursó los estudios de Derecho, únicos que le permitió su padre, conviviendo en París con su amigo Bonamy. En realidad, no eran los estudios de Derecho los que le absorbían, sino las tertulias literarias, llegando a conocer en una de ellas a Alejandro Dumas padre. ¿Acaso fue el mismo Dumas quien le sugirió la idea de acometer la novela científica? Lo cierto es que lo impulsó firmemente y le auguró un éxito seguro.
De distinta forma piensa su padre, que le corta, al término de los estudios, la asignación económica para hacerle regresar al hogar. Pero Verne, consciente de que sus sueños se harán realidad, busca trabajo como secretario del Nuevo Teatro Lírico, se hace corredor de bolsa y sobrevive al París derrochador, incluso cuando se casa con Honorine, una viuda que tiene dos hijas.Al igual que sus personajes, supera con trabajo y tesón todas las dificultades. Duerme poco. Se levanta a las cinco y escribe hasta las diez de la mañana. El resto del día, salvo escapadas que realiza para documentarse en la biblioteca, lo encontramos enfrascado en los asuntos de bolsa.
La libreta en la que comenzará su primera novela está ya saturada de anotaciones y poco a poco rellena más libretas. En ellas podemos apreciar un primer borrador escrito a lápiz solamente en las caras de la derecha. Las de la izquierda las reserva para las correcciones y los añadidos. El borrador definitivo lo repasa a tinta de nuevo en las hojas de la derecha.Sus narraciones son, frecuentemente, emocionantes, y algunas descripciones, muy bellas. ¡Cómo las podría haber superado de no estar agobiado por la presión de su editor! ¿O quizá se descubren ante él las musas y trabaja deprisa para atrapar todas las palabras que le dictan?Hetzel, tras aconsejarle algunos cambios de forma, edita su primera novela: Cinco semanas en globo. La búsqueda en globo del origen del Nilo es el tema sobre el cual gira la novela.
El Nilo, río misterioso, único del planeta que asciende verticalmente hacia el norte, relacionado con Egipto y sus pirámides y el mundo mágico. Samuel, Ricardo y Pepe persiguen el Nilo como los filósofos la sabiduría y la verdad. Encontrar su origen significa descorrer los velos que cubren lo desconocido. Pero, antes, es preciso superar diversas pruebas de tierra, agua, aire y fuego, y por último, desprenderse de lo material, deshacerse de toda la barca para que el globo pueda elevarse, desapegarse de la personalidad para que el alma ascienda hasta los dioses.
Cinco semanas en globo es el primero de sus viajes extraordinarios. Extraordinarios no por los parajes donde discurren, sino porque se trata de viajes iniciáticos. Tal vez, en la novela que es más evidente sea en Viaje al centro de la Tierra. Junto con Aventuras de Héctor Servadac a través del sistema solar es la más fantástica de sus obras.Verne nos explica la composición de la Tierra a medida que sus personajes descienden por el globo terráqueo. Una vez llegan a su centro, divisan el pasado de la Humanidad. Animales prehistóricos conviven con gigantes humanos.
¡Gigantes! ¿Acaso creía en los antiguos mitos, que nos hablan de una raza humana de gigantes o cíclopes? ¿O se trata, más bien, de un recurso fantástico del que fácilmente hubiera podido prescindir?Este claro descenso a los infiernos comienza, como toda Iniciación, con las lecciones sobre el abismo. Axel vence su vértigo ascendiendo al campanario de la iglesia de Vor-Frelsers de Copenhague. Su tío Otto Lidenbrock –contracción de “Lid” y “Brocken”, es decir, “el que rasga los párpados”– es el Anubis, el hierofante que guía al neófito en el mundo de los muertos. Otros rituales iniciáticos son el juramento de secreto en una fecha sagrada, el solsticio de verano, y la salida de los infiernos o el resucitar, el renacer a una dimensión de conciencia más elevada.
Foucault, por el contrario, opina que no existe una real iniciación, porque no se evidencian cambios ni en el mundo ni en los personajes.Menos fantástico nos aparece su Viaje a la Luna, y, sin embargo, en la época de su publicación parecía tan imposible de realizar como el recorrido por el interior de la Tierra. Dejando de lado los elementos míticos y esotéricos, que en varias de sus obras son muy parecidos, nos encontraremos en las curiosas “coincidencias” con hazañas científicas acometidas en nuestro siglo.
Tampa Town, la ciudad desde la que despega el Columbia, se encuentra asentada en el mismo sitio que Cabo Cañaveral o Cabo Kennedy.Verne emplaza un telescopio de 4,8768 metros de diámetro en las Montañas Rocosas. Allí mismo está situado el Monte Palomar, telescopio de 5 metros de diámetro.Si el Columbia vuela a 40.000 km/h y tarda 97 horas en llegar a la Luna, el Apolo II surcará el espacio a 30.500 km/h y tardará 102 horas.El Apolo 8 pesaba igual que el Columbia. Su cápsula aterrizaría a 4 km del lugar donde lo hace el cohete de Verne. “No puede tratarse de simples coincidencias”, Frank Borman, tripulante del Apolo 8.Las trayectorias del Columbia son exactas y están revisadas por los matemáticos Henri Garcet y Joseph Bertrand. Verne anticipa, además, el hecho de la satelización, al ser atraído el cohete con igual fuerza por la Tierra y la Luna.
A pesar de todo, si dijésemos de Verne que es un profeta, él nos respondería que no, que muchos de los inventos que anticipa a través de sus novelas ya se estaban experimentando en la época en que las escribía.Bajo el sugestivo título de 20.000 leguas de viaje submarino, se publica su siguiente libro. La idea se la comunica a Hetzel en una carta: “Trabajo rabiosamente. Me ha venido una buena idea… Es necesario que este desconocido no tenga ninguna relación con la Humanidad, de la que está separado. No está en tierra, y prescindirá de la tierra. El mar le basta y, por ello, es preciso que el mar le procure todo, vestimenta y alimentos. Nunca pondrá el pie en el continente. Continentes e islas habrían de desaparecer bajo un nuevo diluvio, y él seguirá viviendo como si nada. Y puede usted creer que su arca estará un poco mejor instalada que la de Noé.
Creo que esta situación “absoluta”dará mucho relieve a la obra. ¡Ah, mi querido Hetzel, nunca me consolaría si este libro me saliera fallido! Jamás he tenido un tema tan hermoso entre manos”.
Los adelantos científicos que presenta esta vez son: la navegación, la caza y la fotografía submarinas, el batiscafo y la electricidad como fuente de energías. Casi nos parece que los ha podido ver y utilizar. Esotéricamente, nos describe la Atlántida y nos presenta la Luna como un planeta muerto.“Yo me llamo Nemo”, le dice el capitán a Pedro Aronnax. De igual forma le contesta Ulises al cíclope Polifemo: “Yo me llamo Nadie (Nemo)”. “Estoy muerto”, comenta el tripulante del Nautilus. Asistimos, de nuevo, a otro descenso a los infiernos. Si en Viaje al centro de la Tierra a Lidenbrock lo comparábamos con Anubis, aquí no tenemos más remedio que comparar a Nemo con Poseidón. Ambos representan al padre espiritual, al hierofante.
Determinados autores ven en Nemo el primer superhombre. Incluso, se preguntan si Nietzsche no se inspiró en Verne al describirlo. Otros, en cambio, consideran al conde de Montecristo de Dumas como el primer superhombre.
El aspirante a la Iniciación se llama esta vez Pedro Aronnax. Él es la piedra (en francés, “Pedro” y “piedra” se dicen igual, pierre o Pierre) que ha de transformarse en oro. Para ello, ya ha dado el primer paso al escribir el libro Misterios de las profundidades submarinas.El proceso de la Iniciación continúa con la persecución y el combate contra el monstruo (el submarino Nautilus), el golpe inicial o arponazo de Land, con el que se abre el umbral del submarino, la entrada en el interior del Nautilus como Jonás en el interior de la ballena, etc. Lo raro es que asistimos a la única Iniciación que no se completa, al huir Pedro y sus compañeros del Nautilus.
Sí que se completará, por los pelos, la Iniciación de Phileas Fogg en La vuelta al mundo en 80 días, tal y como reza el último capítulo de esta novela: “Que demuestra que Phileas Fogg no ganó otra cosa en esa vuelta al mundo que la fidelidad”.Numerosas interpretaciones se han formulado sobre su protagonista. Una de ellas afirma que nos hallamos ante Phileas Fogg, el hijo de Lord Byron. Otra nos hace ver que Fogg asume los rasgos de un maestro rosacruz (ya que pertenece al Reform Club, y tienen las mismas iniciales).
Fogg se parece a Byron y al padre de Verne. Este, en su escrupulosa puntualidad, enfocaba permanentemente un telescopio al reloj de un campanario. Tal vez, trate Verne de representarnos a otro de sus padres espirituales.Fogg es el Sol en su regularidad y constancia: “lo que hacía era tan matemáticamente idéntico siempre…”.Passepartout (o Picaporte, en las traducciones españolas) es la contraparte de Fogg. Simpleza, fantasía, vitalidad, búsqueda de la comodidad y obediencia ciega a su señor son sus rasgos. Fogg es el amo y él, el sirviente; Fogg, el alma y él, la personalidad.
Verne aprovecha esta novela para expresar su concepción del tiempo: el tiempo es circular. Esta idea se transformará en el mito del eterno retorno: “El progreso no es indefinido. La ciencia y la técnica no se transmiten a través de los siglos, sino que es necesario redescubrir y reinventarlo todo periódicamente, tras los cataclismos cíclicos que retrotraen al hombre a las tinieblas del primitivismo. Lejos de ser lineal, la evolución es una espiral que retorna indefinidamente sobre sí misma, en la que los aciertos y los errores, el surgimiento, auge y decadencia de las civilizaciones, se repiten a distintos niveles” (El eterno Adán).
Llegados a este punto conviene preguntarnos a qué debía Verne todos los conocimientos esotéricos y simbólicos que refleja en sus obras.La influencia masónica es clara. Dumas y Hetzel, quienes más lo apoyaron, eran masones. Numerosos amigos, también: Arístide Hignard y Jean Macé, Nadar…Sus obras están llenas de referencias masónicas: invocaciones al Gran Arquitecto del Universo, deísmo masón, la consideración de Mozart como “el dios de la música”, personajes que abrazan sobre su corazón la escuadra, el compás y la plomada…Nuestra incógnita es: ¿perteneció Verne a alguna logia masónica? Existe la posibilidad. Michel Lamy emite la aventurada hipótesis de que Verne perteneció a la Sociedad Angélica, también llamada la Niebla.
Fundada en el s. XVI, inspirándose en la sociedad griega Nephes (“La Niebla”, como referencia al caos originario), fue reactivada en el s. XIX. Delacroix, Dumas, Maurice Barrés y otros pertenecieron a ella. Según Lamy, Phileas Fogg haría referencia a esta sociedad (Phileas, Poliphilo; y Fogg, niebla en inglés). La Niebla sostenía como resumen de su credo “El sueño de Poliphilo”.Verne ya es rico y famoso gracias al éxito que han alcanzado sus novelas. Pero también la vejez física y todas sus consecuencias lo han alcanzado. Sufre polifagia, polidipsia y diabetes. Engorda. Le preocupan los problemas de su hijo Michel, un rebelde nato. Para colmo, un atentado lo deja cojo. Nos encontramos ante las postrimerías de un autor que, a través de Los 500 millones de la Begún y de la asombrosa aventura de La misión Barsac, previene el advenimiento del nazismo.
Generalmente, se quiere ver en sus últimas obras un pesimismo que le hace decir: “¡La ciencia va a devorar al hombre!”. ¿Acaso no decía ya eso en su primera novela? Comenta Ricardo Kennedy en Cinco semanas en globo: “Será, tal vez, una época muy desdichada aquella en que la industria lo absorba todo en su provecho. A fuerza de inventar máquinas, los hombres se harán devorar por ellas. Yo me he figurado siempre que el último día del mundo será aquel en que alguna inmensa caldera, calentada a miles de millones de atmósferas, haga saltar nuestro planeta”.
Más que pesimismo es la comprensión de la ley universal de los ciclos lo que le hace escribir en El eterno Adán: “Hemos salido de las tinieblas y a ellas volveremos una y otra vez”.Verne muere en 1905. Una muerte que no es más que un comienzo “hacia la inmortalidad y la eterna juventud”, tal y como reza el epitafio de su tumba.
Ojalá algún día logremos tomar conciencia de la sabiduría que tú comprendiste al exclamar: ”No soy más que un instrumento en la mano del organista”, y actuemos en consecuencia. Tal vez algún día alcancemos la misma fe que tú tenías en la Humanidad y que te hacía repetir: “Todo lo que un hombre es capaz de imaginar, otros hombres serán capaces de realizarlo”. Mas no esperemos que otros hombres realicen nuestros sueños. Comencemos a llevarlos a cabo a nosotros mismos.
José Luis Sáinz-Pardo Auñón
1 comentarios:
un escrito enorme... Gracias por compartirlo..
Saludos siempre
Publicar un comentario en la entrada